LA ILEGALIDAD PAGA EN COLOMBIA

Nos encontramos en una época inquietante y contradictoria (Gaviria, 2019), unos abogando por la legalidad y otros protegiendo lo ilegal. Un grupo de la humanidad tratando de sobrevivir de la pobreza, el hambre, la ignorancia, de la mal sana política, de las tendencias explotadoras y la otra parte sobrellevando las migajas que le deja el sistema, la economía y hasta la educación.

 

El aumento de un nacionalismo con visos de populismo, el resaltar una independencia que solo se queda en el papel, en las ideologías dictatoriales, y la pérdida de la confianza en las instituciones, porque ninguna se salva desde el lado que se le mire, alcaldías, gobernaciones, senadores, funcionarios públicos, es decir una ilegalidad rampante en donde la injusticia es el pan de cada día, basta mirar condenas irrisorias, libertades por vencimiento de términos, compra de conciencias y demás.

 

“Trata de no respirar tan fuerte»(Stephen King) para indicar que se debe tener buen juicio para aceptar o rechazar bien los consejos o las ideas, adaptarnos a nuestra propia experiencia o sucumbir ante el ataque avasallador de una sociedad que se enfrenta a una utopía de existencia, en donde los caudillos se acabaron hace muchos años y que no hay a quien seguir, no se cuenta con un personaje con liderazgo, con ideas claras, que invite a la sublevación cultural para cambiar el sistema despótico en el que nos encontramos.

 

En escritos anteriores, he hecho referencia a la cultura de la corrupción en donde ser malo paga, pues tienen más poder en la sociedad aquellos infractores que violan  los principios éticos que los que creemos en la justicia, en los principios y valores, en donde todavía confiamos en el otro sin permear su alma y su corazón.

 

Porque consideramos que de manera exponencial la ilegalidad se tomó a Colombia, en donde algunas personas son agradables no solo a la vista sino en el tratar, sin que a estas se les vislumbre que han caído en esas formas de violaciones éticas, porque hay que ponerle un límite a la vida entre lo legal y lo ilegal, acabar con ese fenómeno que permeó a toda la sociedad desde el nivel que se le mire,  no solo en lo nacional sino en lo internacional; un síndrome que se ve claramente sin lugar donde termine, una penetración desde lo moral a lo espiritual y una pérdida de conciencia que nos hace convidados de piedra frente a esa caída del precio del valor inherente del ser humano.

 

Un flujo de irreflexión intempestiva, bollante en el tiempo y en espacio que se ha sembrado en la tierra espiritual del individuo, hay una ilegalidad sembrada desde la conciencia temprana hasta la mecanización del pensamiento por aquello de la evolución de la sociedad, de su cultura y de las fuerzas telúricas que mueven por debajo los intereses, mostrando como desde lo ilegal se disfraza una mejor existencia, una mejor condición social o un aplicar de una nueva seudoconciencia a la manera de ver la vida.

 

Es decir, donde manda la ilegalidad comienza la esclavitud, impone la violación de derechos, la interferencia en los derechos fundamentales; y es que no se trata de lo que quiere el ilegal, se trata de lo que quiere la persona, lo importante que es y lo que necesita para comprender las vicisitudes que se enfrenta y generan una nueva manera de comprender el terreno de lo existencial  y de la orientación masiva hacia una nueva génesis del ser humano, esto es, una sociedad que permita recuperar la democracia,  y superar la contradicción de la injusta dimensión en que se desenvuelve la sociedad actual.

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