Ensayo filosófico-humanista sobre la despersonalización contemporánea
Hace unos días jugaba al ajedrez con un amigo. El ajedrez es un juego que obliga a pensar no solo qué pieza mover para ganar, sino algo más incómodo: qué queda de nosotros «cuando los jugadores se hayan ido, cuando el tiempo los haya consumido». Esa frase, tarareada casi sin querer, se me quedó pegada como una pregunta filosófica disfrazada de melodía: ¿qué somos cuando el reloj termina la partida? La respuesta, sospecho, tiene mucho que ver con una figura que hoy puebla nuestras calles, nuestras pantallas y nuestro imaginario colectivo: el zombi.



