LA ESPERANZA DE LA MUERTE

Se trata de volver a remover el triste acontecimiento de la muerte a que hace alusión Manuel de Castells en su libro Tan Lejos de Dios, un hecho inexorable en la existencia del hombre y para el cual no estamos preparados, y sin embargo nos aferramos a la esperanza de morir apegados al pensamiento religioso, sea el dios que se profese o la universalidad del todo poderoso al que estamos acostumbrados por aquello de la adoctrinación.

La esperanza se define como la «virtud infusa que capacita al hombre para tener confianza y plena certeza de conseguir la vida eterna y los medios, tanto sobrenaturales como naturales, necesarios para alcanzarla, apoyado en el auxilio omnipotente de Dios»[1], es decir que esa expectativa de vida  que se espera de la persona que recorre la vía hacia su extinción, deviene precisamente de la no creencia en la ciencia, en las habilidades médicas o mejor aún en un hecho superado que facilita el traslado del mundo vivo hacia otro según el pensamiento religioso (en especial el cristiano), pero entonces cómo identificar si ese camino es el correcto, cómo determinar si en verdad lo que se hace en la tierra se paga en el cielo (según Juan Pablo II, el cielo es un estado determinado por el hombre), pero al mismo tiempo; la esperanza está citada dentro de las virtudes teologales por medio de la cual se espera una actividad salvadora por la intervención de un tercero sobre un fenómenos  no explicable, identificable o superable.

Esa expectación o incertidumbre según el budismo, es la que dispone al individuo desde su psique a esperar con deseo, con confianza ese resultado desde su momento presente, y haya un desinterés por el futuro, pues este es incierto, frente a lo que ocurre en la realidad de la vida.

De ahí que la muerte, sea un conflicto para el ser humano y al mismo tiempo uno de los hechos más duros de aceptar, pues se ve enfrentado el sufrimiento y la enfermedad, la vejez y la muerte, actos que deben ser soportados como valor agregado al haber vivido y el precio de haber nacido, además de sustentar esa condición humana de historia plena que nos lleva a transformar el concepto de calidad de vida, de derechos, de hedonismo y por qué no de creernos con suerte al haber vivido con plenitud, sin haber dañado al prójimo y el haber disfrutado al máximo los placeres y sus banalidades.

Y es que la muerte enseña que nuestro orgullo, ira y odio, son solo vanidad en palabras del papa Francisco, y es por ello que nunca estaremos preparados para ella, por lo que mengua ese sentido de vida que de alguna manera erige al hombre y le permite enfrentar sus fenomenologías; y a partir de ese momento dejamos de buscar lo esencial, y aparece el enigma de la incertidumbre, una realidad ineludible que desdibuja el sentir pero también el iluminar esa nueva existencia, pues de la crisis siempre nace algo nuevo y bueno, esos relatos de existencialismo se amparan precisamente en una alegría que se apaga por una tristeza que aparece, pero que de alguna manera hace conciencia acerca de la muerte humana, y que somos insignificantes ante la muerte pues no hay manera de evitarla sea esta de la connotación que sea, pues la muerte es la muerte aquí y en cualquier parte y arropa a cualquier persona de la estirpe social que corresponda, es decir, que la tristeza es la misma y la ausencia lo es aún más.

 Solo queda pensar que la muerte es una puerta que se abre de par en par, pero también un rayo de luz que se enciende ante la adversidad, pero al mismo tiempo una iluminación para establecer el destino final del individuo, “Nos debemos a la muerte: nosotros y todo lo nuestro… Todo lo mortal perece”.

Y muero y vivo en la lucha
de lo que quiero y no quiero;
en la oscura encrucijada

del temor y del deseo:
entre el día de la Fe
y la noche del Misterio.

(El alma y el cuerpo-José María Guervós Hoyos)

[1]. Discurso Suma Teológica Santo Tomás.

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