CUANDO LA TIERRA TIEMBLA, TAMBIÉN TIEMBLA LA MENTE

   LA CONFIANZA, TERREMOTO Y MENTE

El mundo que tenemos no es definitivo y eso nos recuerda una y otra vez que la condición humana consiste en interpretarse a sí mismo y, por esa vía, inventarse. (C. Peña)

Lo ocurrido en Colombia el pasado 10 de agosto de 2026, particularmente en los departamentos del Valle del Cauca, Chocó, Quindío, Caldas y Risaralda, y de manera especial en Pereira, mi ciudad, nos recuerda una verdad difícil de aceptar: existen momentos en los cuales el ser humano no puede luchar contra la naturaleza ni controlar sus consecuencias.

Viviendas destruidas, edificios derrumbados, personas fallecidas, desaparecidas y heridas nos enfrentan de manera abrupta con nuestra propia vulnerabilidad. Sin embargo, cuando no podemos controlar lo que sucede afuera, todavía podemos decidir cómo responder. Podemos reconstruirnos, reinventarnos y, sobre todo, actuar con resiliencia.

Venimos de un trauma provocado por el movimiento de la tierra. El mundo físico pierde estabilidad y, al mismo tiempo, nuestra mente recibe un impacto. Ese impacto rompe una de nuestras certezas fundamentales: la sensación de seguridad.

Es como si desapareciera, por unos instantes, ese piso firme sobre el cual construimos nuestra confianza. Y la confianza que parecía estar instalada dentro de nosotros también se relaciona con nuestra manera de vincularnos con los demás. Por eso, cuando ocurre un desastre natural, no solo se afecta lo material: también se altera la confianza individual, familiar y colectiva.

Después del evento aparece un sistema confuso y, paradójicamente, sobreinformado. Las noticias, las imágenes y los relatos se multiplican mientras el trauma continúa su recorrido. En algunas personas avanza lentamente; en otras, de manera acelerada. La experiencia no termina necesariamente cuando deja de moverse la tierra.

Aquí surge lo que podríamos llamar un terremoto mental: una ruptura de la ilusión de seguridad y de confianza estática. De inmediato aparece la vulnerabilidad. El organismo entra en alerta, la adrenalina aumenta y el cerebro permanece atento ante la posibilidad de un nuevo peligro.

De ahí pueden surgir manifestaciones como ansiedad, dificultades para dormir y una necesidad permanente de conocer qué está ocurriendo. A esto se suma la sobreexposición a noticias, fotografías y videos. Consumir grandes cantidades de información puede mantener activa la sensación de amenaza, como si el peligro todavía no hubiera terminado.

También podemos experimentar lo que se conoce como fatiga por compasión: el desgaste emocional que puede aparecer cuando estamos expuestos de manera continua al sufrimiento de otras personas.

Por eso, después de un desastre, también necesitamos aprender a administrar la información que recibimos. Informarnos es necesario; sobreexponernos, no necesariamente. Filtrar aquello que consumimos puede convertirse en una forma de cuidado personal y colectivo.

Stephen Covey, en El factor confianza, plantea que la confianza no es simplemente una virtud social o “blanda”, sino un factor real que puede medirse y que tiene consecuencias sobre los resultados, los costos y el liderazgo.

Después de un acontecimiento como este, esa idea adquiere una dimensión especial. Cuando la seguridad se rompe, también pueden verse afectadas las relaciones sociales, familiares, económicas y políticas. La incertidumbre nos obliga a mirar nuevamente hacia los demás y a buscar validación, apoyo y compañía.

Necesitamos entonces recuperar el vínculo entre las emociones y las acciones; entre el apoyo humanitario y el apoyo profesional; entre la ayuda individual y la capacidad de una comunidad para reconstruirse.

Para Aristóteles, la confianza (tarsos) es una pasión o estado del alma que se opone al miedo. Consiste en una esperanza razonable de que los peligros están lejos y de que los recursos o las ayudas están cerca.

Pero esa confianza no significa ingenuidad. Requiere prudencia y experiencia. Recuperar la confianza después de un evento natural no significa negar el miedo, sino aprender a convivir con él y regular nuestras respuestas.

Por eso resulta importante aprender a regular el cuerpo mediante una respiración consciente y profunda, reconocer el miedo, la angustia, la tristeza y las demás emociones que aparecen después de una experiencia traumática. Validar lo que sentimos también es una forma de comenzar a reconstruirnos.

Y hay algo más: necesitamos a los otros.

El apoyo de familiares y amigos, de las organizaciones sociales, de los transportadores, de los comerciantes, de los profesionales y de tantas personas que aparecen para ayudar demuestra que la reconstrucción no es solamente material. También debemos reconstruir el tejido social.

Conversar, acompañar, escuchar, compartir tiempo y establecer vínculos con desconocidos y amigos son maneras sencillas, pero profundas, de recuperar aquello que el miedo puede romper.

Tal vez por eso un terremoto no solo nos recuerda que la tierra puede moverse. También nos recuerda que nuestras certezas pueden hacerlo.

Y cuando las certezas se derrumban, aparece una pregunta esencial: ¿sobre qué vamos a reconstruir nuestra confianza?

Quizás la respuesta esté precisamente en aquello que permanece cuando todo parece haber cambiado: la capacidad humana de ayudarnos, de acompañarnos, de aprender, de reinventarnos y de volver a empezar.

Como escribe Mario Benedetti:

“Cuando la tormenta pase y se amansen los caminos y seamos sobrevivientes de un naufragio colectivo.

Con el corazón lloroso y el destino bendecido nos sentiremos dichosos tan sólo por estar vivos.

Y le daremos un abrazo al primer desconocido y alabaremos la suerte de conservar un amigo.

Y entonces recordaremos todo aquello que perdimos y de una vez aprenderemos todo lo que no aprendimos.”

Quizás esa sea, finalmente, una de las formas más profundas de la resiliencia: comprender que después del terremoto también tenemos que reconstruir la mente, la confianza y los vínculos que nos permiten seguir siendo humanos.

 

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