"FILOSOFÍA, PEDAGOGIA E INVESTIGACIÓN"

¿POR QUÉ EL COMUNISMO YA NO OPERA EN COLOMBIA? UNA REFLEXIÓN SOBRE LA PARADOJA POLÍTICA ACTUAL

Posted by: Diego Mario Zuluaga O. on: 8 de junio de 2026

            “Es importante resaltar que el anticomunismo no se circunscribe únicamente a una época determinada, sino que ha prevalecido a lo largo de los años, perpetuándose como una herramienta política para minar la influencia y el poder de las fuerzas comunistas, socialistas y otras organizaciones y grupos de izquierda (Alvaro Tarazona UIS)”

Introducción

La historia política de Colombia ha estado marcada por profundas confrontaciones ideológicas. Durante décadas, el debate nacional giró alrededor de conceptos como capitalismo, socialismo, comunismo, libre mercado, justicia social y democracia representativa. Sin embargo, en pleno siglo XXI surge una pregunta que merece ser analizada con serenidad: ¿realmente existe hoy un proyecto comunista en Colombia o estamos ante nuevas formas de interpretación política que utilizan viejas categorías ideológicas?

La llegada de gobiernos de orientación progresista ha generado inquietudes en amplios sectores de la sociedad. Para algunos, las propuestas de transformación social impulsadas por el presidente Gustavo Petro representan una transición hacia modelos inspirados en la izquierda latinoamericana. Para otros, constituyen simplemente una corrección de las desigualdades históricas producidas por un sistema económico concentrador de riqueza.

Más allá de las simpatías o rechazos que pueda generar uno u otro sector, lo cierto es que Colombia vive una paradoja democrática en la que dos fuerzas parecen enfrentarse permanentemente: una izquierda que busca ampliar su influencia política y una derecha que intenta conservar los espacios de poder construidos durante décadas.

El comunismo como sistema político: una experiencia agotada

La caída del Muro de Berlín en 1989 y la posterior desaparición de la Unión Soviética marcaron el inicio de una nueva etapa histórica. Muchos analistas interpretaron estos acontecimientos como el fracaso de los modelos comunistas centralizados que habían dominado buena parte del siglo XX.

Los sistemas basados en la planificación absoluta de la economía demostraron limitaciones para generar innovación, competitividad y bienestar sostenido. Incluso países que aún se definen socialistas han incorporado mecanismos de mercado para garantizar crecimiento económico.

Por esta razón, hablar hoy de comunismo en los términos clásicos de Karl Marx o Lenin resulta problemático. El mundo contemporáneo funciona bajo esquemas híbridos donde el Estado interviene en determinados sectores mientras la iniciativa privada continúa desempeñando un papel fundamental en la producción de riqueza.

En consecuencia, más que una confrontación entre capitalismo y comunismo, el debate actual parece desarrollarse entre diferentes formas de entender el papel del Estado en la economía y la distribución de los recursos.

El surgimiento de un nuevo progresismo

Las propuestas impulsadas por sectores de izquierda en América Latina no suelen plantear la abolición de la propiedad privada ni la eliminación del mercado. Su discurso se concentra principalmente en la redistribución de oportunidades, la ampliación de derechos sociales y una mayor intervención estatal en áreas consideradas estratégicas.

Desde esta perspectiva, el proyecto político representado por Gustavo Petro puede interpretarse como una apuesta por fortalecer la presencia del Estado en asuntos como educación, salud, transición energética y reducción de la desigualdad.

Sus críticos consideran que estas políticas pueden conducir a un crecimiento excesivo del aparato estatal y a una disminución de la confianza inversionista. Sus defensores argumentan que son necesarias para corregir desequilibrios históricos que han impedido la construcción de una sociedad más equitativa.

La discusión, por tanto, no gira alrededor de la instauración de un régimen comunista tradicional, sino sobre los límites y alcances que debe tener la intervención estatal dentro de una democracia moderna.

La derecha acomodada y la izquierda militante

Uno de los fenómenos más visibles en la actualidad es la creciente polarización política. La izquierda acusa a los sectores tradicionales de haber concentrado privilegios económicos y políticos durante décadas. La derecha, por su parte, sostiene que las propuestas progresistas ponen en riesgo la estabilidad institucional y económica del país.

Esta confrontación ha producido una especie de inmovilismo nacional. Mientras unos luchan por conquistar espacios de poder, otros dedican gran parte de sus esfuerzos a impedir que dichos espacios cambien de manos.

El resultado es una democracia atrapada entre dos narrativas excluyentes que con frecuencia reducen la complejidad de los problemas nacionales a simples consignas ideológicas.

La consecuencia más preocupante es que los ciudadanos terminan convirtiéndose en espectadores de una disputa permanente donde las soluciones concretas a problemas como la pobreza, la inseguridad, la corrupción o la falta de oportunidades pasan a un segundo plano.

La paradoja democrática colombiana

La democracia supone alternancia en el poder, debate de ideas y construcción de consensos. Sin embargo, cuando los actores políticos perciben al adversario como una amenaza existencial, el diálogo se vuelve imposible.

