LA TORRE DE BABEL QUE LLEVAMOS POR DENTRO: ¿POR QUÉ VALE LA PENA RESCATAR LAS PALABRAS?

   “Un hombre no empuña un hacha para defender su cartera, sino en defensa de su dignidad” Ryszard Kapuscinsky

Cada vez hablamos menos y, paradójicamente, cada vez nos entendemos menos. No es una contradicción: es el síntoma de una época que ha cambiado la conversación por el emoji, la frase completa por la abreviatura, y la escucha atenta por la respuesta automática. El vocabulario, ese patrimonio que heredamos y que deberíamos ampliar toda la vida, se está reduciendo justo cuando más lo necesitamos.

Y no es solo un problema de estilo. Lo que está en juego, si lo pensamos con calma, es algo mucho más profundo: nuestra capacidad de conocernos, de saber qué es verdad y de comunicarla con honestidad.

CUANDO FALTAN PALABRAS, ALGO SE ENFERMA

La psicóloga chilena Pilar Sordo lleva años observando algo que muchos sentimos, pero pocos nombramos: cuando el vocabulario se empobrece, se empobrece también la capacidad de nombrar lo que sentimos. Y lo que no se nombra, con frecuencia, termina por enfermarnos. No hace falta ser especialista para comprobarlo: basta comparar una conversación sostenida con calma con un intercambio apresurado de mensajes cortos para notar la diferencia en la profundidad del vínculo.

A eso se suma la falta de paciencia. Cada vez cuesta más expresar lo que nos pasa, y cada vez cuesta más escuchar lo que le pasa al otro. Una conversación de verdad exige algo incómodo: dejarse transformar por lo que el otro dice. Sin eso, el diálogo se convierte en dos monólogos que se cruzan sin tocarse.

¿SE PUEDE ESTAR SEGURO DE ALGO? SAN AGUSTÍN YA SE HIZO ESA PREGUNTA

Hace más de mil quinientos años, San Agustín se enfrentó a los escépticos de su tiempo, quienes sostenían que el ser humano nunca puede tener certeza real de nada. Agustín les respondió con una idea sencilla y contundente: aunque me equivoque, el solo hecho de dudar demuestra que existo y que pienso. Esa intuición —que siglos después resonaría en el célebre «pienso, luego existo» de Descartes— no es un capricho filosófico. Es la base de todo lo demás: si no hay ninguna certeza posible, tampoco tiene sentido hablar, porque toda palabra quedaría flotando en el vacío.

Lo interesante es que Agustín, que había sido maestro de retórica antes de convertirse, no despreciaba el arte de hablar bien. Todo lo contrario: sostenía que si quienes defienden mentiras se esmeran en hablar con habilidad para convencer, con mayor razón deberían esmerarse quienes tienen la verdad de su lado. Decir las cosas con claridad y elocuencia no es vanidad ni adorno: es casi una obligación. Porque una verdad mal comunicada es una verdad que se queda a medio camino.

SANTO TOMÁS: HABLAR BIEN NACE DE CONOCERSE A UNO MISMO

Si Agustín nos da el fundamento —hay certezas, y por eso vale la pena hablar con cuidado—, Santo Tomás de Aquino nos explica algo igual de valioso: por qué el lenguaje nos resulta tan natural. Para él, el ser humano tiene, por el simple hecho de ser racional, una inclinación natural a expresar mediante palabras lo que su mente concibe por dentro. Y esa capacidad nace de algo muy concreto: la posibilidad de conocerse a sí mismo, de saber qué está pensando y sentir eso como propio.

Dicho de otra forma: hablar no es solo emitir sonidos convencionales. Es hacer visible, hacia afuera, lo que ya existía adentro. Por eso, cuando descuidamos el lenguaje —cuando usamos siempre las mismas cuatro palabras, cuando ignoramos la puntuación, cuando escribimos sin orden— no estamos cometiendo solo un error de forma. Estamos revelando, muchas veces sin darnos cuenta, una relación descuidada con nuestro propio pensamiento.

LA INCOMODIDAD NO ES EL ENEMIGO

Vivimos exigidos por un mandato de felicidad permanente que rara vez se cumple y que, además, resulta contraproducente. Crecer incomoda. Cambiar de opinión incomoda. Reconocer un error incomoda. Pero esa incomodidad es, precisamente, la única invitación honesta al cambio. Buscar la verdad —incluida la verdad sobre uno mismo— siempre exige atravesar cierta incertidumbre antes de llegar a algo firme. Una cultura experta en huir de la molestia termina huyendo también del crecimiento.

LA PALABRA NO FUE HECHA PARA ESCONDERNOS

José Saramago lo dijo con una contundencia que no ha perdido vigencia: el ser humano no recibió el don de la palabra para ocultar sus pensamientos. Y sin embargo, cuántas veces preferimos el silencio cómodo o la frase ambigua antes que decir claramente lo que pensamos, solo para evitar el juicio ajeno. Cuando usamos las palabras para esconder en lugar de para revelar, la comunicación se convierte en un simulacro. Y un simulacro, por más elegante que parezca, nunca construye vínculos verdaderos.

BABEL NO FUE SOLO UN CASTIGO: FUE UNA ADVERTENCIA

La historia de la Torre de Babel suele leerse como un castigo divino a la soberbia humana. Pero también puede leerse de otra manera: como una advertencia sobre lo que pasa cuando dejamos de entendernos a nosotros mismos antes de pretender entender a los demás. La palabra hebrea de la que viene «Babel» significa, justamente, confusión. Y esa confusión no es solo lingüística: es la de quien antepone su interés particular al bien común, la de quien pierde el hábito de compartir y de escuchar.

Hoy existen más de siete mil lenguas en el mundo, y sin embargo el problema sigue siendo el mismo: no se trata de cuántas palabras conocemos, sino de si somos capaces de usarlas para construir puentes en lugar de muros.

HABLAR CLARO, HABLAR PRECISO

Cuidar el idioma no significa hablar de manera rebuscada ni acumular tecnicismos para impresionar a nadie. Significa justo lo contrario: elegir la palabra justa, la que dice lo que realmente queremos decir, sin rodeos ni ambigüedades. Respetar la ortografía, la gramática y la sintaxis no es un capricho de puristas; es lo que permite que un mensaje llegue tal como fue pensado, sin ruido, sin malentendidos.

Una frase mal puntuada puede cambiar por completo su sentido. Una palabra imprecisa puede abrir una discusión que la claridad habría evitado. Por eso, antes de hablar o de escribir, vale la pena hacerse una pregunta simple: ¿esto que voy a decir es realmente lo que quiero decir, y lo estoy diciendo de la forma más clara posible?

Al final, la riqueza de un idioma no se mide por la cantidad de palabras que conocemos, sino por la precisión con la que las usamos para encontrarnos con el otro. Cuidar el vocabulario es, en el fondo, cuidar la posibilidad misma de entendernos.

«Me gusta la gente que sabe ser sol, aunque la vida esté nublada»

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