“¡PIENSA COMO YO O MUERE!”

La anterior afirmación la hizo Voltaire, pensador francés padre del fanatismo, indicando la forma como algunas personas piensan, llevando sus  actos hasta las últimas consecuencias.Voltaire-tsunami Sin embargo, dicha acepción se puede vincular a cualquier circunstancia de la vida, como por ejemplo el síndrome de corrupción que ronda nuestra sociedad, pues esta se ha convertido en un mal endémico, esto es, no sirven las curas que se inventan a diario para erradicar dicho mal.

 

Se ha potenciado la corrupción  como una creación social de aquellos  que detentan el poder político, gubernamental, judicial, artístico y hasta intelectual, perpetrándose a través de los descendientes (delfines los llaman algunos) como un comportamiento personal, porque así lo ha aceptado la sociedad.  Valga decir, la inquisición de la corrupción se ha desbordado, convirtiéndose en un fanatismo sin defensa y con muchos enemigos.

 

Teocracia e ideología se han unido, ya no importan los  pensares religiosos y mucho menos los individuales, sociales o familiares, hemos convertido la corrupción en un Dios, pues nótese que a diario en los noticieros de radio y televisión aparecen más personas a quien se les endilga su participación en hechos delictivos, sospechas a otros tantos, señalamientos directos e indirectos; personas de la vida pública conocidos por sus altas virtudes o del común  que se dejaron infectar de este virus, prestándose para triquiñuelas del 10 o 20 por ciento, contratos altos y bajos.

 

Estamos creando nuevos términos y que tal la   ”corruptofobia”, un grupo de individuos que están  en contra de su vicio y servicio, que creemos en una sociedad honesta y honorable, en donde se hagan negocios lícitos, prime el interés general y no el particular, en la que se desarrolle un egoísmo sano, trabajar por un bien en todo sentido sin mácula e inmarcesible.  Tal vez sea el momento de volver a Voltaire y su pensamiento social, su claridad en la interpretación  de la dignidad del hombre y de su conducta intachable no por miedo a Dios sino por respeto a uno mismo, a los demás, a la sociedad.

 

Suscitar la actitud intelectual con el que pretender corregir un error enraizado en la historia, al cual se le da más importancia en las lecciones sociales que a diario recibimos; tácticas, pedagogías y divulgación para convertirnos en guerrilleros intelectuales, generando campañas desde la escuela,  una cultura de la legalidad a todo nivel, mostrando un dolor de patria que a muchos se les ha olvidado, evitando con ello enfrentamientos sinsentido, hipocresías, burlas desde el interior del hombre y su sociedad, erradicando esa caterva de indolentes e intolerantes para generar una nueva sociedad como instrumento de combate ante la tragedia impermeable a través de los siglos.

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