¿POR QUÉ LOS COLOMBIANOS VOTAN POR QUIENES CREEN QUE SON SUS SALVADORES?

«El príncipe debe hacerse temer de manera que si le es imposible ganarse el amor del pueblo consiga evitar el odio, porque puede combinarse perfectamente el ser temido y el no ser odiado». (Maquiavelo)

Comienzo este artículo con palabras del Papa León XIV: «La concentración del poder tecnológico, económico y militar en manos de unos pocos amenaza tanto la participación democrática de los pueblos como la concordia internacional» y en verdad cuando el hombre decide administrarse democráticamente pone en tela de juicio todos aquellos argumentos que tiene de frente y enraizados desde la antigüedad hasta la fecha.

De ahí que la justicia y la fortaleza son indispensables para el proceso de toma de decisiones sano y de otro lado poner en práctica estas, además que el uso legítimo de la autoridad para mostrar la templanza que frene la exaltación desmedida cuando vemos que algo bueno está por venir o crear una barrera sobre el abuso del poder que se vislumbra.

«La democracia, sin embargo, solo se mantiene sana cuando está arraigada en la ley moral y en una verdadera visión de la persona humana…” (León XIV) o también cuando esta va rumbo a convertirse en una tiranía mayoritaria o mostrando el dominio enmascarado de las elites económicas, sociales y tecnológicas. Rozando con eso un fenómeno que cada día se va arraigando más no solo en América Latina sino en otras latitudes y es lo que tiene que ver con los intereses económicos proveniente de las heridas sociales arraigadas a través del tiempo y su relación con el entorno social, familia etc.

Razón tiene Jessé José Freire de Souza, sociólogo brasileño, en su libro «El pobre de derecha: ​​la venganza de los bastardos», cuando hace alusión que las personas votan no solo por situaciones económicas, sino por reconocimiento social y esa lucha por mantener su estatus social, la honda exclusión y la humillación de la que ha sido víctima por aquello de la manipulación emocional a que fue acostumbrado desde su niñez. Es decir, ese sentimiento viene sembrado porque nunca el respaldo de los pobres (incluidos los vergonzantes) a iniciativas y políticas de ultraderecha, sostiene, es el resultado de una historia de honda exclusión, humillación y manipulación emocional minuciosamente sembrada y cultivada.

Se afirma que es una motivación moral lo que moviliza a los pobres a votar por candidatos como Trump o Bolsonaro y Javier Milei (Ortega Murillo) a quienes contempla como salvadores de los sistemas políticos que no han dado resultado; mientras el primero utiliza el miedo y la presión, el segundo la fuerza democrática que los sostiene en el poder, el último imponiendo la fuerza y desestabilizando un gobierno que viene enfermo desde años atrás pero comprendiendo que estos sistemas los hace sentir poderosos ante el resentimiento que se ha generado.

Y qué decir de los pensamientos de izquierda muy de moda en estos momentos a nivel mundial, quienes para atraer los votos sean de pobres, ricos, analfabetas o profesionales, se impulsan  por medios de comunicación por un lado los tradicionales (espacios informativos, de influencia política, empresarios y dueños que apoyan), por redes sociales muchas veces con fake news, desacreditación de otros usuarios o con la utilización de los algoritmos diseñados para ampliar el odio y el miedo, todo estos para calmar las ansiedades morales o despreciar a los otros por sus riquezas o buscar al culpable de turno bien sea político, empresario o social etc.

Razón tenía Popper cuando dijo: “la democracia es la peor de todas las formas de gobierno, con excepción de todas las demás”, pensamiento que sigue vigente desde esa época al momento, máxime si se tiene en cuenta que es la justificante para hacer ver que en efecto la democracia actual es la que necesitamos, pero ello ha quedado atrás al interpretar la dinámica evolutiva socio-política, lo que hay es una instrumentalización de esa individualización de la vida social y cultural del individuo.

Exige entonces una hermeneutización o razón abierta y pura de una verdad incorporada en el tiempo, para que una persona empobrecida, vergonzante defienda la administración de los movimientos de izquierda, cuando lo que se ve no es eliminar al vago ni al delincuente sino protegerlo, siendo esta la fuerza del gobierno de izquierda y es lo que Souza llama “salario psicológico”: una forma simbólica de recompensa emocional que desde las élites se les otorga a personas en situación de desventaja económica. Indica lo anterior que la gente ya no se hace ni pobre ni rica, pues ambas cosas son demasiado molestas por aquello del control social, valga decir, hay una vergüenza al aceptar ser rico o pobre, mientras uno lo tiene todo, lo cuidan, lo explotan, aunque algunos se prestan para actos ilícitos, los segundos no tienen idea de cómo administrar el dinero o los bienes, esta situación ha sido explicada en muchas oportunidades por gurús de la economía, charlas de coaching etc.

Lo que se vislumbra es una lucha de clases desfavorecidas cuando los que votan por la derecha consideran que lo hacen por revancha bien contra sus iguales, por reafirmación personal, aunque en la práctica profundizan la marginación, la pobreza y la vulnerabilidad; y los que lo hacen por la oposición se plantean la ausencia de esa sectorización, la discriminación de la “gente de bien”, a quienes todo se les debe o mejor el “pobre parásito” quien “vive del Estado”, y por ello no se esfuerza, espera las lisonjas y con ello se edifica esa moral del “deber de los demás” para que los dejen de llamar “vándalos”, “vagos” o “mamertos”.

Lo que si es verdad es que el pobre y los ricos han existido desde el surgimiento de la propiedad privada y de las clases sociales y no es una novedad histórica, antes, por el contrario, es la evolución social en donde el capital funciona para el Estado y sus dueños, mientras que la pobreza alimentada por la incapacidad de cambiar de forma de pensar aumenta a un ritmo acelerado. Bastaría entonces hacer un esfuerzo para reconocer que en las condiciones actuales no hay una vida auténtica, tenemos una vida falsa por aquello de la falta de identidad y nos hemos resignado a ello convirtiéndonos en “sujetos suspendidos” (Souza)

Termino haciendo mías las palabras de Mitchel Foucault cuando en su libro la Historia de la Locura expresa: «estricta separación entre razón e irracionalidad. Esta historia conduce del loco que hay que encerrar al loco que hay que investigar metódicamente como objeto y, por último, al enfermo mental cuya locura necesita de una terapia.»