Durante siglos nos enseñaron que la vida es una carrera y que, para que alguien llegue a la meta, otro debe quedarse en el camino. Esa idea, la del juego de suma cero, ha moldeado nuestras escuelas, nuestras empresas y nuestra política. Sin embargo, basta mirar a nuestro alrededor, con democracias fatigadas, desconfianza entre vecinos y una polarización que ya no discute, sino que excluye, para sospechar que esa lógica ha llegado a su límite. Quizá el problema no sea que competimos, sino que hemos olvidado que también podemos cooperar. Existe una palabra para recordarlo: coopetir.
¿Qué significa coopetir?
Coopetir, o coopetencia, es cooperar y competir al mismo tiempo. La expresión nació en el mundo empresarial de los años noventa. Se atribuye su acuñación a Ray Noorda, fundador de Novell, y fue llevada a la literatura de gestión por Adam Brandenburger y Barry Nalebuff, quienes propusieron un cambio de paradigma: pasar de la guerra a la paz. ¹
Su intuición es simple y profunda. Quien trata cada relación como una guerra termina con poco que rescatar, como ocurre en las guerras de precios, donde todos sacrifican valor y nadie sale ganando. En cambio, quien entiende que para ganar no hace falta destruir al otro descubre algo más fértil. Los rivales pueden unir fuerzas en lo que les conviene a todos, como reducir costos, innovar o abrir nuevos espacios, sin dejar de competir por lo que los distingue. No se trata de elegir entre cooperar o competir, sino de comprender que ambas cosas pueden ocurrir en un mismo plano. Competir no es lo opuesto a cooperar.
Conviene añadir una nota de prudencia que la propia investigación señala: la coopetición funciona mejor con una mezcla moderada de ambos polos. Demasiada cercanía puede degenerar en dependencia o colusión, y demasiada rivalidad, en deslealtad. ² También en la vida humana la sabiduría está en la medida.
Por qué importa hoy
Nuestras sociedades enfrentan lo que la CEPAL describe como trampas estructurales: alta desigualdad, desconfianza institucional y dificultad para construir acuerdos duraderos. ³ Son problemas que ningún actor resuelve solo. Ningún partido, gremio, empresa o comunidad posee por sí mismo la llave del futuro, y sin embargo seguimos actuando como si ganar el día de hoy significara aplastar al adversario de mañana.
La coopetencia ofrece otra gramática. Aplicada a la vida pública, no pide que dejemos de pensar distinto ni que finjamos una armonía imposible. Pide que, aun compitiendo por el voto, por la idea o por el liderazgo, reconozcamos que existen horizontes que nos pertenecen a todos: la educación de los niños, el cuidado del agua, la salud, la seguridad, la dignidad del trabajo. En esos territorios, el rival de hoy es el aliado necesario de siempre.
Lo que gana la democracia
Una democracia no es solo el recuento de votos; es una forma de convivir con quien no piensa como yo. Coopetir fortalece esa convivencia por tres vías.
Primero, una gobernanza colaborativa. Los actores políticos y sociales pueden disputar legítimamente el apoyo ciudadano y, al mismo tiempo, cooperar para diseñar políticas públicas de largo plazo, aquellas que sobreviven a los ciclos electorales. Así se rompe la polarización destructiva, que convierte cada diferencia en trinchera.
Segundo, una resolución democrática de los conflictos. La democracia ofrece reglas para que los distintos intereses se expresen y encuentren soluciones conjuntas sin eliminar al adversario. ⁴ Coopetir añade a esas reglas una actitud: legitimar la existencia del otro. Quien reconoce que su oponente tiene derecho a existir, a disentir y a proponer acuerda con más facilidad, y la política recupera su vocación original de sustituir la fuerza por el diálogo.
Tercero, control y equidad social. Los modelos asociativos y cooperativos nos enseñan el principio del control democrático, según el cual cada miembro tiene voz y voto en las decisiones compartidas. Cuando el poder se descentraliza y el acceso a los recursos y al conocimiento se democratiza, nace una ciudadanía más activa, corresponsable y próspera. Coopetir es, en el fondo, repartir la capacidad de participar.
