¿CÓMO INTERPRETAR EL PERDON?

 

Razón tenía Lucio Aneo Séneca al decir que no es fácil conseguir la felicidad, pues muchas veces emprendemos el camino equivocado encontrando una distancia que no se alcanza, perdonvamos en sentido contrario o a veces la distancia aumenta entre lo uno y lo otro; pero lo que no apetecemos es buscar el perdón como idea primigenia para alcanzar aquél deseo natural, un viaje por explorar el sentimiento, el evitar extraviarse o frecuentar ese espacio que nos engaña.

Entre la felicidad y el perdón hay una distancia muy corta, trabajamos toda la vida por lo primera, sin entender que ello depende de cómo somos como seres humanos, como amigos, compañeros, o como habitantes del universo. Un perdón que va por el mundo esperando un encuentro con la conciencia del individuo, para avasallar el egoísmo, el temor y el miedo de enfrentarnos a aquello que nos genera dolor; o los conceptos de justicia a través de la historia, sufrir por los actos o una injusticia en donde el perdón no existe.

El perdón parece ser algo superior a nuestras fuerzas en donde el perdonar no es un acto de justicia sino un gesto de humildad, de comprensión, de dar y entregar sin recibir, un acto humano que parece ser divino pero sin esa connotación.  Planteamos si en efecto el perdonar ayudar a mucha gente o ayuda a una sola, a uno mismo por ejemplo. En donde ese acto de contrición debe partir del interior de uno mismo, mientras yo como sujeto de acción no me perdone aquellos actos atentatorios de la felicidad, no hay libro ni poder humano que sane mi ego, ni mi egoísmo y mucho menos mi libertad.

Será el perdón necesario para la felicidad? “Nacimos para ser felices; pero curiosamente nada nos cuesta más que la felicidad” (Escobar, 2016), esa incomodidad que se siente desde el interior, esa amalgama de virtudes amarradas, un actuar que no se esparce con sentimientos de alegría, tanta mentira, corrupción, soledades e intríngulis existenciales que afectan la libertad del ser humano, para que este desarrolle todo su potencial a través de la satisfacción de sus necesidades y la de los demás. Un pecado que golpea la vida, que no purifica la sangre, es decir desde la actitud del individuo en contra de los actos naturales del hombre, o un servicio sin entregar esperando siempre una recompensa bien divina o social.

“Porque de lo que abunda en el corazón habla la boca”. Perdonar entonces es, reconocernos como seres humanos, comprender nuestra existencia para vivir de una nueva manera, convertirnos en mejores seres humanos pero al mismo tiempo reconocer que el perdón es necesario, es una manera de volver a encontrar el camino, pero que ese perdón debe venir desde nuestro interior, inicialmente perdonarnos como individuos con todas nuestras falencias para después perdonar al otro, reconocer al otro como ser humano, aplicar el precepto divino del amar para perdonar y perdonar sin amor no es perdonar. Lo único que nos queda es la verdadera esperanza, esa que nos lleva a esperar un cambio, desear mejorar pero reconociendo siempre al otro, entendiendo su dinámica existencial y que en últimas genera un nuevo individuo desde y para la concepción de una nueva forma de compartir, de solidarizarnos con el otro, y de entregarnos como individuos en bien de la sociedad y sus necesidades.

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