EL DERECHO A LA FELICIDAD DEL SER HUMANO COMO OBJETO DE EDUCACION

   “El mayor error educativo ha sido decirles a los jóvenes que solo importa la felicidad y que lograrla es muy fácil” (José Antonio Marina, filósofo)

La pregunta inicial de este artículo es si ¿el individuo está programado para tolerar la frustración de no ser feliz o no haber sido preparado para ello? Cuál es entonces ese modelo pedagógico social que el hombre ha adquirido desde lo familiar hasta la escuela, desde lo social a lo laboral o en últimas qué ha construido a través de los años para la sostenibilidad de eso que a veces se hace inalcanzable a pesar de los esfuerzos que se hacen: la felicidad.

Se considera la felicidad como un derecho inalienable del ser humano o es un sofisma de distracción para hacer que este siempre esté en búsqueda de aquello que le permite calmar sus deseos o necesidades afectivas. Esto hace parte de esa reflexión citada por José Antonio Marina en su libro “La vacuna contra las adicciones” y nos recuerda que hay aspectos fundamentales de la condición humana buscando siempre la felicidad pero que a veces esto lleva a dependencias hacia sustancias o conductas, culpando de ello al sistema educativo, los mensajes que reciben las nuevas generaciones, las relaciones familiares y sociales y al desconocimiento de las normas éticas y morales.

El ser humano se derrumba con facilidad frente a dificultades y en vez de enfrentarlos recurren a otros mecanismos que dan alivio inmediato, (ver lo patético de las drogas e incluso del alcohol y otras adicciones); en la era actual el uso constante de dispositivos tecnológicos suple precisamente esos estados emocionales y se han convertido en los paliativos sicológicos para evitar el derrumbamiento del individuo, haciendo que el concepto de felicidad se haya desdibujado su concepto original.

A veces no resulta sencillo comprender que la felicidad sea el único objetivo o de cómo transmitimos estos a los demás, cuando entra en conflicto con la realidad ya que las personas deben aprender a afrontar precisamente esas frustraciones, problemas de ansiedad y otras adversidades, pero entonces dónde queda esa paciencia que es inherente en el hombre para no competir con lo contradictorio en que muchas veces se convierte la supervivencia.

“Una de las consecuencias evolutivas de nuestro cerebro es que es perezoso y, si ve resuelto el problema, pues no se esfuerza” (Ricardo Moya) y en efecto esto ocurre con el hombre, siempre está en búsqueda de la felicidad y cuando no la encuentra termina sumido en ese estado de conflicto que lo aleja de la realidad prefiriendo las recompensas rápidas e inmediatas. Pero también la influencia de la tecnología digital con sus redes sociales resuelve esos problemas de felicidad, reduciendo el esfuerzo cognitivo y social y en últimas el esfuerzo intelectual, ya que estas captan principalmente la atención involuntaria relegando al pensamiento o al cerebro a busca de manera consciente ese complemento.

Victoria Camps catedrática de filosofía manifestaba que «Buscamos la píldora de la felicidad, pero no existe. La ‘vida buena’ que decía Aristóteles es un esfuerzo constante durante toda la vida», de ahí que tenemos una inteligencia orientada a resolver problemas, pero olvida esa habilidad que le permite responder con criterio, resiliencia y capacidad de análisis a esa falsa felicidad como i trampa cognitiva, pues  ¿Seríamos más felices si nos quisieran más?, ¿Seríamos más felices si fuéramos más auténticos?, ¿Seríamos más felices con menos dinero y más tiempo?, ¿Seríamos más felices con mayor estabilidad?  o quizá, como suele suceder en la filosofía, la respuesta sea mucho más compleja de lo que imaginamos.

Como se expresa al inicio el derecho a la felicidad y la educación se entrelazan para configurar el bienestar humano como objetivo central del cómo aprender a gestionar la felicidad y considerarla el objeto de educación de allí que debe existir una mejora en el aprendizaje para que la motivación interior sea ese puente de atención y relación social; el desarrollo emocional va de la mano con ese enfoque de bienestar que enfrenta los retos y situaciones cotidianas; se crea un vínculo o conexión con el entorno cuando la realidad y los deseos van dirigidos hacia el mismo objetivo; o cuando creamos ambientes donde se experimente la paz, la aceptación y la alegría como fundamento de vida.

Termino diciendo que: “Los filósofos no podemos quejarnos porque no estamos defendiendo bien la importancia de las humanidades; tenemos que retomar el discurso antes de culpar a los demás”.

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