Educar para coopetir
Ninguna sociedad coopera mejor que las personas que la forman. Por eso la gran tarea es educativa. No nacemos competidores feroces ni cooperadores ejemplares; aprendemos a serlo. Si desde la infancia premiamos solo al primero de la fila, aprenderemos que el éxito es individual y que el otro estorba. Si en cambio enseñamos que se puede aspirar a la excelencia junto a otros, formaremos ciudadanos capaces de disentir sin odiar y de competir sin deshumanizar.
La investigadora Katalina Soto, del grupo GREITM de La Salle-URL, propone tres pasos sencillos, pensados para pequeños emprendedores, que se leen igual de bien como pedagogía cívica. ¹ El primero es «sé diferente»: reconocer que hay espacio para todos porque cada quien aporta algo propio. El segundo es «tenemos mucho en común»: conversar con los pares y descubrir qué metas y motivaciones compartimos. El tercero es «hazlo real y confía»: empezar con gestos pequeños para que la costumbre de colaborar crezca con la confianza. Su estudio, realizado entre restaurantes veganos del barrio de Gracia, en Barcelona, reveló además algo muy humano: el mayor obstáculo no era la falta de valores o de confianza, sino una barrera mental, la sensación de no tener tiempo ni liderazgo para ponerse de acuerdo con quien se percibe como competencia.
Esa barrera es la misma que enfrentamos como sociedad. Y se derriba como se aprende cualquier virtud: con práctica. En el aula, con proyectos donde el éxito de un grupo dependa de la contribución de todos. En el barrio, con alianzas entre comercios, vecinos y organizaciones. En el trabajo, con equipos que celebren el logro compartido. En casa, con adultos que muestren que se puede discrepar y seguir siendo familia.
Una conclusión para actuar hoy
La competencia nos hizo avanzar, y no hay que renegar de ella; la ambición, el talento y el deseo de superarse son parte de lo humano. Pero una sociedad que solo compite se desgasta, y una que solo coopera corre el riesgo de apagar la diversidad. La madurez democrática consiste en sostener ambas fuerzas en tensión creativa.
Por eso, coopetir no es una moda de gestión: es una decisión ética. Es elegir que mi victoria no requiera tu ruina, que mi voz no necesite silenciar la tuya, que mi prosperidad se mida también por la tuya. Y es una decisión que cabe en lo cotidiano. Hoy mismo puedes buscar a alguien con quien discrepas y preguntarle en qué podrían trabajar juntos; apoyar una iniciativa de tu barrio, aunque la lidere un «rival»; exigir a los líderes políticos que pacten lo esencial sin renunciar a sus ideas; y enseñar a un niño que ganar es mejor cuando nadie queda fuera.
La democracia no se heredó hecha: se construye cada vez que dos que podrían enfrentarse deciden, sin dejar de ser distintos, caminar en la misma dirección. Compitamos por ser mejores, pero cooperemos para que ser mejores signifique algo. Esa es la forma más inteligente de ganar: ganar juntos.
Notas al pie
¹. Soto Rivera, K. «¿Para qué competir si podemos coopetir?», blog del grupo GREITM, La Salle-URL. https://blogs.salleurl.edu/es/para-que-competir-si-podemos-coopetir.
². Bengtsson, M., Eriksson, J. y Wincent, J. (2010). «Co-opetition dynamics: an outline for further inquiry», Competitiveness Review, 20(2), 194–214.
³. CEPAL. Gobernanza colaborativa, procesos de deliberación democrática y transformación digital. https://www.cepal.org/es/publicaciones/84485-gobernanza-colaborativa-procesos-deliberacion-democratica-transformacion-digital
⁴. AGCID (Chile). Gobernabilidad y Cooperación. https://www.agcid.gob.cl/images/centro_documentacion/Gobernabilidad_y_Cooperacion.pdf