En el año 2000, siendo estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás, escribí el artículo que constituye la primera parte de este texto. En ese momento, la relación entre la psicología y la filosofía era apenas una inquietud, sin que alcanzara a comprender del todo la importancia de dicho vínculo para el avance del pensamiento y el comportamiento humano. Veintiséis años después, esa inquietud inicial se ha transformado en una comprensión más amplia de cómo ambas disciplinas colaboran hoy en la construcción de la subjetividad contemporánea. Este documento une aquella primera reflexión con una segunda, escrita en 2026, que examina la nueva relación entre psicología y filosofía en la actualidad posmoderna.
PRIMERA PARTE (2000): PSICOLOGÍA Y FILOSOFÍA, UNA RELACIÓN NACIENTE
Entendiendo la dimensión del ser humano, igualmente la incidencia del medio ambiente en el desenvolvimiento de sus actitudes, como también el logro de cada una de sus metas, la sicología se convierte en la parte intangible pero importante, pues esta, en mi concepto, es la herramienta que el hombre necesita para que en un momento dado se dé la relación simbiótica entre la sicología y la filosofía.
De otra parte, no podemos olvidar que el filósofo no puede ser ese personaje convidado de piedra dentro de nuestra sociedad actual; antes, por el contrario, debe ser un sujeto crítico, que asuma los retos del conocimiento, el cual no solo se adquiere con la educación, sino que, como si fuera poco, debe aprender a hacer uso de él.
Todo esto generará personas participativas, con autonomía y que concursen con la actualidad del Estado y del ser humano, creando satisfacción humana y espontaneidad en la comunicación, por lo que nos veremos como individuos iguales, donde haya una influencia recíproca y de mutualidad.
Para el filósofo, entonces, el hecho de conocer la sicología permite también conocer al ser humano, identificar qué es lo que genera su pensamiento, su forma de enfrentar la vida y cómo responder a las diferentes situaciones a las que debe enfrentarse.
Igualmente, el filósofo debe ser ese personaje generador de cuestionamientos, en donde nos planteemos si “yo soy parte del mundo o yo soy aparte del mundo”, esto para indicar que el individuo como tal debe estar presente en todos los momentos de la sociedad, del comportamiento humano, de las respuestas que este dé, y no ser ese ser apático al que no le importa nada, el que se hace el loco cuando tiene que responder por los actos de los demás, o contra aquellos que atacan su condición humana.
Siguiendo con el tema propuesto, es bueno aclarar que es el hombre quien hace pensar al hombre; esto es, aquí se cambia el concepto de que “el hombre es lobo para el hombre”[1], lo cual conlleva a que la posibilidad del conocimiento sea una cuestión colectiva, pues no se concibe una sociedad en donde lo investigado, lo propuesto, no tenga una connotación social, o al menos una ubicación dentro de la dimensión del ser humano.
Los latinoamericanos, desde la independencia hasta hoy, no hemos aprendido bien la lección y, por supuesto, hemos pagado y continuamos pagando muy caro nuestra superficialidad en el tratamiento de la política y la historia. La identidad política es una condición de la identidad, a secas. Alcanzarla es un desafío ineludible que nos presenta la historia y la cultura.
La identidad, por otra parte, es una condición de la universalidad. Identidad y universalidad son dos términos indisociables: solo se tiene identidad en la medida en que las expresiones particulares se integran a la universalidad de las culturas; solo se alcanza la universalidad cuando esta se forma por la convergencia de múltiples determinaciones, por lo que hemos llamado repetidamente la unidad en la diversidad.
Se concluye entonces que el filósofo debe echar mano de la sicología como parte integrante del contexto del ser humano, para poder entender a este dentro de toda su dimensión, no solo individual sino colectiva, no solo en su identidad sino dentro de su universalidad, y con ello poder construir una sociedad mucho más justa y acercada a la realidad.
SEGUNDA PARTE (2026): LA NUEVA RELACIÓN ENTRE PSICOLOGÍA Y FILOSOFÍA EN LA POSMODERNIDAD
Dos décadas y media después de aquella primera intuición, la relación entre psicología y filosofía se ha transformado de manera profunda. Ya no se trata de la subordinación histórica en la que la filosofía dictaba los grandes marcos ontológicos y la psicología los aplicaba como técnica auxiliar, sino de una co-construcción de la subjetividad, sostenida por el giro lingüístico y por el abandono de las verdades universales. Ambas disciplinas dejan atrás la vieja jerarquía para colaborar, de igual a igual, en el abordaje de la crisis de identidad que atraviesa el individuo contemporáneo.
EL DESMANTELAMIENTO DE LOS “GRANDES RELATOS”
El primer elemento de esta nueva relación es el desmantelamiento de los grandes relatos: las narrativas totalizadoras —religiosas, científicas, ideológicas— que antes explicaban de manera unitaria el sentido de la existencia[2]. Al perder vigencia esas certezas universales, el ser humano queda sin un marco fijo desde el cual comprender su rol en el mundo. Psicología y filosofía se encuentran entonces en un mismo terreno: ya no ofrecen al individuo una verdad última que lo defina, sino que lo acompañan en la construcción de relatos propios, locales y situados, desde los cuales pueda comprender quién es y qué lugar ocupa.
EL GIRO LINGÜÍSTICO Y EL CONSTRUCCIONISMO
El segundo elemento es el giro lingüístico y el construccionismo social. El lenguaje deja de entenderse como un instrumento neutro que describe una realidad ya dada, para convertirse en el medio mismo a través del cual se construyen la realidad y la identidad[3]. Bajo esta mirada, tanto la terapia psicológica como la reflexión filosófica se ejercen fundamentalmente como diálogo: el sujeto no descubre una esencia oculta, sino que la va tejiendo en el intercambio con el otro, en la conversación, en el relato compartido.
