“Ninguna paz verdadera ha nacido en el mundo que no haya sido engendrada primero en el vientre de una crisis.”
Este artículo nació el 30 de enero de 2003, cuando era estudiante de la Licenciatura en Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás, y vio la luz en la columna del Colegio de Abogados Penalistas de Risaralda, en la que por entonces colaboraba con algunos escritos. Dije allí que en Colombia se había instalado una Cultura de la Guerra; que la impunidad era el crimen perfecto que se ritualizaba en la conciencia del hombre; que los medios tenían una capacidad seductora, atraían, pero devoraban; que vivíamos en una democracia de la violación de los derechos humanos. El tiempo, que es el más severo de los correctores, no ha desmentido aquellas líneas: las ha confirmado.
Pero entre aquel escrito y este median veintitrés años, y median también en el pensamiento. Aquel estudiante escribía desde la indignación moral, con las categorías nítidas del bien y del mal, de la víctima y el verdugo: era la filosofía como tribunal. El tiempo, las lecturas y el dolor del país me condujeron después hacia el pensamiento complejo, que no anula la indignación sino que la educa: le enseña que la realidad no se deja partir en dos, que denunciar no basta si no se comprende, y que comprender jamás es justificar. De la denuncia pasé a la comprensión, de la certeza a la pregunta. Y es desde ese tránsito que hoy quiero pensar lo que la indignación no me dejaba ver entonces: que la guerra, siendo la negación del hombre, es también, paradójicamente, su más exigente maestra.
Qué es la cultura de la guerra
Conviene, antes de avanzar, nombrar con precisión aquello que entonces apenas intuía. La cultura de la guerra es el conjunto de creencias, valores, comportamientos y normas sociales que justifican, legitiman o normalizan la violencia armada y el conflicto bélico como método válido para resolver disputas. No es la guerra misma: es el suelo espiritual que la hace posible. Se sostiene a través de la propaganda, de la deshumanización del adversario y de la exaltación del patriotismo y del heroísmo militar; no habita en los campos de batalla sino en la conciencia, en el lenguaje, en la escuela, en la sobremesa donde se celebra la muerte del contrario como si fuera una victoria propia.
Esa cultura opera con tres mecanismos que es necesario desenmascarar. El primero es la normalización: la aceptación colectiva del conflicto, ese acostumbramiento por el cual el hombre deja que le pisoteen sus valores —la verdad, la justicia, la libertad, la belleza— hasta que la masacre se vuelve paisaje y la cifra de muertos una nota al pie del noticiero. Normalizar la violencia es el primer error y el más grave, porque lo que se acepta como normal ya no se combate. El segundo es la construcción del enemigo: para atacar a un hombre primero hay que despojarlo de su rostro, reducirlo a etiqueta, y una vez convertido en cosa, eliminarlo ya no parece crimen sino higiene. Toda guerra comienza en el vocabulario. Y el tercero es la ideología y sus relatos: el uso de símbolos, mitos históricos y discursos hegemónicos para movilizar a la sociedad en favor de la beligerancia; así se hace creer, como escribí en 2003, que la verdad es la mentira, que la justicia es la impunidad, que la libertad es el unanimismo. La tarea mitificadora que entonces atribuí a los medios opera hoy, con potencia multiplicada, en las redes sociales.
La mirada compleja: la crisis como partera
Pero pensar la guerra solamente como conflicto es pensarla a medias. Edgar Morin, el pensador de la complejidad, nos enseñó que la realidad no se deja encerrar en las casillas del pensamiento simple. Lo humano no es claridad o tiniebla: es claridad y tiniebla a la vez. Por eso Morin habla del homo sapiens demens[1], el hombre sabio y demente en un mismo ser, capaz de componer una sinfonía y de ordenar una masacre en la misma semana. Negar nuestra demencia es ingenuidad; conocerla e integrarla es madurez. La paz que se construye negando la guerra es una paz de papel; la que se construye conociéndola, mirándola de frente, nombrándola, es la única que merece ese nombre.
Morin nos dejó además una idea luminosa: la crisis aumenta al mismo tiempo las fuerzas de regresión y las fuerzas de regeneración. En toda crisis el orden se quiebra, y de esa quiebra pueden salir el monstruo o la criatura nueva. El orden y el desorden no son enemigos: son socios secretos de la creación, y de su tensión nace la organización, como del caos primero nacieron las estrellas. Las naciones no evolucionan en la calma: evolucionan cuando la crisis les quiebra las certezas y las obliga a pensarse de nuevo.
