"FILOSOFÍA, PEDAGOGIA E INVESTIGACIÓN"

«LAS DEMOCRACIAS SÍ ESTÁN MURIENDO: UNA REFLEXIÓN DESDE COLOMBIA»

Posted by: Diego Mario Zuluaga O. on: 20 de mayo de 2026

 “Un nuevo estudio nacional titulado “Cuidar la Democracia” revela que el 62% de los colombianos considera que la democracia en el país se está debilitando. (El Colombiano)

Razón tiene Daniel Samper Pizano en su artículo de los Danieles del 22 de marzo de este año, titulado “El Camaján en la taberna”; en el cual hace una crítica a la democracia no solo de Estados Unidos sino también algunas de Latinoamérica.

En efecto la definición de democracia viene siendo tergiversada y acomodada a los intereses de los gobiernos y sus gobernantes, pues cada uno la analiza a su manera, lucha por modificar la constitución para nuevas reelecciones o ampliar los años de gobierno, o para obtener más poderes desarrollando con el ello un populismo distorsionado, incomprendido y como si fuera poco usado para mover las masas por una falsa democracia.

Los politólogos Steven Levitsky y Daniel Ziblatt publicaron un tratado ya clásico de ciencia política: “Cómo mueren las democracias”. En él suman a las amonestaciones de Madeleine Albright, exsecretaria de Estado de EE. UU, su profecía sobre la destrucción de tradicionales normas de convivencia democrática y presagian que el sistema de igualdad y libertades enfrentará potentes enemigos (D. Samper P.), se augura una separación de poderes, la intolerancia entre los adversarios políticos y en consecuencia se genera un abuso del poder y aumento del totalitarismo y se resquebrajan las reglas de gobierno. Nada más cercano a la realidad colombiana y otros países americanos, en donde los computadores y sus redes sociales revelan hechos y fenómenos sociales nunca vistos, usados para ataques personales, como también para fomentar la desinformación auspiciando el debilitamiento democrático; además permitiendo que los algoritmos radicalicen y manipulen la opinión pública; enfrentamientos entre fuerzas del Estado Y el pueblo, guerras internas o cazando guerras externas con otras naciones. Es decir, una itinerancia rampante hacia una antidemocracia histórica y moderna.

De otro lado para comprender o mejor identificar los líderes autoritarios se debe mencionar los cuatros indicadores utilizados por los politólogos antes mencionados: Hay un rechazo de las reglas democráticas, esto es, no importan las instituciones sino como se gobierna; se presenta además una negación de la legitimidad de los oponentes, se va en contra de la estructura y sus andamiajes forzando a los oponentes a pronunciamientos en favor n en contra; y que decir de la tolerancia a la violencia como arma para gobernar, dejando o dotando a los grupos delincuenciales de armas constitucionales, o acercándolos a los gobiernos y a su cargos, un desconocimiento total de la libertad; y como si fuera poco una disposición a restringir libertades civiles, esto es, atacando a los medios de comunicación, leyes o decretos en contra del derecho a la expresión y publicación o lo tan de moda, atacar las encuestas, sus resultados y las empresas que las hacen. Ello genera es un desgobierno totalitario en contra de la verdadera democracia inspirada en los viejos clásicos.

Se genera entonces un vínculo entre sociedad, gobierno, gobernantes y políticos que se construye a través del tiempo, esto es, desde el nacimiento de la democracia y que en la actualidad nos sentimos defraudados, pues lo deseado va en contra vía de lo propuesto por un lado y lo que se cumple por el otro. Queda entonces ese absolutismo relativo (postura teórica en la que ciertos principios o verdades se consideran absolutos o válidos dentro de un contexto) que con sus características se apartan de la pseudodemocracia; es decir, se pretende dirigir a una nación con un fin, utilizando herramientas sociales no convencionales o mejor desdibujadas de la verdad con intereses particulares, pero siempre en contra de lo que necesita la sociedad.

