LA GRAN MENTIRA DEL PRESENTE: POR QUÉ NO SOMOS NI MÁS LISTOS NI MÁS ORIGINALES QUE NUESTROS ANTEPASADOS

 ANTROPOLOGÍA, ARQUEOLOGÍA Y FILOSOFÍA. GRACIAS POR EXISTIR

“Conservo las curiosidades de la infancia, las aspiraciones de la adolescencia, las responsabilidades del adulto y, como anciano, intento nutrirme de la experiencia de las edades que he atravesado” (Edgar Morin)

I. LA ILUSIÓN DEL PUNTO DE PARTIDA

Llegamos a un escenario que ya estaba montado antes de nuestro primer aliento. Habitamos paisajes urbanos y rurales cuya topografía fue modelada por manos cuyos nombres la historia ha olvidado; nos expresamos en lenguas cuyos matices se fraguaron a lo largo de milenios; adoptamos normas, ritos sociales y categorías de pensamiento que jamás elegimos. Y, sin embargo, la cultura contemporánea padece un adanismo patológico: la persistente ilusión de que la historia humana recomienza con cada generación y de que el presente es el único tribunal capacitado para juzgar la totalidad de la experiencia terrenal.

Vivimos instalados en una especie de autosuficiencia cronológica. Asumimos con soberbia que nuestra época se basta a sí misma, despreciando el bagaje del pasado como una acumulación de torpezas o balbuceos infantiles de la especie. Frente a esta vanidad omnipresente, la antropología, la arqueología y la filosofía se erigen como verdaderos guardianes de la condición humana. Gracias por existir, porque cada uno de sus hallazgos, cada texto rescatado de la penumbra y cada estrato desenterrado nos golpea con una verdad profundamente incómoda pero sanadora: no somos muchísimo más originales ni más inteligentes que nuestros antepasados[1].

II. EL PREJUICIO DEL PROGRESO LINEAL Y EL SESGO DE LA INTERPRETACIÓN

Durante mucho tiempo, la historiografía occidental intentó acomodar el devenir humano dentro de una escala evolutiva ascendente y simplista: una línea recta que conduciría invariablemente desde la ignorancia mística hasta la iluminación técnica. Bajo esta óptica reduccionista, el pasado quedaba confinado a ser una versión rudimentaria, defectuosa y supersticiosa de nuestro deslumbrante presente. No obstante, la evidencia material y el rigor interpretativo han ido desmantelando ese paradigma ideológico.

Es revelador analizar el comportamiento de la investigación frente a aquello que desconoce. Durante décadas se tendió a interpretar la cultura material de la antigüedad —así como los objetos cotidianos rescatados por la arqueología o las prácticas documentadas por la antropología— a través de un prisma casi automático: si no entendíamos de inmediato la función práctica o utilitaria de una herramienta, una estructura o una vasija, dictaminábamos sin dudar que debía poseer un «significado ritual» o «religioso»[2]. Este automatismo analítico delata nuestra propia miopía. Incapaces de concebir formas de vida que no respondieran al utilitarismo moderno o al rendimiento productivo, preferimos catalogar de «mágico» o «sagrado» lo que sencillamente escapa a nuestra estrecha lógica funcional.

La arqueología y la antropología nos han enseñado que la inteligencia técnica, la sofisticación simbólica y la complejidad social no son patrimonio exclusivo de la modernidad. Quienes nos precedieron resolvieron dilemas comunitarios, arquitectónicos y conceptuales con una agudeza brillante. El pasado no fue una etapa de penumbra cognitiva, sino un despliegue de soluciones vitales tan legítimas, profundas y complejas como las nuestras.

III. LA DIGNIDAD INHERENTE: MÁS ALLÁ DEL RENDIMIENTO Y LA CAPACIDAD

La tentación de medir al ser humano por su capacidad operativa no es exclusiva de la lectura del pasado; constituye, de hecho, el gran mal del presente. En un mundo obsesionado con la métrica, la productividad y el cálculo costo-beneficio, se corre el peligro constante de reducir el valor de la persona a lo que esta produce, hace o aporta al sistema. Se juzga la vida humana en función de sus capacidades cognitivas, de su vigor físico o de su estatus económico.

