CONSTRUIR PENSAMIENTO EN UN MUNDO DISPERSO SIN QUE SEA UN ACTO DE REBELDÍA

"FILOSOFÍA, PEDAGOGIA E INVESTIGACIÓN" Diego M. Zuluaga o. Lic. Filosofía y Letras USTA

   “Nuestras obligaciones no surgen solo de principios generales ni de cálculos individuales, sino de las posiciones que ocupamos en un entramado de relaciones” (Dorothy Emmet)

Creer que la mayoría de las personas van a aprender algo intentando resolver un problema que lo tiene de cabeza es no querer darse cuenta de que esa aproximación sólo es útil para una ínfima parte de su existencia.  Estamos ante la élite intelectual de la próxima generación y al mismo tiempo debemos seguir “el principio militar de no dejar tirado a ningún soldado”. Esto no es contradictorio, aunque lo parezca pues actuamos en base a conocimientos, habilidades y competencias ya adquiridas. De ahí que en el pensamiento se salga con apuntes, contenidos y temas como guía para construirse a sí mismo. (trabajo, misión, trabajadores, ideología).

No es raro que nos encontremos con palabras que no conocemos (están ahí para buscarlas y ampliarlas en el vocabulario), esto por sí solo requiere de cierta reflexión como cuando enfrentamos la capacidad de explicarse a sí mismo y a los demás la idea del concepto que desarrollamos. He ahí el compromiso. Ese que muestra los deseos personales a veces con justicia, devaluar al otro por lo que es o abusar de la posición que se tiene. Aquí es bueno traer a colación que esta idea se entrelaza con la tradición británica del idealismo pues se preocupa por la vida comunitaria, pero que la concepción social se conecta directamente con la dimensión espiritual en línea como lo explicó la tradición hegeliana.

Pensar es una capacidad innata del ser humano y para ello requiere aprendizaje, atención y concentración absoluta y que, en un momento de constante agitación, detiene la vida por unos instantes, hasta allí sería una manera lenta y profunda de estar en el mundo. Pero también “La dispersión moderna es una huida: nos llenamos de ruido para no escuchar el vacío” (Nazareth Castellanos) y esto nos asusta pues nos quita las defensas y produce en el inconsciente una sombra propia de ahí que la rebeldía es atreverse a mirar hacia adentro y también hacia afuera.

Hace poco me preguntaron cómo imaginaba un mundo donde se construyera el pensamiento en ese universo disperso sin que fuera un acto de rebeldía. Después de hacer elucubraciones, calibrar las dinámicas sociales y hacer introspección cognitiva solo atiné a decir: un mundo que enseñe y ponga hitos en educar la atención, buscar un máximo tiempo de calidad, compensar las carencias cognitivas y no dejar atrás las oportunidades. Trabajaría a fondo el vínculo entre comprensión y conocimientos previos. (quien sabe más, comprende mejor y acumula más bagaje), cuidaría la lectura no solo para enseñar a leer sino para alfabetizar lo disciplinar, enriquecería el lenguaje como actividad social y escolar.

Para algunos fue una respuesta utópica. Para otros la articulación entre lo didáctico y lo pedagógico; entre lo cognitivo y el principio “de lo simple a lo complejo”; la evaluación de la carga y el currículum acumulativo para que lo pretendido no elimine el esfuerzo sino esforzarnos a conseguir lo que consideramos valioso para concluir que el conocimiento es aquello con lo que pensamos. Pues la clave se centra en integrar la reflexión en la vida cotidiana de forma natural y constructiva, transformando el hábito en arquitectura personal.

¿Cómo lograr esa arquitectura personal? Primero que todo percibir el pensamiento profundo sin que genere desgaste emocional y al contrario “construir es habitar y cuidar” (M. Heidegger); en segundo lugar,  la mente dispersa no necesariamente está enferma, evitar entonces “la rumiación”  y propender por una “divagación guiada”, las ideas evolucionan y el cerebro mueve y asocia las ideas; alimentar el pensamiento complejo, este tolera la tensión y alimenta los debates evitando el pensar agresivo; desarrollar el micro-hábito de la co-creación esto es, obligar al cerebro a inventar caras, escenarios, ritmos hasta completar la obra en su propio intelecto; por último “actuar primero, pensar y sentir después” construyendo la disciplina y la consistencia para formar una estructura mental que motive lo pasajero de la existencia hasta tener “una mente clara”.

El resumen de todo es la convicción de que “Vivimos en una época donde la información abunda, pero el pensamiento escasea… Las ideas sin pensamiento crítico no piensan: repiten. Se desplazan de pantalla en pantalla, se viralizan, se consumen con la misma rapidez con la que se olvidan” (María Rebeca Alcaide); dejamos de hacer visible el propio pensamiento, no se visualiza ni se cuestiona, lo riguroso se redujo y dejamos que otros transmitan ideas. El problema no es la tecnología, las plataformas o el entretenimiento, el problema es que renunciamos al ejercicio más incómodo y necesario de todos, esto es, pensar por cuenta propia y tal vez hemos cedido el control de nuestra mente.

Pensar críticamente es asumir la responsabilidad intelectual de examinar lo que creemos, este exige curiosidad y disciplina al igual que cuestionar las fuentes, identificar la coherencia entre premisas y conclusiones. Tal vez por eso resulta urgente volver a los libros, a las preguntas incómodas, al rigor intelectual. No para tener siempre la razón, sino para no renunciar nunca a la claridad.

“Hoy todos nos hemos convertido en rebaño. Un rebaño del consumo, un rebaño de la comunicación, un rebaño de los datos, un rebaño de la información y así sucesivamente.” Byung-Chul Han) En consecuencia, retomar los libros y el pensamiento propio no es un lujo intelectual: es una defensa contra la manipulación, contra la pereza mental, contra la disolución del sentido.

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