CUANDO LOS EDIFICIOS HABLAN DESDE LA FILOSOFIA Y LA CULTURA

              «El arquitecto, al construir una cosa, está                                                                                   materializando no solo ideologías públicas, sino                                                                       que muchas veces, sin saberlo, están escribiendo                                                                       en piedra, incluso más que eso: están                                                                                           escribiendo  lo que las ideologías públicas no                                                                             pueden decir públicamente, el secreto obsceno,                                                                          por así decirlo», (Slavoj  Žižek)

El pensamiento crítico comienza desde el momento en que el hombre adquiere la razonabilidad para preguntarse por aquellas cosas que van surgiendo, no solo en su sociedad sino en su entorno, analizando la referencia cultural con relación a la arquitectura, y es a partir de esa presencia estética que esta va mucho más allá de lo que está a simple vista. Es esa naturaleza de hierro y cemento la que nos lleva a preguntarnos con irreverencia si las edificaciones, vías o esculturas de una ciudad refieren hacía una estructura panóptica, esto es, una estructura arquitectónica circular ideada por Jeremy Bentham para permitir la vigilancia total desde un punto central; una circularidad de ciudad en la que se explica la eficiencia de lo arquitectónico frente al pensamiento y las ideologías.

¿Puede un edificio decirnos más sobre ideología que un discurso político? Para el filósofo esloveno Slavoj Žižek, la respuesta es un rotundo sí (J. Butrón), pues es el efecto del pensamiento contemporáneo y que provoca ese análisis agudo de la cultura, la política y la economía cultural. Y es que las edificaciones definen dentro de la filosofía precisamente esa responsabilidad del arquitecto, de los maestros de obra y hasta de los hombres que hacen el resto del trabajo, duro entre otras cosas, y es que “El arquitecto, al construir una cosa, está materializando no solo ideologías públicas, sino que muchas veces, sin saberlo, están escribiendo en piedra “Slavoj Zizek) dejando ese reflejo ético-político, con ello se deduce precisamente ese espacio donde se vive, bien sea nuestro hogar, oficinas, o en última ese reflejo intrínseco de una sociedad en construcción o en decadencia.

Pensamos entonces que la arquitectura se materializa a partir del contexto cultural, de la influencia de oriente u occidental o simplemente interpretando la cultura que la concibió. Basta mirar cuando se recorren las calles de una ciudad sea esta grande o pequeña, cómo las casas y edificios muestran un rasgo en el que fue concebido, algunos dirían influencia árabe como en algunos de los sectores del caribe, y lo colonial desde el barroco al renacimiento y en otros casos influencias hispanas y locales, indígenas en especial las precolombinas, la herencia del bahareque o el modernismo buscando la funcionalidad del hormigón y el concreto.

De ahí la importancia de la filosofía en la construcción, que no depende de los ladrillos sino de los ideales, valores y visión de la sociedad, a partir de ahí es que se moldea la arquitectura y el urbanismo que son las bases que aportan la habitabilidad, en especial ese sentido de lugar e identificar la función social del espacio construido. En algún momento en los andares de ciudad hemos levantado la vista para descubrir edificaciones con rasgos coloniales muy presentes en las plazas principales, incluso en las iglesias y catedrales.

Es ese emerger de la etapa moderna en palabras de Rogelio Salmona (arquitecto franco-colombiano) la que refleja esa búsqueda de identidad y modernidad a través de la arquitectura, sin olvidar aquellos elementos que nos recuerdan esa evolución de la construcción social; y es que tanto la arquitectura como la filosofía se pregunta por la existencia humana, también en la ética de la vivienda y en especial el cómo se aspira a vivir en el entorno buscando esa habitabilidad de hombre con el cemento y el hierro.

A mediados del siglo XX surge algo que fue llamado “la normalización” que buscaba crear esa infraestructura arquitecto-filosófica propia para romper con el pasado, dejar a un lado lo precientífico y abrir el camino a nuevas perspectivas. Esto lleva a que se hayan desarrollado las bases conceptuales y críticas para que la construcción, (llámese ideas arquitectónicas y pensamiento crítico) permitan moldear esa modernidad consciente y adaptable a las realidades del país. Por lo que las ideas son las herramientas de la arquitectura y filosofía, ese sentimiento de omnisciencia invisible permanente en quienes habitan desde el siglo XVIII a la fecha, y han generado esa fuente de contradicciones ideológicas, desde esa tesis estética o la disparidad de las edificaciones en un mismo sector e incluso en los conjuntos residenciales cada quien quiere mostrar su propio estilo degenerando la parte visual en donde gana la expresión individual, subjetiva y emocional propia del habitante.

Cuando los edificios «hablan» desde la filosofía y la cultura, significa que trascienden su función física para convertirse en narradores de ideas, valores y la condición humana de una época, en donde se repiensa el espacio y en el que ese “habitar “(Heidegger) es una forma de ser en el mundo que va ligada a la arquitectura, rememorando ese símbolo y significado  pues desde la elección de los materiales hasta darles forma y su distribución espacial son decisiones filosóficas que comunican el universo con el mundo de las ideas y en el que se acumulan las capas de historias, tradiciones y costumbres, expresando precisamente la identidad cultural de una civilización y el cómo influyó esta en la forma en la que se percibe la misma en el mundo de hormigón.

 

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