NO CONOCEMOS LA HISTORIA

El que no conoce la historia, está condenado a repetirla dice un adagio popular. Sin embargo, nos preguntamos cuándo fue la última vez que se oyó de la historia de nuestro país, cuándo se recordó lo ocurrido a nuestros indígenas al momento de la colonización, cuáles fueron sus penurias y dificultades y cuál la influencia de los españoles en la vida de estos. O tal vez el tipo de sociedad que fue implantada desde el colonialismo para interpretar la idiosincrasia de los colombianos o mejor latinoamericanos, pues hubo una fuerte dominación desde Europa.

De otro lado, buscamos explicarnos qué pasó o mejor cuál fue la evolución desde lo social hasta lo histórico, desde lo tensionante hasta lo rivalizador; porqué los terratenientes despojaron de sus tierras a los indios, el crecimiento de la esclavitud y del porqué el advenimiento de los conflictos de las clases sociales y grupos étnicos. Recordamos a algunos próceres por su importancia histórica y hubo otros también importantes que nada se sabe de ellos como Ricaurte, Padilla y otros tantos.

La revolución francesa fue un hito en el desarrollo del hombre como ser social, pues se descubrieron y defendieron sus derechos y se proclamaron con vehemencia estos, pero olvidamos el detalle y la minucia en palabras de Espinoza al ser entrevistado en 1985 y en donde expresó además que la educación es un campo de batalla; razón tiene este pensador, no solo en interpretar la historia como lo hizo, sino en llevarnos hacia una descolonización de la historia, aquella que de alguna manera afectó al individuo latino y que 500 años después no hemos podido superar y mucho menos adecuarla a nuestra propio ideario.

La historia nos determina a conocer todos aquellos fenómenos sociales que afectan la convivencia entre los humanos, al igual que saber cuáles de éstos no repetir, pero al confrontarlas con el momento actual del país, vemos que ello no ocurre. Es un hecho cierto que tuvimos un Libertador libre pensante, revolucionador del pensamiento social al tratar de unir varias idiosincrasias sin lograrlo al final de sus días, pero sus discursos importantes como la Carta de Jamaica y otros tantos, están en el olvido, esa pasión por la historia ha sido cercenada de la cátedra de historia, de sociales o áreas humanísticas.

Cómo pretender mejorar la forma en que vemos el ámbito social, cambiar el enriquecimiento de nuestros gobernantes o líderes políticos, unos buscando tierras desde el secuestro y otros aprovechando la necesidad ajena para apoderarse de las mismas, cómo entender por qué duró tanto tiempo un enfrentamiento bélico con grupos subversivos, o el nacimiento de otros ayudándole entre comillas a un estado paternalista e incapaz de acabar con dichos problemas.

Nos preguntaremos siempre por los motivos de los dramas históricos, de la afluencia de costumbres occidentales y del cambio de pensamiento del ser latino; por qué no interpretamos lo que significa desde el punto de vista cultural y social el haber nacido en el trópico o al sur del país, la diferencia entre estas dos culturas tan marcadas en donde la montaña se ha perdido, en donde el campesino ya no se siente aristócrata sino en explotación sumisa, y mucho menos el ritmo de la historia dentro de ese espacio de tiempo y geografía que ha marcado la diferencia entre el quehacer político, económico y social.

La gran conclusión que queda en el ambiente, es que está sociedad reprime el pensamiento, no transmite conocimiento ni saberes, ya que no se enseña a pensar. Pareciera que estuviéramos en el lejano oeste, la ley del más fuerte. Más fuerte económicamente, más fuerte políticamente, más fuerte socialmente, y por ello tenemos la sociedad que tenemos, se nos olvidó la historia y sus valores, la influencia del pensamiento ético, pues no de otra forma se explica la continua rapacidad de los corruptos, de los insensatos que violan la ley frente a las autoridades, ese silencio cómplice al que nos hemos adaptado, sin hacer nada.

Se nos olvidó que la enseñanza de la historia genera ciudadanía (Fernando Vizcaya), y de ello estamos adoleciendo, no tenemos ciudadanos sino acompañantes de una sociedad que debe cambiar, tal vez a un precio muy alto o tal vez con un cambio generacional en todos los niveles.

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