«EN DEFENSA DE LA LUCIDEZ»

“La moral del trabajo es la moral de los ‘esclavos’, y el mundo moderno no tiene necesidad de esclavitud.” (B. Russell)

Nos encontramos en este plano universal sobreviviendo a la tragedia, desconociendo ese rasgo común de la existencia de las víctimas; recordando a Pasolini “en construir una identidad capaz de advertir una comunidad de destino, en la que se pueda fracasar y volver a empezar sin que el valor y la dignidad se vean afectados.”

 

Estamos en una tribu ampliada que nos permite aprender y enseñar en un continuo donde somos protagonistas y usuarios de la generación del conocimiento colectivo (Furman), de ahí que la construcción de una nueva cosmogonía es imperante, frente a ese cambio climático desde lo político y lo social, desde la economía y los índices de precio al consumidor que empobrecen cada día más al usuario social, nos convertimos en navegantes del internet y su mundo digital y pese a descubrir charlas inspiradoras no entendemos la esencia de fluir hacia referentes globales en el cual se comparta desde la palabra hasta los dilemas y descubrimientos que permitan desarrollar las habilidades individuales y colectivas.

 

Sin embargo, vamos por la vida diciendo que estamos vigentes, que somos y nos sentimos jóvenes actualizados y con nuevos bríos para emprender cualquier actividad cotidiana, pero ello es un sofisma de distracción dentro de ese juego que de comunidad nada tiene. Ese protagonismo existencial de ese conocimiento colectivo no ha permitido aprender la verdadera lucidez del ser humano y su complemento con la energía universal; el cultivo de la curiosidad la hemos dejado a manos de otros que inclusive eligen y votan por uno, y hasta qué comer y cómo vestir, es decir, entregamos nuestra propia existencia por ausencia de la luminosidad natural del individuo y esa autonomía clave para flexibilizar los procesos, olvidamos nuestras habilidades fundamentales que nos da la capacidad de organizar las ideas, nuestro tiempo, determinar las rutinas de trabajo y planificar el cómo abordar las nuevas tareas.

 

Esa lucidez del potencial que da rienda suelta a la autogestión, esto es, ese proceso que identifica lo esencial del hombre, sus valores y principios éticos, determinar su progreso tanto profesional como individual, ha dejado de estar dentro de ese emprendimiento natural del ser humano, va en un viaje de ida y no retorno en donde el huracán social lo aleja cada vez más de la terrenalidad, en esa edad en donde se intenta todo y se prueba todo, de la permanencia en sitios e ideologías inadecuadas que muestran con claridad que ese hilo conductor de la vivencia humana está siendo permeado por el ensayo apoteósico de la historia humana.

 

Una defensa de la lucidez (L. Cacho) que se ha visto afectada por la prosa de la música sin sentido, del cadáver de la ignorancia y en donde la letra de las canciones muestra la falta de coherencia entre la realidad social y lo que se pretende cantar, datos tomados de la mala literatura que se brinda pues hay más malos escritores que buenos (F. Ossa) y en donde las novedades sencillas y de fácil digestión se convierten en esa munición pedagógica que doblega el pensar y en el que sale triunfador ese forcejeo intelectual, que derrama los últimos argumentos de una discusión bizantina entre la realidad y el efecto de comprender la nueva lucidez que nos depara el siglo XXI y el desarrollo del conocimiento.

 

Para mejor la experiencia del ser social hay que invertir en esfuerzo y tiempo, suficiente para que nos deje preguntarnos ¿dónde están los que se han despedido o se han marchado?

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