“Me apoyo en hombros de gigantes para que la idea se mejore y la ciencia siga avanzando. ¿En qué hombros nos apoyamos? ¿Son realmente gigantes o espejismos?” (Roberto Merton)
INTRODUCCIÓN
La denominada era de la posverdad se caracteriza por un contexto en el que los hechos verificables tienden a perder influencia frente a las emociones, las creencias personales y los discursos que confirman las posiciones previamente asumidas. Oxford Dictionaries definió la posverdad como aquella circunstancia en la que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a las convicciones personales. En este escenario, la pregunta por la humildad intelectual adquiere especial relevancia, puesto que la circulación acelerada de información no garantiza, por sí misma, una mejor comprensión de la realidad.
La expresión “estar sobre los hombros de gigantes”, asociada habitualmente con Isaac Newton y estudiada por Robert K. Merton, simboliza que el conocimiento científico avanza gracias a las contribuciones de quienes nos precedieron. Sin embargo, en el presente resulta necesario preguntarse si las autoridades intelectuales en las que depositamos nuestra confianza son realmente fuentes sólidas o si, por el contrario, constituyen espejismos creados por la popularidad, la repetición o la influencia mediática. Esta pregunta conduce al problema central de este ensayo: ¿puede existir la humildad intelectual en una época marcada por la posmodernidad, la fragmentación de los discursos y la expansión de la posverdad?
La tesis que se sostiene es que la humildad intelectual no ha desaparecido, pero se encuentra sometida a fuertes tensiones culturales, políticas y tecnológicas. Su existencia depende de la capacidad de reconocer la falibilidad de las propias creencias, valorar la evidencia contraria, escuchar a los demás y revisar los juicios cuando aparecen mejores razones o nuevos datos.
POSVERDAD Y CRISIS DEL CONOCIMIENTO
El concepto de posverdad no surgió con las redes sociales. En 1992, el dramaturgo y ensayista Steve Tesich empleó la expresión post-truth (posverdad) para describir una relación problemática entre la sociedad, la política y la verdad. Su planteamiento advertía que una comunidad podía llegar a aceptar un mundo en el que la verdad perdiera su fuerza orientadora. La importancia contemporánea de esta advertencia radica en que la desinformación y la manipulación ya no dependen exclusivamente de los gobiernos o de los medios tradicionales, sino también de redes digitales, algoritmos y comunidades virtuales.
En este contexto, la dificultad no consiste únicamente en distinguir entre la verdad y la mentira. También es necesario diferenciar entre información y conocimiento, entre opinión y argumento, y entre una convicción razonable y una certeza dogmática. La abundancia de contenidos puede producir la ilusión de comprensión: quien recibe numerosos mensajes sobre un asunto puede creer que lo conoce profundamente, aunque no haya examinado sus fuentes ni haya contrastado sus evidencias.
La posverdad favorece, además, la sustitución del argumento por la identificación emocional. Una afirmación puede ser aceptada no porque esté suficientemente fundamentada, sino porque coincide con la identidad política, religiosa o cultural de quien la recibe. De este modo, el desacuerdo deja de ser una oportunidad de deliberación y se transforma en una amenaza contra el propio grupo de pertenencia. La humildad intelectual representa, ante esta situación, una disposición crítica capaz de contener la tendencia a convertir las preferencias personales en verdades absolutas.
LA HUMILDAD INTELECTUAL COMO VIRTUD EPISTÉMICA
La humildad intelectual puede entenderse como el reconocimiento de que las propias creencias pueden ser erróneas y de que existen límites en la información disponible, en la capacidad de razonamiento y en la interpretación de la evidencia. Leary et al. (2017) la definieron como el grado en que las personas reconocen que sus creencias podrían estar equivocadas. Sus investigaciones relacionaron esta disposición con la apertura, la curiosidad, la tolerancia a la ambigüedad y un menor dogmatismo.
Esta definición permite distinguir la humildad intelectual de la inseguridad o de la ausencia de convicciones. Una persona intelectualmente humilde no carece necesariamente de opiniones firmes; más bien, sostiene sus creencias de manera revisable. Puede defender una posición con argumentos y, al mismo tiempo, admitir que la evidencia disponible es limitada o que una nueva razón podría conducirla a modificar su juicio.
La humildad intelectual es, por tanto, una virtud epistémica. No se refiere solamente a una actitud moral de modestia, sino a una práctica relacionada con la manera en que se produce, evalúa y comparte el conocimiento. Implica preguntarse por las razones de una creencia, identificar sus fundamentos, reconocer los posibles sesgos y conceder valor a los argumentos de quienes sostienen una posición diferente.
