Para hablar de la meditación sobre el error es útil preguntarnos: ¿por qué nos equivocamos? Para explicarlo conviene un análisis racional de los hechos que condicionan el comportamiento humano. Aquí entra en juego la teoría del conocimiento de René Descartes, según la cual el error no es una falla de la creación (de un Dios perfecto), sino el resultado del mal uso de nuestras facultades.
Siguiendo esa teoría, debemos hablar del entendimiento o intelecto: la forma en que percibimos las ideas y, en virtud de ello, cómo podemos equivocarnos. Surge así la facultad humana del libre albedrío, la capacidad de decidir, afirmar o negar, que se ve limitada por las circunstancias. Es necesario racionalizar el origen del error: en ocasiones emitimos un juicio que para algunos es adecuado y para otros no; el juicio puede carecer de claridad o impedir distinguir entre la realidad y la razón. Nos equivocamos cuando juzgamos más allá de lo que conocemos.
Descartes propondría limitar nuestros juicios y afirmar solo aquello que sea evidente, frente a lo confuso o dudoso. Si consideramos el error como una vertiente epistemológica del fracaso —como plantea Valerio Rocco—, entonces estamos ante una «acción fallida» del individuo: no comprendemos su origen; o erramos y, en cierto sentido, dejamos de existir; o cedemos al imperio del poder; o vacilamos y estamos a punto de caer. El error se relaciona con tres paradigmas: el encuentro, el extravío y la caída. Esto nos lleva a preguntarnos si es posible formular un mecanismo que genere la comprensión o el movimiento cognitivo que nos aleje de la acción errónea.
La falta de acierto (como cuando la flecha no da en el blanco), la incompetencia o la ausencia de aptitud llevan a concluir que el error ocurre cuando no acertamos, no somos competentes o no poseemos la aptitud necesaria. Pero ¿qué sucede cuando la acción falla aun cuando el agente es competente? Queda, entonces, esa «acción fallida» como resultado de un acto complejo, voluntario o involuntario.
Vivimos en «la sociedad del espectáculo», como señaló Guy Debord: la vida auténtica se degrada cuando se subordina a simples representaciones e imágenes. Esa superficialidad en las relaciones y en las experiencias sociales produce una sobrecarga de información y un flujo constante de tragedias, noticias y entretenimiento que anestesian la empatía. Todo ello nos empuja hacia una pérdida de control; dejamos de pensar con libertad. Las narrativas masivas perturban el libre albedrío y la cognición sobre el fenómeno respecto al cual se toma una decisión o se emite un juicio.
¿Cómo recuperar el espacio perdido entre la intoxicación digital y el consumo inconsciente de información que poco aporta a la vida real? ¿Nos falta la práctica de la meditación, conocida desde hace siglos y cultivada por culturas orientales, para salir del teatro en el que estamos sumergidos? Las dinámicas que nos convierten en consumidores no favorecen la introspección; seguimos siendo parte del «espectáculo del mundo» (Fernando Pessoa) que nos cuestiona sobre nuestra pertenencia al universo y sobre la calidad de nuestras relaciones. Como escribe José Saramago en Ensayo sobre la ceguera, necesitamos tiempo y vida para alcanzar una comprensión profunda; de lo contrario, permanecemos en un error constante, obsesionados con la apariencia y con una vida reducida a la exhibición.
Superar el error implica hacer consciente la propia experiencia: reconocer la falta, analizar su origen y aprender de ella. Vivir no es continuar en el error, sino superarlo a partir del cúmulo de experiencias y expectativas que acumulamos.