CUANDO EL MIEDO A CRECER DEVIENE DE UNA INFANCIA TRÁGICA SIN ETERNIDAD

    “Entre la promesa de la infancia eterna y la herida silenciosa del tiempo, Peter Pan se revela como una fábula inquietante sobre la identidad, el duelo y el miedo a crecer” (Roberto Pereira. Revista Literaria El Candelabro).

¿Es la eterna juventud una forma de libertad o una condena disfrazada? ¿Qué se pierde y qué se salva cuando decidimos crecer?, tal vez rememorando a Peter Pan el niño que se volvió eterno desde la literatura misma como si fuera un estado natural del hombre. Surge la idea de la existencia de la memoria y al mismo tiempo esa fantasía que nos lleva a la posibilidad de vivir eternamente.

Tal vez nos negamos a crecer porque para muchos crecer es morir o tal vez por la existencia de esa alegoría acerca de la temporalidad humana y no poder detener el paso del tiempo. Aparece entonces una meditación profunda sobre el duelo, la identidad y la memoria colectiva desde la infancia a través del espacio, o como lo dijo James Matthew Barrié dentro de su gran obra infantil Peter Pan a quien describe como: “un ser que no solo rechaza crecer, sino que no puede hacerlo, condenado a una eterna infancia no por deseo, sino por carencia ontológica”; aparece la duda sobre la temporalidad y la resistencia al envejecimiento y el efecto de las dinámicas familiares sobre la muerte, en donde algunos la rechazan y otros la aceptan, o esperan una condena de eternidad dentro del reino de la fantasía que se ha fabricado el hombre desde lo espiritual o religioso.

El ser humano se convierte en héroe carismático al revelar desde su análisis textual riguroso ese rasgo ambivalente; por un lado, el olvido a vivir o cómo vivió o cómo desea seguir viendo y por el otro, esa indiferencia mostrada ante el sufrimiento ajeno en virtud a esa incapacidad para comprometerse emocionalmente entre lo inocente y lo peligroso. Origina una crueldad no refinada por la empatía social y esa evolución moral que contrasta la transición entre la dependencia y lo que interpreta y construye.

Vemos como esa dicotomía da la estructura a lo que podríamos llamar “posturas existenciales”, una la inmovilidad y la otra, la transformación, pues el vivir exige responsabilidades dentro de ese viaje entre compromisos afectivos y sus pérdidas; es un momento en el que se niega el continuar con esa vida cotidiana en búsqueda del trágico drama, es decir, inexistencia de la redención y una infinita soledad.

Cómo interpretar entonces el “crecer es morir” frente a la angustia que genera inmortalidad o, en otros términos, esa internalización de la realidad o la permanencia en ese estadio de ausencia o pérdida de la sombra humana. Se acuñó el “Síndrome de Peter Pan” por el sicólogo Dan Kiley en 1983, dirigido a personas que evitaban compromisos laborales, afectivos o familiares, o dicho de otra manera, una forma de resistencia a las estructuras sociales opresivas o el descalificar estilos de vida y hasta la negación al cambio necesario para sobrevivir. Queda como paliativo el madurar a toda costa, asumir todo como experiencia o construir ese sujeto que imagina la pérdida como la ausencia de identidad o una inmadurez desde el juego para aceptar que este tiene un final.

No será que la figura de niño eterno es una manera de escapar de la ingenuidad y de la interrogación venidas de las condiciones posibles de ver el mundo con subjetividad o no poder hacer narrativas coherentes o trascendentes o la distopía de la ausencia de historia entre a la ausencia de ética. Una sombra que se desprende desde el cuerpo sin recuperar ese miedo escénico de lo filosófico y lo sicológico dejando a un lado esa imagen idealizada de los aspectos que reprimen la conciencia del individuo y que lo hacen integrarse desde la superficialidad hacia esa sombra de autocuración.

Termino diciendo que “un alma con cicatrices propias” (Barrié) no es renunciar a la fantasía sino reconocer que la vida es transitoria y para ello la imaginación debe servir no para reemplazar la realidad, sino para reinterpretarla con mayor lucidez y compasión. Ese volver a volar no por negación, sino por gracia, poniendo los pies en la tierra y tener un corazón ligero. Crecer es aceptar que el juego tiene un final, pero también que la vida se construye en la transformación.

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