“Una persona que está muriéndose de hambre no tiene libertad” (Joseph E. Stiglitz, Premio Nobel de Economía)
Una necesidad urgente es la de formar ciudadanos capaces de habitar y vivir con libertad en medio de esa responsabilidad que se tiene frente a los entornos tecnológicos, se insiste en que esa formación debe ser integral para que ese desarrollo humano tenga las competencias digitales de los valores y de la vida comunitaria.
Es fácil decir: “¡Ninguna acción es demasiado extrema cuando el destino de la humanidad está en juego!” (Dario Amodei) y en efecto hay que reconocer y hacer accesible las lógicas que sean esenciales para actuar con conciencia y responsabilidad para la construcción de un discurso público que no permee la sociedad y mucho menos a los pobladores que ven cómo las políticas en especial las económicas no satisfacen sus necesidades y deben sobrevivir con el mínimo vital, claro está que este valor es diferente en todos los países y dependen de circunstancias diferentes; de ahí que no solo son los gobiernos sino también las grandes empresas las que desempeñan un papel crucial en todo este proceso, pues debemos parecer actores comprometidos de primera línea y no convidados de piedra frente a ese silencio cómplice.
La Economía como Arma de Guerra
“Los aranceles son un desastre, pero lo más decepcionante es la capitulación de Europa”, denuncia el economista estadounidense Joseph E. Stiglitz en el discurso de investidura como Doctor Honoris Causa de la UIMP, el movimiento económico mundial está enfrentado con las armas de los aranceles, aplastando a países pobres y enriqueciendo a otros o como si fuera poco, utilizados como armas para gobernar dejando a un lado el concepto social de democracia y que se pierde frente a lo plantado por Platón y otros pensadores.
Cómo pensar que hay libertad cuando se está sujeto a las variaciones del mercado, al poco acceso a las energías productivas, salarios mínimos irrisorios o aumentados por encima de los índices de inflación perjudicando a los comerciantes de todo tipo; aquí no hay un sesgo, lo que se configura es un elemento que perjudica a la economía en todos los sentidos, y en consecuencia, no se trata de hablar de libertad sino de ese sentido en términos de capitalizar las ganancias o excedentes, de poder sobrevivir cómodamente con humildad y orgullo, no desdibujando ese privilegio de unos pocos, sino que es un mecanismo de control de la sociedad .
Hay miedo en el ambiente, dibujado desde la incertidumbre que causa “tanto humano como académico” ese dialogo entre líderes increíbles, cada quien apuntando a lo suyo, mientras los observadores se preguntan ¿a quién y a qué hay que temer?, cuando se escucha a las personas hablar de clases de economía, si estas representan los intereses nacionales o partidistas, o si las ideas lanzadas al azar encajan en los pensamientos de los no libres por la pobreza y desigualdad.
. “La libertad de vivir es más importante que la libertad de llevar un arma” sentenció Stiglitz cuando reprochaba con picardía cómo los pensadores una vez comprometidos con la justicia social ya no lo eran, cedían ante la presión de los aranceles, de los cambios climáticos, el cambio de moneda y sobre todo pensar que se entregaba la soberanía del Estado a otros intereses supranacionales, es decir, lo externo importa sobre los problemas de lo interno.
Ahora bien, la misión esencial de la academia es emocionar y reconfortar a los actores públicos para entender cómo las políticas externas afectan las economía locales, nacionales e internacionales, por lo que hay que defender el conocimiento para asegurar que la sociedad trabaja en beneficio de toda la humanidad, siendo fundamental alimentar esa red de conocimiento para evitar esos regímenes autoritarios por un lado y por el otro que afectan la idea de un capitalismo social, claro está, que para esto último todavía falta mucho.
El Hambre: Una Enfermedad del Alma Social
El hambre es una afección mundial, presente en todos los continentes, en unos con más porcentajes que en otros, siendo sinónimo de desigualdad social como consecuencia de la falta de la intervención del Estado, sacrificando esa libertad que significa el ser socavado de sus derechos fundamentales, en los que se quedan atrás frente al avance de los más ricos y poderosos o cuando las políticas económicas no encuadran con las políticas sociales, por eso se dice “de los que no tienen ni la salud ni la educación que merecen”. Reforzar esa libertad es una tarea incesante para que los que mueren de hambre puedan sobrevivir dignamente; saltar ese límite que se pone a las ideas, generar razones para dejar de atacar a las derechas e izquierdas para que se pueda pensar por sí mismo de manera crítica y constructiva; o vacunarnos para no poner en riesgo la libertad de los semejantes y llegar a acuerdos programáticos y de concesiones para construir y no deconstruir el país.
“No nos sorprenda entonces, que algunos pretendan hacer con Colombia lo que ya hicieron con Venezuela y Cuba: convertir la tragedia en hazaña, el fracaso en mito y la dictadura en resistencia popular” (José Manuel Restrepo Abondano. Al borde de la esperanza).
El hambre es el síntoma; nuestra falta de libertad es la enfermedad. ¿Estamos dispuestos a curarnos?