Miremos con esos ojos complejos nuestra propia historia. De las masacres nació la memoria; del destierro de millones nació el reconocimiento jurídico de las víctimas; del crimen de Estado nació una justicia transicional que el mundo entero observa; del cansancio de la guerra nació el Acuerdo de 2016; del silencio de medio siglo nació una Comisión de la Verdad que dijo, con todas sus letras, lo que el país callaba. La guerra no construyó la paz: obligó al hombre a construirla. Y en esa obligación, que es también una pedagogía terrible, el colombiano aprendió palabras que antes no pronunciaba: verdad, reparación, no repetición, tejido social, centralidad de la víctima. La guerra nos dio, sin quererlo, el vocabulario de la paz. Como la enfermedad construye al médico y la noche construye la idea de la aurora: nadie agradece la enfermedad, pero nadie niega que de ella nació la medicina.
La cultura de la paz: el antídoto
Si la cultura de la guerra se aprende, la paz también puede aprenderse. Ese es el fundamento de la cultura de la paz, a la que el mundo ha dado creciente importancia: la Declaración y Programa de Acción sobre una Cultura de Paz de las Naciones Unidas (1999)[2] la definió como el conjunto de valores, actitudes y comportamientos que rechazan la violencia y previenen los conflictos atacando sus causas, para resolver los problemas mediante el diálogo y la negociación. La UNESCO la convirtió en programa educativo mundial; el Decenio Internacional por una Cultura de Paz (2001-2010) la llevó a las escuelas de todos los continentes; y la Agenda 2030 la consagró en su objetivo de promover sociedades justas, pacíficas e inclusivas. Colombia misma la hizo ley con la Cátedra de la Paz, para que los niños aprendan en el aula lo que sus abuelos aprendieron en la guerra.
La cultura de la paz es el espejo invertido de la cultura de la guerra: donde aquella normaliza la violencia, esta la vuelve escándalo; donde aquella fabrica enemigos, esta devuelve al adversario su rostro de hombre; donde aquella moviliza con mitos de sangre, esta educa en el relato de la dignidad compartida. Por eso la paz es más difícil que la guerra: porque exige pensar más, religar lo que la guerra separó —el campo y la ciudad, la víctima y el victimario que también fue víctima, la memoria y el porvenir—, y pensar duele.
La tarea que queda
Hoy, cuando la violencia vuelve a crecer en los territorios y el desaliento ronda otra vez la mesa de los colombianos —tema sobre el que he reflexionado en «Las democracias sí están muriendo» y en «El imperio de la crueldad»—, estamos de nuevo en la bifurcación de toda crisis: regresión o regeneración. Lo que hemos ganado desde aquel enero de 2003 no son territorios pacificados, que la realidad se encarga de desmentir, sino algo más hondo y más difícil de destruir: la conciencia. Ya sabemos lo que la guerra cuesta y lo que la guerra enseña; ya nombramos a las víctimas, ya escribimos la verdad, ya probamos que un fusil puede convertirse en palabra. La tarea sigue siendo la que escribí hace veintitrés años y permanece intacta: reconstruir el tejido social, recomponer lo que el terror inmovilizó, reivindicar los valores de justicia, libertad, fraternidad y solidaridad. Solo que hoy sabemos algo que entonces apenas intuíamos: que esa tarea no la haremos a pesar de la guerra, sino con lo que la guerra, a su pesar, nos enseñó.
Porque no se puede sepultar la luz; no se puede sepultar a un pueblo que busca la libertad.
¿Y tú qué piensas: puede la crisis que hoy vivimos engendrar la regeneración, o estamos condenados a repetir el ciclo? Te leo en los comentarios.
Notas
[1] Edgar Morin desarrolla la noción de homo sapiens demens en El paradigma perdido: ensayo de bioantropología (1973) y la retoma en Introducción al pensamiento complejo (1990). La idea de la crisis como portadora, a la vez, de fuerzas de regresión y de regeneración proviene de su ensayo Pour une crisologie (1976).
[2] Asamblea General de las Naciones Unidas, Resolución A/RES/53/243, Declaración y Programa de Acción sobre una Cultura de Paz, 6 de octubre de 1999. En Colombia, la Ley 1732 de 2014 estableció la Cátedra de la Paz como asignatura obligatoria, reglamentada por el Decreto 1038 de 2015.