La pregunta que abría este ensayo hace años seguía siendo válida: ¿la situación de nuestros países es todavía la que describió Carlos Marx cuando escribió sobre el materialismo histórico, o ya es apenas una lectura desgastada, repetida por costumbre, de una realidad que cambió mucho más rápido que la teoría? Hoy, con el avance y luego el repliegue de los llamados «gobiernos progresistas» en la región, esa pregunta merece una respuesta más matizada que hace veinte años.
Hablar de Maquiavelo y de Marx en una misma frase sigue siendo pertinente: el primero nos recuerda que el poder se conserva con cálculo, no con virtud; el segundo, que las relaciones económicas moldean la vida política tanto o más que las ideas. Pero la América Latina de 2026 ya no encaja del todo en ninguno de los dos esquemas puros. Lo que se observa, más que una lucha de clases claramente delineada, es un electorado cansado que castiga a quien gobierna, venga de donde venga.
EL CICLO QUE SE CERRÓ: LA MAREA ROSA Y SU DESGASTE
A comienzos de este siglo, la región vivió lo que se llamó la «marea rosa»: gobiernos de izquierda que llegaron prometiendo redistribución, soberanía frente al FMI y una ruptura con el modelo neoliberal de los noventa. Chávez en Venezuela, Kirchner en Argentina, Lula en Brasil, Evo Morales en Bolivia. Muchos de esos gobiernos, en efecto, redujeron la pobreza durante el auge de las materias primas. Pero el ciclo no resistió la caída de precios ni la tentación del poder concentrado. Analistas que han hecho seguimiento del péndulo regional durante 25 años señalan que el desgaste de esos proyectos no fue solo económico, sino también de credibilidad: escándalos de corrupción, desaceleración y el agotamiento de liderazgos carismáticos abrieron paso a un giro conservador que se prolonga hasta hoy.
Ese giro no es uniforme ni definitivo. Politólogos consultados por distintos medios de la región coinciden en algo importante: buena parte de estos resultados no responde tanto a una conversión ideológica del electorado como a un «voto castigo», a un cansancio con quien gobierna, sea de izquierda o de derecha. En 2025 y 2026, Bolivia le dio la espalda a casi veinte años de Movimiento al Socialismo en medio de una crisis de combustibles y escasez; Chile eligió a José Antonio Kast tras la desilusión con un gobierno de Gabriel Boric que no logró cumplir las expectativas de cambio con las que llegó; y Colombia, el país que dio origen a esta reflexión, vivió en 2026 una segunda vuelta presidencial durísima, ganada por el candidato de derecha Abelardo de la Espriella frente al heredero político de Gustavo Petro, en una elección que dejó, en palabras del propio Petro, «un país partido por la mitad».
LOS GOBIERNOS DE IZQUIERDA: PROMESAS QUE LA ECONOMÍA NO SOSTUVO
El diagnóstico de que «la izquierda no ha funcionado» en varios países tiene evidencia real detrás. Venezuela es el caso más extremo: el chavismo, que nació prometiendo justicia social, terminó produciendo una de las mayores crisis migratorias del hemisferio y una economía devastada por el control estatal, la hiperinflación y el aislamiento internacional. Nicaragua siguió un camino parecido, donde el discurso revolucionario sirvió para blindar a una familia en el poder más que para transformar las condiciones materiales de la mayoría. Bolivia, tras casi dos décadas de gobiernos del MAS, terminó su ciclo en medio de una crisis de escasez de combustible y de disputas internas que fragmentaron al propio movimiento. Y en Colombia, el primer gobierno de izquierda de su historia moderna —el de Gustavo Petro— llega a su final con una economía debilitada, con enfrentamientos permanentes entre el Ejecutivo y las demás instituciones, y con un país que, según reconoció el mismo presidente saliente, quedó profundamente dividido.
