LA FILOSOFIA Y LA POLITICA: UNA PUERTA PARA PERCIBIR LOS PROBLEMAS SOCIALES EN COLOMBIA

     “Slavoj Žižek, nos invita a hacer justamente lo contrario. Nos recuerda que la filosofía                                                                     no está para darnos las respuestas, sino para hacernos las preguntas”

“¿Puede la filosofía ofrecer respuestas definitivas sobre la relación entre el ser humano y la política, o solo enseñarnos a percibir de otro modo los problemas que esta produce?”, ello como consecuencia del desencanto político en Colombia y América Latina, y para tratar de dar respuesta a esta pregunta es necesario argumentar que a todos nos ha pasado alguna vez que damos vueltas una y otra veza una situación, a raíz de un conflicto, miedo o duda sin encontrar salida y cuanto más analizamos la situación más se enreda nuestra mente, nos determina esto que rara vez pensamos que no se trata de pensar más sino de pensar de una manera diferente.

En Colombia y en buena parte de América Latina, la política se ha convertido en un escenario de desencanto, sospecha y fatiga colectiva. Discursos que prometen “cambio”, “orden”, “paz” o “revolución” se repiten sexenio tras sexenio, mientras la desigualdad, la violencia y la exclusión persisten como si nada hubiera ocurrido. En ese contexto, la filosofía no aparece como un lujo académico, sino como una necesidad urgente para revisar no solo lo que pensamos de la política, sino la forma misma en que la percibimos. Slavoj Žižek lo resume con precisión: la filosofía no está para darnos respuestas definitivas, sino para mostrarnos que la manera de plantear un problema ya forma parte del problema.

Cuando escuchamos en Colombia expresiones como “la política es sucia”, “todos los políticos son iguales” o “la democracia no sirve”, no solo estamos describiendo una realidad, también estamos configurando un modo de habitar lo político. Si la política se percibe únicamente como corrupción y clientelismo, el ciudadano se repliega en la apatía, el cinismo y la abstención; si se percibe como una guerra permanente entre “ellos” y “nosotros”, se alimentan los extremismos, las cancelaciones y la violencia simbólica. La filosofía interviene precisamente en ese nivel: no cambia de inmediato las estructuras, pero cuestiona los lentes con los que miramos esas estructuras, obliga a interrogar el lenguaje, las categorías y las narrativas que dan forma a nuestra experiencia política.​

En América Latina, el concepto de política ha sido moldeado históricamente por proyectos de poder que se presentan como salvación del “pueblo”, de la “patria” o de la “revolución”. Gobiernos de distinto signo ideológico han instrumentalizado palabras como democracia, libertad, justicia social o seguridad para legitimar programas que, en muchos casos, terminan profundizando la desigualdad o concentrando el poder. Basta observar cómo se ha usado el término “paz” en Colombia: lo mismo sirve para campañas presidenciales que para justificar reformas, para polarizar a la opinión pública o para reducir un conflicto histórico a un simple eslogan publicitario. La filosofía, lejos de aceptar esos conceptos como evidentes, se pregunta quién habla en nombre de la paz, qué silencios produce ese discurso, a quién incluye y a quién excluye cuando lo pronuncia.​

Žižek insiste en que la filosofía incomoda porque desarma las comodidades del sentido común; no ofrece respuestas listas para usar, sino que expone las contradicciones que se ocultan bajo las narrativas oficiales. En ese sentido, la pregunta “¿tiene la filosofía todas las respuestas sobre la relación entre el ser humano y la política?” está mal planteada: la fuerza de la filosofía no reside en la respuesta, sino en la pregunta que desarma las falsas evidencias. Cuando la ciudadanía se acostumbra a consumir consignas como si fueran verdades absolutas, el pensamiento filosófico reaparece como una práctica de higiene intelectual: limpiar el lenguaje de la demagogia, desenmascarar las simplificaciones y reconstruir la complejidad de los problemas sociales.