Basta observar cómo ha cambiado el lugar mismo donde el hombre aprende a nombrar el mundo. Durante siglos ese lugar fue la escuela: el aula, el libro impreso, la palabra del maestro transmitida cara a cara, en un tiempo lineal y pausado que permitía la reflexión y la corrección. Hoy ese lugar se ha desplazado hacia lo tecnológico: la pantalla, el mensaje breve, la red social, el algoritmo, e incluso la inteligencia artificial que ya conversa con nosotros y responde como si fuera un interlocutor más. No se trata solo de un cambio de canal o de soporte, sino de una transformación en la manera en que el yo se narra a sí mismo y se construye en relación con el otro: el emoji, el mensaje de voz, el comentario público, la conversación fragmentada y simultánea con decenas de personas, son hoy nuevas unidades de esa co-construcción del sentido.
Este desplazamiento obliga a la psicología y a la filosofía a pensar juntas la co-construcción del nuevo hombre: un sujeto que ya no se forma únicamente en el diálogo cara a cara —familia, escuela, comunidad— sino también en la interacción constante con dispositivos, plataformas y algoritmos que también producen lenguaje y, en cierto sentido, también “hablan”. La pregunta ya no es solo cómo el lenguaje construye al sujeto, sino qué tipo de subjetividad emerge cuando buena parte de ese lenguaje es mediado, acelerado o incluso generado por sistemas no humanos. Ahí reside el núcleo de un nuevo humanismo posible: no uno que rechace la tecnología ni se refugie con nostalgia en la palabra escrita y la escuela tradicional, sino uno que recupere, dentro de esta nueva ecología comunicativa, la capacidad crítica y reflexiva del ser humano, para que este siga siendo autor de su propio relato y no un simple receptor de discursos ajenos, algorítmicos o automatizados.
LA BÚSQUEDA DE SENTIDO Y EL RETORNO A LAS HUMANIDADES
El tercer elemento es la búsqueda de sentido y el consecuente retorno a las humanidades. Frente a una existencia despojada de relatos universales, el ser humano no queda a la deriva: encuentra en la voluntad de sentido una brújula propia[4]. Aquí la psicología y la filosofía vuelven a encontrarse, esta vez para permitir que el individuo intervenga activamente en la tarea de hallar lo humano dentro de esa misma relación: la primera aportando la comprensión de los procesos internos, la segunda recuperando la pregunta por el valor, el propósito y la dignidad, frente a una cultura que tiende a reducir al sujeto a variable medible o a engranaje productivo.
COEXISTENCIA Y CRÍTICA: ¿INTEGRACIÓN O AUTONOMÍA?
El cuarto elemento es el de la coexistencia y la crítica. La filosofía no se limita a acompañar a la psicología: también la interroga, cuestionando los fines últimos de la adaptación psicológica. El debate de fondo persiste: ¿el objetivo de intervenir sobre el individuo es integrarlo sin fricciones a un sistema social, económico y tecnológico que lo precede, o es ayudarlo a encontrar autonomía real frente a ese mismo sistema? La filosofía, desde su vocación crítica, se resiste a que la psicología se convierta en un simple dispositivo de ajuste social, e insiste en preguntar para qué, y para quién, se adapta al individuo.
CONCLUSIÓN: HACIA UN NUEVO SER HUMANO
La intuición de 2000 y la reflexión de 2026 convergen en una misma dirección, y esa dirección tiene nombre: un nuevo humanismo. Aquella primera relación simbiótica entre sicología y filosofía, apenas entrevista por un estudiante, se revela ahora como el fundamento de una tarea mayor: la co-construcción del nuevo hombre. Sin grandes relatos que impongan un sentido desde afuera, sin verdades universales que sustituyan la voz del sujeto, y con un lenguaje que ya no habita solo la escuela y el libro sino también la pantalla y el algoritmo, el individuo contemporáneo solo puede construirse a sí mismo mediante un ejercicio consciente y crítico: dialogando, narrándose y disputando el sentido de su propia existencia frente a las nuevas mediaciones tecnológicas del lenguaje. De esa co-construcción —no de una jerarquía entre disciplinas, ni de una rendición ante la técnica— puede emerger un nuevo ser humano: más autónomo, más consciente de su propia narrativa, y más capaz de habitar, con sentido crítico, la incertidumbre de su tiempo.
DOS INTERROGANTES PARA LOS LECTORES DEL BLOG
¿Puede el ser humano seguir siendo autor de su propio relato cuando buena parte de su lenguaje cotidiano es mediado, acelerado o incluso generado por algoritmos e inteligencia artificial?
¿qué papel debería asumir cada uno frente a esa co-escritura: vigilarla, resistirla, ¿o simplemente aprender a habitarla con lucidez?
[1]. Proviene originalmente del dramaturgo romano Plauto en su obra Asinaria (siglo II a.C.). Plauto la utilizaba para referirse a la desconfianza y el comportamiento hostil que las personas pueden mostrar hacia desconocidos
[2]. Jean-François Lyotard, La condición posmoderna (1979): “Se tiene por posmoderno la incredulidad con respecto a los metarrelatos”.
[3]. Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus (1921), prop. 5.6: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”.
[4]. Viktor E. Frankl, El hombre en busca de sentido (1946): “A un hombre le pueden robar todo, menos una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de su propia actitud ante cualquier circunstancia”.