Frente a esta deriva utilitarista, la filosofía y la antropología de raíz humanista se unen a la voz de la gran tradición teológica para recordar un principio irrenunciable: la persona humana no vale por lo que tiene, por lo que hace ni por las capacidades que posee. Su dignidad nace de un cimiento infinitamente más profundo. Como lo expresó de manera insuperable la Constitución Pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, la grandeza del ser humano radica en su estructura ontológica fundamental: el haber sido creado por Dios a su imagen y semejanza y haber sido elevado a una vocación trascendente por la redención de Cristo[3]. Esta perspectiva, en profunda continuidad con la enseñanza social de la Iglesia desde el pontificado de León XIII y los desarrollos del humanismo cristiano[4], sostiene que la dignidad es previa a cualquier reconocimiento social, capacidad biológica o utilidad económica.

Un ser humano no pierde un ápice de su dignidad cuando enferma, cuando envejece, cuando carece de utilidad productiva o cuando sus capacidades cognitivas se ven mermadas. La vida humana posee un valor absoluto e intrínseco porque no es un artefacto técnico ni una mercancía funcional, sino un misterio personal dotado de trascendencia.

IV. GRATITUD A LA MEMORIA Y A LA VERDAD DEL SER

Nada, absolutamente nada, empieza con nosotros mismos.[5] Reconocer esta verdad no es un acto de resignación ni de pesimismo, sino la puerta de entrada a la verdadera humildad y a la cordura filosófica. La antropología, la arqueología y la filosofía son disciplinas imprescindibles porque actúan como antídotos contra la soberbia del «yo» moderno. Nos obligan a mirar hacia atrás no con la distancia condescendiente del superior, sino con la veneración del heredero.

La antropología nos libera del etnocentrismo y del temporalismo, mostrándonos las mil formas en que la humanidad ha sabido habitar el mundo, amar, sufrir y buscar el sentido. La arqueología nos pone en contacto directo con la fragilidad de nuestras obras de barro y piedra, recordándonos que los imperios más soberbios terminan convertidos en estratos de polvo, pero que el anhelo humano por dejar una huella perdura. Y la filosofía nos demuestra que las grandes preguntas sobre el bien, la justicia, el dolor, la libertad y la muerte son exactamente las mismas que desvelaban a nuestros antepasados en las plazas de Atenas, en los monasterios medievales o a la orilla de un fuego ancestral.

Por desmantelar la falacia del progreso lineal; por devolvernos la capacidad de asombro ante la inteligencia y sensibilidad de quienes caminaron antes que nosotros; por rescatar la dignidad intrínseca de la persona por encima del hacer y del tener; y por recordarnos que somos parte de una inmensa cadena de memoria y esperanza: a la antropología, a la arqueología y a la filosofía, gracias por existir.

“Cada nuevo hallazgo nos golpea con una verdad algo incómoda: no somos muchísimo más originales ni inteligentes que nuestros antepasados. (Constanza V. Paura)

[1]. Lévi-Strauss, Claude. (1962). El pensamiento salvaje. México D.F.: Fondo de Cultura Económica.

[2].  Binford, Lewis R. (1983). En busca del pasado: Descifrando el registro arqueológico. Barcelona: Editorial Crítica.

[3]. Concilio Vaticano II. (1965). Constitución Pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, especialmente el Capítulo I: «La dignidad de la persona humana» (Núms. 12-22).

[4]. Papa León XIII. (1891). Carta Encíclica Rerum novarum sobre la situación de los obreros.

[5].Artículo:https://historia.nationalgeographic.com.es/contexto/arqueologia-gracias-por-existir_26717. Constanza V. Paura.

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