DISTRÉS, EUSTRÉS Y ESTRÉS: LA BATALLA INVISIBLE DEL SER HUMANO CONTEMPORÁNEO
Posted by: Diego Mario Zuluaga O. on: 18 de mayo de 2026
“No vivimos en un reino de violencia, sino en un reino de información que se hace pasar por libertad.” (Byung-Chul Han)
El ser humano contemporáneo vive atrapado en una paradoja inquietante: posee más información que nunca, pero menos paz interior; dispone de mayores avances tecnológicos, aunque cada vez tiene menos capacidad de contemplación y silencio. Vivimos hiperconectados al mundo, pero profundamente desconectados de nosotros mismos. En medio de esta contradicción emerge una realidad que la sociedad suele minimizar: el estrés y, especialmente, su forma destructiva conocida como distrés.
Durante décadas se nos enseñó que vivir bajo presión era sinónimo de éxito. El agotamiento se convirtió en una medalla moderna y la capacidad de soportar jornadas interminables parecía representar fortaleza. Sin embargo, la neurociencia y la reflexión filosófica contemporánea empiezan a demostrar una verdad incómoda: el ser humano no fue diseñado para permanecer constantemente en estado de alarma.
Es necesario comprender que no todo estrés es negativo. Existe el eustrés, una forma positiva del estrés que impulsa la creatividad, la adaptación y el crecimiento personal. Gracias a esta tensión saludable, el individuo puede enfrentar desafíos, reaccionar ante situaciones complejas y desarrollar nuevas capacidades. El eustrés moviliza la energía vital necesaria para aprender y evolucionar.
El problema surge cuando esa presión supera la capacidad de regulación emocional y biológica de la persona. Allí aparece el distrés, la forma negativa del estrés, capaz de deteriorar silenciosamente la salud física, mental y social del individuo. El cuerpo deja de responder armónicamente y comienza a vivir en permanente desgaste.
La ciencia ha demostrado que el estrés crónico altera profundamente el cerebro humano. Como señala Néstor Braidot, el exceso sostenido de cortisol reduce el volumen del hipocampo, relacionado con la memoria y el aprendizaje, afecta la corteza prefrontal encargada de la toma consciente de decisiones y activas respuestas automáticas asociadas al miedo y la supervivencia. En consecuencia, el distrés transforma al individuo en un ser reactivo, impulsivo y emocionalmente agotado.
Los efectos no son únicamente psicológicos. El distrés incrementa el riesgo de enfermedades cardiovasculares, ansiedad, depresión, trastornos del sueño, agotamiento extremo y accidentes laborales. Una persona sometida continuamente a estrés negativo pierde capacidad de concentración, disminuye su juicio crítico y se vuelve más vulnerable frente a los conflictos sociales y familiares. Por ello, el distrés representa también un problema de seguridad humana y convivencia colectiva.
Sin embargo, el fenómeno no puede entenderse únicamente desde la medicina. El problema es también cultural, ético y filosófico.
Byung-Chul Han advierte que la sociedad moderna ya no necesita cadenas visibles para dominar al individuo. Hoy la presión nace del exceso de información, de la hiperconectividad y de la obsesión por el rendimiento. El ser humano contemporáneo se autoexplota creyéndose libre. Vive atrapado entre notificaciones, competencia permanente y exigencias sociales imposibles de satisfacer plenamente.
El distrés nace precisamente allí: en la incapacidad de detenerse.
La ansiedad deja de ser una reacción ocasional para convertirse en una condición existencial. El individuo moderno habita un estado continuo de aceleración que le impide escucharse, contemplar y pensar profundamente. La tecnología, diseñada para facilitar la vida, termina muchas veces colonizando el tiempo interior del ser humano.
Por ello adquieren especial relevancia las palabras de León XIV al invitar a rechazar las formas de odio y división para convertirnos en constructores de paz. La paz ya no puede entenderse únicamente como ausencia de guerra entre naciones; también debe comprenderse como reconciliación interior del individuo consigo mismo. Un ser humano atrapado en distrés permanente difícilmente podrá construir empatía, diálogo o convivencia.
A esta preocupación se suma la reflexión del filósofo Stefano Micali, quien advierte sobre el riesgo del “fin de un mundo humano compartido”. Una humanidad agotada emocionalmente termina normalizando la indiferencia, la violencia simbólica y la mediocridad espiritual. El distrés no destruye únicamente neuronas; también debilita la capacidad ética y humana de las sociedades.
En este contexto, recuperar el equilibrio emocional se convierte en un acto de resistencia filosófica. Dormir adecuadamente, reducir el ruido informativo, cultivar vínculos reales, conversar sin prisa y recuperar el silencio no representan actos de debilidad, sino formas superiores de inteligencia humana.
Tal vez el verdadero desafío del siglo XXI no sea conquistar nuevos territorios, como advertía Hélène Cixous respecto a las pulsiones contemporáneas de poder, sino recuperar el territorio interior perdido del ser humano.
Porque una civilización agotada emocionalmente termina perdiendo algo más grave que la tranquilidad: pierde su humanidad.

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