Colombia parece encontrarse precisamente en ese escenario. Un sector teme que el país avance hacia modelos estatistas que limiten las libertades económicas. Otro considera que mantener las estructuras tradicionales perpetuará la desigualdad y la exclusión social.

La paradoja consiste en que ambos grupos afirman defender la democracia mientras desconfían profundamente de las decisiones que puedan favorecer a sus contradictores.

Esta situación genera incertidumbre sobre el rumbo futuro de la nación. No porque exista una amenaza comunista en los términos históricos del concepto, sino porque la polarización impide la construcción de proyectos nacionales compartidos.

Elegir entre dos visiones de futuro

Ante una eventual segunda vuelta presidencial entre Iván Cepeda Castro y Abelardo de la Espriella, Colombia se encontraría frente a dos visiones profundamente distintas de país. Cepeda representaría para muchos la continuidad de una agenda progresista orientada hacia la ampliación de derechos sociales, una mayor intervención del Estado y la profundización de reformas estructurales; para sus seguidores, ello significaría avanzar hacia una sociedad más equitativa e incluyente. De la Espriella, por su parte, encarnaría una propuesta de orden, fortalecimiento de la seguridad, defensa de la iniciativa privada y recuperación de la confianza empresarial; para sus partidarios, estas serían las bases necesarias para garantizar crecimiento económico y estabilidad institucional. La verdadera pregunta no es cuál candidato le conviene más a Colombia en términos absolutos, sino qué modelo de desarrollo desean los colombianos: uno que privilegie la transformación social impulsada desde el Estado o uno que confíe principalmente en la libertad económica, la seguridad y el fortalecimiento de las instituciones tradicionales. El futuro del país dependerá menos de los nombres y más de la capacidad de quien resulte elegido para construir consensos en una nación profundamente polarizada.

Más que candidatos: tres visiones sobre el futuro de Colombia

El debate político colombiano no puede entenderse únicamente desde la disputa electoral entre nombres propios. Detrás de cada candidatura existe una concepción distinta del Estado, de la economía y del papel que debe desempeñar el ciudadano dentro de la sociedad.

El proyecto político impulsado por Gustavo Petro se fundamenta en una visión progresista que considera insuficiente el modelo económico tradicional para resolver los problemas estructurales de desigualdad, exclusión social y concentración de la riqueza. Desde esta perspectiva, el Estado debe asumir un papel más activo en la redistribución de oportunidades, la regulación económica y la garantía efectiva de derechos sociales. No se trata de la implantación de un comunismo clásico, sino de una reinterpretación contemporánea de la izquierda democrática que busca transformar las relaciones de poder existentes.

Iván Cepeda comparte buena parte de esa visión humanista y reformadora. Sin embargo, su discurso suele estar más orientado hacia la profundización de los derechos humanos, la memoria histórica, la justicia social y la consolidación de los acuerdos de paz como elementos fundamentales para construir una sociedad más incluyente. Aunque sus diferencias de estilo y énfasis son evidentes, ambos convergen en la idea de que Colombia requiere cambios estructurales que modifiquen las bases sobre las cuales se ha organizado el poder político y económico durante las últimas décadas.

En la otra orilla aparece Abelardo de la Espriella, cuya propuesta encuentra sustento en una visión más cercana al fortalecimiento de la autoridad institucional, la seguridad jurídica, el crecimiento económico basado en la iniciativa privada y la defensa de los valores tradicionales de la democracia liberal. Sus partidarios consideran que las transformaciones profundas propuestas por la izquierda pueden generar incertidumbre económica y fragmentación institucional, por lo que defienden un modelo de reformas graduales ajustadas a las realidades históricas y culturales del país.

La verdadera discusión, entonces, no es entre progreso y atraso, ni entre cambio y permanencia. La discusión gira alrededor de una pregunta mucho más profunda: ¿debe Colombia transformarse desde una mayor intervención del Estado para corregir las desigualdades históricas o debe fortalecer las instituciones existentes para garantizar estabilidad, crecimiento y seguridad? En esa tensión se encuentra el núcleo del debate político contemporáneo y, probablemente, el destino de la democracia colombiana durante las próximas décadas.

Conclusión

El comunismo, entendido como sistema clásico de organización política y económica, dejó de ser una alternativa dominante en gran parte del mundo. Colombia no parece dirigirse hacia ese modelo. Lo que realmente enfrenta el país es una disputa entre distintas visiones sobre cómo debe distribuirse el poder político, económico y social.

La verdadera discusión no debería centrarse en etiquetas ideológicas heredadas del siglo XX, sino en la capacidad de construir instituciones fuertes, transparentes y capaces de responder a las necesidades de la ciudadanía.

Mientras la izquierda continúe viendo a la derecha como el origen de todos los males y la derecha considere a la izquierda una amenaza permanente, la democracia colombiana seguirá atrapada en una confrontación que beneficia más a los dirigentes políticos que a los ciudadanos.

Quizá el gran desafío de nuestro tiempo no sea elegir entre capitalismo o socialismo, sino encontrar un equilibrio que permita combinar crecimiento económico, justicia social y libertad política en beneficio de todos los colombianos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Archivos

Categorías

Archivos

Categorías