Como no hablar de cómo mueren las democracias si nos enfrentamos a un sistema “autoritario competitivo” o tal vez uno “populista autoritario”, y esto es el mayor asalto a las instituciones no solo en Latinoamérica sino en muchas otras partes del mundo, donde la democracia se tambalea al vaivén de unos pocos, a veces los políticos, otras los militares y sus dictaduras, quienes representan la decadencia de los sistemas derechistas o izquierdistas, otros dicen que existe el centralista pero es un sofisma de distracción al negociar con los democráticos y antidemocráticos.

Hemos hablado de Latinoamérica, y aquí se tienen casos específicos que vale la pena nombrar: Colombia no es ni la primera ni la última que ha sufrido esa tendencia de la muerte de la democracia ni tampoco va a ser la última, nótese como en los últimos 50 años se ha aprovechado y desdibujado la democracia; sin embargo cabe mencionar lo presentado en Venezuela (Maduro), El Salvador (Bukele), Nicaragua (Ortega) o Bolivia y otras naciones, en donde no se ha podido dar concreción y credibilidad al valor democrático.

Todo lo anterior nos lleva a que se hagan las siguientes conclusiones: Los datos confirman lo que la intuición ya advertía. En 2025, Colombia registró su peor desempeño histórico en el Índice de Democracia de la Economist Intelligence Unit, cayó 13 posiciones en el ranking global, pasó de ser clasificada como «democracia imperfecta» a «régimen híbrido» y obtuvo su puntuación más baja desde que el índice comenzó a medirse en 2006. No es un dato menor: es el espejo más incómodo que podría mirarse un país que lleva décadas creyendo que su democracia, por imperfecta que fuera, tenía al menos pulso. (Revista Semana 21-04-2026)

Un estudio nacional titulado «Cuidar la Democracia», elaborado por catorce universidades colombianas con base en 1.700 encuestas en 81 municipios, reveló que el 62% de los colombianos considera que la democracia en el país se está debilitando. Y sin embargo —y aquí aparece la paradoja más esperanzadora— el 92% de esos mismos ciudadanos cree que votar hace la diferencia y que las elecciones tienen el poder de transformar la realidad del país. Es decir: el pueblo desconfía del sistema, pero aún no ha renunciado a él. Ese margen es el que hay que defender. (El Colombiano. Mayo 20/2026)

Porque las democracias no mueren de un solo golpe. Mueren de indiferencia acumulada, de polarización que normaliza el odio, de líderes que aprenden a usar las reglas del juego para destruir el juego mismo. La gran ironía que señalan Levitsky y Ziblatt es que las democracias con frecuencia mueren usando como pretexto la defensa de la misma democracia. Y esa ironía resuena con fuerza en Colombia, en Venezuela, en Nicaragua, en El Salvador, y hoy también —con todas las diferencias del caso— en los Estados Unidos de Donald Trump. (Foreing Affairs Latinoamérica. 07/04/2019)

En Colombia, la frontera entre el debate ideológico y el antagonismo violento se ha desdibujado: las expresiones radicales, la desinformación y la deslegitimación del adversario han erosionado la posibilidad del disenso respetuoso. Esa es exactamente la antesala que describen los politólogos de Harvard antes de que una democracia deje de serlo. (Observatorio Político de las Américas 04/07/2025)

La pregunta que queda no es si las democracias pueden morir —ya sabemos que sí. La pregunta es si estamos dispuestos a hacer algo antes de que sea demasiado tarde. La democracia no es un regalo heredado que se conserva solo: es una práctica cotidiana que se ejerce, se defiende y se exige. Y esa responsabilidad no recae únicamente en los gobernantes —que con frecuencia son precisamente el problema— sino en cada ciudadano que vota, que opina, que se informa con rigor y que se niega a normalizar lo inaceptable.

¿Y usted qué piensa? ¿Siente que la democracia en su país o en la región aún tiene remedio? ¿O ya cruzamos el umbral del que hablan Levitsky y Ziblatt? Los invito a compartir su reflexión en los comentarios.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Archivos

Categorías

Archivos

Categorías