“La democracia se sostiene, en última instancia, en algo tan frágil como la confianza. Y cuando esa confianza se rompe, la comunidad entera queda a merced de los hipócritas que la corroen y los cínicos que la arrasan” (G. Pickering)
A la Resistencia nos llaman como una manera de supervivencia social frente a ese deber político que se muestra en la sociedad actual, basta mirar la existencia de información de gobernantes relacionados con delitos sexuales, otros pasando información a los grupos delincuenciales, algunos esquilmando el erario público trasladado sus cuenta en oro a otros países, sectores de la justicia en contubernio con delincuentes y otros tantos gastándose el dinero de manera fraudulenta y haciéndolo legal con sus resultados perversos.
Cómo pretender que coincidan la vida pública, la palabra y los actos cuando a todas luces se vislumbran la hipocresía y el cinismo como modos de traicionar la verdad, pero que respetan valores totalmente distintos. Pero veamos qué es la hipocresía en cuanto a mantener una fachada de rectitud, o como escribió François de La Rochefoucauld, “la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud”. Se la pasan hablando de democracia mientras se restringe; hablar de austeridad mientras se gasta excesivamente; una justicia que no existe, pero se predica a manos llenas; arreglar la desigualdad haciendo a los pobres más pobres y ayudando a los poderosos, es decir, la hipocresía como sombra de la virtud, pues esta envenena la confianza pública, pero fingiendo mantener viva la noción de que hay un ideal que merece ser imitado.
Pero entonces, veamos qué es el cinismo, sino la negación del valor, “cuando no hay fe en la moral, lo único que queda es la voluntad de poder. El cínico se complace en exhibir la mentira, no como vergüenza, sino como fuerza” (Pickering), de ahí que no se requiere máscaras para el cambio y desde ya se anuncia la crisis de los valores en la modernidad. Suena risible, pero se vislumbra aquello en donde la verdad deja de importar y la mentira sigue su creación en ese clima que propaga el cinismo. Hemos escuchado muchas veces las respuestas de los políticos como “y qué”, “de malas” o enarbolando palabras lisonjeras de otros estadistas para justiciar su comportamiento.
Vemos ruedas de prensa donde se insulta al mandatario de corrupto, asesino y otros epítetos que desmejoran su popularidad, que contra atacan las pruebas suficientes para investigar, pero que terminan entendiendo que es mejor violar los derechos humanos así sea con chachara barata que con argumentos sostenibles y sustentables, pues los políticos se dedicaron a hablar con falacias, programas propuestos sin resolver y peor aún creen que siguen cumpliendo lo programático de la campaña. Basta leer a Hannah Arendt en Verdad y Política para comprender el discurrir de la sociedad, la influencia del político y el manejo desleal de la democracia, para proclamar que se defiende la desigualdad como ley natural, mientras que el hipócrita teme ser desenmascarado el cínico convierte el desenmascaramiento en un gesto de orgullo. Donde la hipocresía es sombra de luz, el cinismo es negación del sol.
Resuena en el ambiente cuál es el antídoto y algunos responden que se debe recuperar la dimensión moral de la política, pero cuál moral o principios éticos, de nada sirvieron las clases de Aristóteles en la Etica de Nicómaco, o de Platón en El Banquete, o de Séneca en los 7 Libros de la Sabiduría claramente se observa esa separación entre la ética y la política, la gobernanza y el sistema, lo educativo con lo social, cómo los dos términos que se han referenciado son síntomas de la enfermedad de este siglo, en que se ha olvidado la memoria histórica como ese lugar de acción y palabra compartida (Arendt); no existen instituciones transparentes pues todos los días se conocen hechos de corrupción entre gobierno y delincuentes, ministros y entidades públicas, los militares violando la contratación etc. Son demasiados para mostrar en esta columna, y en donde Montesquieu advertía que la república se sostiene en la virtud de sus ciudadanos, y así Sloterdijk definió el “cinismo ilustrado” como la conciencia de que se actúa mal y, aun así, se continúa.
Dónde está esa sociedad activa, aquella vigilante que permita romper ese círculo y en donde brilla la coherencia, exigiendo la verdad y sancionando la mentira. Se ha instalado la normalidad de la mentira, la indiferencia ante la corrupción y la renuncia a la verdad ese nuevo norte, aunque el horizonte esté demasiado lejos, diezmado por inoperancias administrativas y sociales, buscando la forma de devolver la dignidad moral a la política y recordando que esta puede ser un acto de servicio y a su vez un gesto revolucionario para cambiar esa incoherencia existencial y traigamos los valores republicanos que se tuvieron en cuenta al fundar a nuestra nación.
“La democracia se sostiene, en última instancia, en algo tan frágil como la confianza. Y cuando esa confianza se rompe, la comunidad entera queda a merced de los hipócritas que la corroen y de los cínicos que la arrasan. Resistirlos no es solo un deber político: es una exigencia moral de supervivencia colectiva.” (G. Pickering)