SÓCRATES, PLATÓN Y KANT
La tradición filosófica ofrece importantes antecedentes para pensar la humildad intelectual. La figura de Sócrates representa la conciencia de la propia ignorancia como punto de partida de la investigación. La conocida expresión “solo sé que no sé nada” no debe entenderse como una negación absoluta del conocimiento, sino como una crítica a quienes creen saber aquello que en realidad desconocen.
En la Apología, Platón presenta a Sócrates como alguien que reconoce una diferencia fundamental entre saber y creer que se sabe. La superioridad socrática no consiste en poseer un conocimiento total, sino en no confundir la opinión con el saber. En ese sentido, la humildad intelectual nace de una actitud reflexiva: el sujeto examina sus propias convicciones antes de imponerlas a los demás.
Kant también contribuye a esta discusión mediante la distinción entre fenómeno y noúmeno. Según su planteamiento, el conocimiento humano se refiere a los objetos tal como aparecen bajo las condiciones de nuestra experiencia, mientras que la cosa en sí no puede ser conocida directamente por nosotros. Esta distinción no implica renunciar al conocimiento, sino reconocer sus condiciones y límites. La razón humana puede alcanzar conocimientos válidos, pero no puede pretender abarcar la totalidad de lo real desde una perspectiva absoluta.
Desde esta perspectiva, tanto Sócrates como Kant cuestionan la arrogancia intelectual. El primero muestra que la conciencia de la ignorancia es indispensable para investigar; el segundo recuerda que todo conocimiento humano está condicionado por las estructuras mediante las cuales comprendemos la experiencia. Ambos planteamientos ofrecen herramientas para enfrentar la pretensión contemporánea de disponer de respuestas inmediatas y definitivas para todos los problemas.
RELIGIÓN Y RESPONSABILIDAD MORAL
La humildad también ocupa un lugar importante en las tradiciones religiosas, entre ellas el cristianismo. En las enseñanzas atribuidas a Jesús, la humildad aparece vinculada con el servicio, la escucha y la verdadera grandeza. En términos éticos, esta perspectiva cuestiona la búsqueda de superioridad basada en el poder, el prestigio o la posesión de la verdad.
En un contexto pluralista, el valor de esta referencia no depende de imponer una doctrina religiosa como argumento universal. Puede interpretarse como una tradición moral que invita a moderar el ego, reconocer la dignidad del otro y comprender que el conocimiento debe estar acompañado por responsabilidad. La humildad intelectual exige, en este sentido, que el saber no se convierta en instrumento de desprecio o dominación.
El conocimiento sin responsabilidad puede fortalecer la arrogancia. Una persona puede poseer información especializada y, sin embargo, utilizarla para descalificar a quienes no comparten su formación. Por ello, la humildad intelectual no equivale a disminuir el valor del conocimiento, sino a comprender que saber más sobre un asunto no autoriza a desconocer la complejidad del mundo ni la dignidad de los interlocutores.
ARROGANCIA Y COBARDÍA INTELECTUAL
La arrogancia intelectual aparece cuando una persona considera que posee la verdad completa, desprecia las ideas ajenas y rechaza cualquier evidencia que amenace sus convicciones. En la esfera pública, puede manifestarse mediante la descalificación personal, la polarización política o la defensa incondicional de una posición grupal. En el ámbito académico, puede expresarse como resistencia a la crítica, apropiación indebida de ideas o rechazo de resultados que contradicen una hipótesis previa.
Existe también una forma diferente de fracaso intelectual: la cobardía. Esta consiste en evitar el examen crítico de las propias creencias por temor a equivocarse, perder reconocimiento o entrar en conflicto con el grupo de pertenencia. Mientras la arrogancia afirma demasiado, la cobardía renuncia a formular juicios razonados. La humildad intelectual se sitúa entre ambos extremos: evita la certeza dogmática sin caer en el relativismo absoluto.
Ser humilde intelectualmente no significa aceptar todas las opiniones como igualmente válidas. Una afirmación debe continuar siendo evaluada mediante argumentos, pruebas y criterios de coherencia. La humildad consiste en estar dispuesto a revisar el juicio, no en abandonar la exigencia de justificarlo. De ahí que el pensamiento crítico y la humildad intelectual se necesiten mutuamente.
HUMILDAD INTELECTUAL EN LA ERA DIGITAL
Las tecnologías digitales han ampliado las posibilidades de acceso al conocimiento, pero también han intensificado algunos obstáculos para la reflexión. La circulación de información ocurre con rapidez y, en muchas ocasiones, los contenidos se seleccionan de acuerdo con las preferencias anteriores de cada usuario. Esto puede favorecer la formación de cámaras de eco, en las que las personas reciben principalmente mensajes que confirman sus opiniones.