Pensadoras como Hannah Arendt mostraron que la política, en su sentido más profundo, no se reduce al juego de partidos ni a la lucha por el poder, sino que tiene que ver con la acción y la capacidad de iniciar algo nuevo en el espacio público. Desde esta perspectiva, la política no puede quedar secuestrada por los gobernantes de turno ni por los aparatos partidistas; se reconstruye cada vez que ciudadanos concretos, desde su cotidianidad, deciden intervenir en la realidad común. La filosofía, entonces, no dicta qué decisión tomar, pero ayuda a comprender qué tipo de mundo estamos construyendo cuando apoyamos ciertas políticas, reproducimos ciertos discursos o guardamos silencio ante determinadas injusticias.​

En Colombia, donde la historia reciente ha estado atravesada por la violencia, la posverdad y la desconfianza en las instituciones, filosofar sobre política es también un acto de memoria crítica. No se trata de repetir consignas ideológicas, sino de preguntar qué imaginarios hemos normalizado, qué violencias hemos dejado de ver y qué formas de ciudadanía queremos promover. Cuando el ciudadano se resigna a decir “esto siempre ha sido así”, la filosofía introduce la sospecha: ¿y si la política pudiera ser otra cosa?, ¿y si la participación, la deliberación y el cuidado del bien común no fueran solo palabras vacías?​

La filosofía, por tanto, no es una ciencia de respuestas definitivas, sino un ejercicio constante de preguntas radicales sobre la relación entre el ser humano y la política. No ofrece soluciones técnicas ni programas de gobierno, pero sí puede mostrar cuándo una solución es injusta, cuándo un programa traiciona su propio lenguaje, cuándo una promesa es moralmente inaceptable. En lugar de darnos recetas, nos da criterios; en lugar de prometer certezas, nos invita a soportar la incomodidad de pensar.

¿Tiene entonces la filosofía todas las respuestas? No, y quizás ahí radica su mayor honestidad. Su tarea no es cerrar el debate, sino abrirlo; no es clausurar las preguntas del ciudadano, sino intensificarlas, orientarlas y darles profundidad histórica y ética. En sociedades como la colombiana, atravesadas por la polarización, la corrupción y la manipulación mediática, la filosofía y la política solo pueden encontrarse dignamente cuando aceptan que comprender los problemas sociales implica, primero, transformar la forma en que los percibimos. Solo así la filosofía se convierte en una verdadera puerta de acceso a los problemas sociales: no para decorarlos con teorías, sino para revelar sus raíces, sus paradojas y las posibilidades de un mundo distinto.

Se concluye que la filosofía es como un acto de interrupción, pues lo más revolucionario de esta en el mundo moderno es que no exige un momento de pausa, de reflexión calmada, y no obsesiva y compulsiva. Y en nuestra sociedad, son pocos los espacios que tenemos para esta contemplación pausada, lo cierto es que, desde Sócrates hasta la actualidad, la filosofía ha sido siempre eso: una manera de detener el piloto automático. Wittgenstein decía que el papel de la filosofía es “mostrar a la mosca la salida de la botella”. Es decir, enseñarnos que estamos atrapados en un modo de pensar que nos atrapa, pero del que podemos salir. Además, surge la política como construcción narrativa en América Latina, en donde los discursos políticos se han usado conceptos como “pueblo”, “democracia” o “justicia social” de maneras distintas según el contexto en que esta se requiera, de ahí que la filosofía ayuda a desenmascarar esos argumentos populistas y que muchas veces es base de los programas de los políticos.

Lo que parecía culpa eterna de cómo vemos e interpretamos la política se transforma en responsabilidad compartida, en donde lo que parecía un miedo insuperable se vuelve valiosa información sobre las necesidades y por ello recurrimos a la filosofía para cambiar de marcha o aplicar los conceptos evolucionados de la política.

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