En su obra El hombre mediocre, el pensador argentino José Ingenieros planteaba una crítica profunda a aquel individuo que renuncia a la excelencia, que vive sin ideales y que se adapta pasivamente a lo dado. El hombre mediocre —decía— no construye, no proyecta, no trasciende. Su existencia se agota en el presente inmediato, sin visión ni propósito.
En contraste con esta figura surge hoy una necesidad urgente: recuperar lo que podríamos llamar el pensamiento catedral.
El pensamiento catedral: construir más allá de la vida propia
El pensamiento catedral va más allá del aquí y del ahora. Es la capacidad de concebir proyectos cuyo horizonte supera la propia existencia. Así como las grandes catedrales medievales —como la de Canterbury, cuya construcción se extendió por siglos— fueron iniciadas por generaciones que sabían que no verían su culminación, el ser humano contemporáneo está llamado a construir obras, ideas y sociedades que lo trasciendan.
Este tipo de pensamiento es incompatible con la mediocridad. Mientras el hombre mediocre busca resultados inmediatos, el hombre con pensamiento catedral apuesta por procesos largos, profundos y significativos.
Pero ¿desde dónde se forma ese ser humano capaz de pensar a largo plazo?
La familia: cimiento de verdad, igualdad y responsabilidad
El ser humano, en su esencia, es un ser social. Su necesidad de correspondencia lo impulsa a relacionarse, a compartir, a construir con otros. En este contexto, la familia aparece como la primera y más determinante estructura de formación.
Es allí donde emergen tres pilares fundamentales:
- La verdad, entendida no como un discurso vacío, sino como una práctica cotidiana que orienta la vida.
- La igualdad, que trasciende lo jurídico para convertirse en equilibrio emocional, afectivo y material.
- La responsabilidad, que se gesta incluso antes del nacimiento y acompaña al individuo durante toda su existencia.
En una sociedad donde los valores parecen diluirse, la familia se convierte en el espacio donde estos principios pueden aún cultivarse con autenticidad. Sin ellos, no hay posibilidad de superar la mediocridad.
El amor: fuerza creadora y contradictoria
En el centro de esta estructura aparece una fuerza que lo atraviesa todo: el amor.
El amor es generosidad, alegría, tranquilidad y vínculo. Es la expresión más profunda de la conexión humana. Sin embargo, también es una fuerza ambivalente: por amor se han cometido injusticias, pero también se han librado las más grandes luchas y se han alcanzado logros extraordinarios.
En el ámbito familiar, el amor es lo que permite que la verdad, la igualdad y la responsabilidad no sean simples conceptos, sino experiencias vividas. Es lo que da sentido a la convivencia y potencia al individuo para desarrollarse en sociedad.
Amor, arte y trascendencia
El amor no solo estructura la vida social, sino que también es motor de creación. Las grandes obras de la humanidad —desde las de Miguel Ángel hasta Leonardo da Vinci— pueden entenderse como expresiones profundas de una sensibilidad que trasciende lo racional.
Incluso construcciones emblemáticas como la Torre inclinada de Pisa o los monumentos indígenas de Parque Arqueológico de San Agustín reflejan esa capacidad humana de crear más allá de lo inmediato, de dejar huella.
Aquí surge una pregunta inquietante:
¿Es el amor el origen de estas obras o, por el contrario, lo es la carencia de él?
Tal vez ambas cosas. Tal vez la grandeza humana se encuentra precisamente en esa tensión.
Entre la mediocridad y la evolución humana
Existe una paradoja que no deja de ser provocadora: quienes más reflexionan sobre el amor, muchas veces son quienes menos lo han vivido; y quienes lo viven intensamente, rara vez lo analizan.
Esto nos lleva de nuevo a Ingenieros. El hombre mediocre no ama profundamente porque no se compromete; no construye porque no proyecta; no evoluciona porque no cuestiona.
Frente a él, el ser humano que necesitamos hoy es distinto:
- Un ser con pensamiento catedral, capaz de proyectarse en el tiempo.
- Un ser humanista, que entienda al otro como parte esencial de su existencia.
- Un ser comprometido con su familia, su sociedad y su entorno.
- Un ser consciente de su responsabilidad con el medio ambiente y con las generaciones futuras.
Hacia un nuevo humanismo
No se concibe hoy un nuevo ser humano que no esté interesado en evolucionar. Y esa evolución no es solo tecnológica o económica, sino profundamente ética, afectiva y espiritual.
Superar al hombre mediocre implica recuperar el sentido del amor, fortalecer la familia como núcleo formador y adoptar una visión de largo plazo sobre nuestra existencia.
En otras palabras, implica volver a construir catedrales.
Aunque no lleguemos a verlas terminadas.