La asistencia de herramientas digitales y sistemas de inteligencia artificial puede contribuir a organizar información, comparar perspectivas y detectar inconsistencias. Sin embargo, estas herramientas no sustituyen el juicio humano. Una respuesta automática puede ser persuasiva y estar equivocada; por ello, el usuario debe comprobar las fuentes, evaluar la calidad de los argumentos y reconocer los límites del sistema que emplea.
La humildad intelectual resulta especialmente necesaria frente a la autoridad aparente de la tecnología. El hecho de que una información aparezca en una plataforma, sea repetida por muchas personas o haya sido producida por una herramienta avanzada no demuestra automáticamente su verdad. La responsabilidad epistémica continúa correspondiendo a quien interpreta, utiliza y comunica esa información.
PRÁCTICAS PARA CULTIVARLA
La humildad intelectual puede cultivarse mediante hábitos concretos de reflexión y diálogo. No basta con declararse abierto a la crítica; es necesario desarrollar procedimientos que permitan revisar las propias posiciones.
Entre esas prácticas pueden destacarse las siguientes:
- Preguntar por las razones y evidencias que sustentan una creencia.
- Diferenciar los hechos comprobables de las interpretaciones y opiniones.
- Consultar fuentes diversas y evaluar su autoridad, actualidad y consistencia.
- Exponer la propia posición de manera que pueda ser revisada.
- Escuchar los argumentos contrarios sin reducirlos a caricaturas.
- Reconocer públicamente los errores cuando la evidencia lo exige.
- Evitar confundir la modificación de una opinión con una señal de debilidad.
- Practicar el autodistanciamiento, es decir, observar las propias creencias como objetos de examen.
- Utilizar la inteligencia artificial y otras herramientas digitales como apoyos, no como sustitutos del juicio crítico.
Estas prácticas son importantes en la educación, la investigación y la deliberación democrática. La revisión por pares, por ejemplo, institucionaliza la posibilidad de que una investigación sea cuestionada y mejorada por otros especialistas. Del mismo modo, una educación crítica debe enseñar no solo contenidos, sino también criterios para evaluar fuentes, reconocer sesgos y aceptar la incertidumbre.
CONCLUSIÓN
La humildad intelectual existe en la contemporaneidad, aunque no como una condición permanente ni como una característica que pueda atribuirse de manera absoluta a una persona. Se manifiesta en la disposición a reconocer los límites del conocimiento, revisar las propias creencias y conceder valor a los argumentos mejor fundamentados. Las investigaciones psicológicas la relacionan con la apertura, la curiosidad, la tolerancia a la ambigüedad y una menor tendencia al dogmatismo.
La posmodernidad y la posverdad no eliminan la posibilidad de la humildad intelectual, pero crean condiciones que la dificultan. La polarización, la velocidad de circulación de los mensajes, la autoridad aparente de las plataformas y la identificación emocional con determinadas comunidades pueden convertir las convicciones en certezas impermeables a la crítica. Por ello, la humildad no debe entenderse únicamente como una virtud individual, sino también como una práctica social e institucional.
Aceptar que podemos equivocarnos no significa renunciar a la verdad. Significa reconocer que la búsqueda de la verdad exige diálogo, contraste de perspectivas, revisión de evidencias y disposición para corregir el error. En este sentido, la humildad intelectual permite que los “hombros de gigantes” sigan siendo apoyos reales para el conocimiento, y no simples espejismos producidos por la fama, la repetición o la autoridad incuestionada.
¿Te has parado a reflexionar sobre tus creencias y opiniones, pensando en por qué y cómo llegaste a tener cierta convicción, incluso cuestionándote si podrías estar equivocado? (Tyrone Sgambati)
REFERENCIAS
Leary, M. R. (2018). The psychology of intellectual humility. John Templeton Foundation. https://www.templeton.org/wp-content/uploads/2018/11/Intellectual-Humility-Leary-FullLength-Final.pdf
Leary, M. R., Diebels, K. J., Davisson, E. K., Jongman-Sereno, K. P., Isherwood, J. C., Raimi, K. T., Deffler, S. A., & Hoyle, R. H. (2017). Cognitive and interpersonal features of intellectual humility. Personality and Social Psychology Bulletin, 43(6), 793–813. https://doi.org/10.1177/0146167217697695
Merton, R. K. (1965). On the shoulders of giants: A Shandean postscript. Harcourt, Brace & World.
Plato. (1997). Complete works (J. M. Cooper & D. S. Hutchinson, Eds.). Hackett Publishing. (Trabajo original publicado ca. 399 a. C.)
Tesich, S. (1992). A government of lies. The Nation. https://archive.org/details/steve-tesich-government-of-lies-article