Ese patrón repite un argumento clásico de la crítica al llamado «socialismo real»: la intención redistributiva choca contra la falta de productividad, contra la fuga de capitales y contra la tentación de concentrar el poder político para sostener el proyecto cuando los resultados económicos no llegan. Ahí Marx sigue siendo útil como diagnóstico —la explotación existe, la concentración de riqueza es real— pero su receta revolucionaria no ha demostrado, en la práctica reciente de la región, ser un camino que mejore la vida material de la mayoría.
LOS GOBIERNOS DE DERECHA: EL ORDEN NO SIEMPRE TRAE BIENESTAR
Sin embargo, sería una simplificación decir que la derecha ha ofrecido la solución. El caso más citado como éxito económico es el de Javier Milei en Argentina, cuyo ajuste fiscal logró frenar una inflación descontrolada, pero a un costo social alto: pérdida de poder adquisitivo, recorte de subsidios y un malestar social que se refleja en protestas recurrentes. En El Salvador, Nayib Bukele redujo dramáticamente la criminalidad, pero lo hizo a costa de un régimen de excepción prolongado, con denuncias documentadas de detenciones masivas sin garantías judiciales, lo que ha generado señalamientos de organismos de derechos humanos sobre el debilitamiento del Estado de derecho. En Chile, el gobierno de Kast apenas comenzó y ya enfrenta protestas y dificultades para cumplir sus promesas de resultados rápidos, el mismo patrón de «luna de miel corta» que desgastó a sus antecesores de izquierda. Y el neoliberalismo de los noventa, el que este mismo ensayo criticaba en su versión original, sigue siendo recordado en buena parte de la región como la raíz de la desigualdad que después capitalizó la izquierda para llegar al poder.
Es decir: ni el estatismo redistributivo ni el mercado desregulado, aplicados sin matices, han logrado por sí solos sacar a la región de su círculo de pobreza, desempleo y desconfianza institucional. Ambos extremos, cuando se aplican como dogma y no como política pública ajustada a cada realidad, terminan chocando contra los mismos límites: la corrupción, la debilidad institucional y la impaciencia de una ciudadanía que ya no vota por identidad ideológica sino contra el desgaste de quien tiene el poder.
UN PÉNDULO SIN SÍNTESIS, TODAVÍA
Lo que atraviesa hoy a América Latina no es tanto la lucha de clases que describió Marx ni el maquiavelismo puro del príncipe que se aferra al poder por cualquier medio, sino algo más parecido a un péndulo fatigado: nueve países de la región tienen hoy gobiernos de derecha y diez de izquierda, y ese equilibrio puede volver a moverse en cualquier elección, porque ninguno de los dos bloques ha logrado ofrecer resultados sostenidos que rompan el ciclo de frustración. Brasil, con Lula buscando un cuarto mandato, y México, con Claudia Sheinbaum, son hoy de los pocos bastiones donde la izquierda conserva capacidad real de gobernar sin el desgaste que se vio en Bolivia, Chile o Colombia; eso demuestra que no existe una regla única, sino trayectorias distintas según la capacidad de cada gobierno de mostrar resultados concretos.
Quizás la lección para releer a Marx y a Maquiavelo en 2026 no sea escoger un bando, sino reconocer que ambos pensadores describieron mecanismos —la lucha por los recursos, la lucha por el poder— que siguen operando, pero que ya no se resuelven con una sola fórmula ideológica. La pregunta ya no es si el fin justifica los medios de la izquierda o de la derecha, sino qué modelo, en cada contexto concreto, logra transformar de verdad las condiciones materiales de vida sin sacrificar las libertades ni las instituciones que deberían protegerlas.
Como escribió Marx: los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintas maneras, cuando el reto verdadero es transformarlo. Casi dos siglos después, América Latina sigue buscando quién lo logre, sin encontrarlo del todo ni en la izquierda ni en la derecha.
Nota: este ensayo refleja un análisis de opinión sobre tendencias políticas actuales, con base en información periodística reciente sobre procesos electorales en Bolivia, Chile, Colombia, Argentina y otros países de la región. Los resultados electorales de Colombia 2026 corresponden al preconteo y escrutinio de la segunda vuelta del 21 de junio; la posesión del nuevo gobierno está prevista para el 7 de agosto de 2026.