JUSTICIA E IMPUNIDAD

Otro de los campos donde la injusticia se revela más crudamente, y en relación más estrecha con la violencia, es el de la Administración de Justicia. Su crisis se percibe, como “de fondo”, en todos sus campos: en sus códigos legales; en sus sistemas administrativos; en la ética de sus funcionarios; en sus patrones de eficiencia; en el sistema penitenciario.  La crisis de la justicia hay que identificarla desde niveles muy profundos: arranca  de un divorcio consciente entre Justicia y Etica. Sin discutir los valores de la doctrina Kelseniana del Derecho, que hizo laudables esfuerzos por traducir a procedimientos objetivos el ideal de la imparcialidad, su insistencia en independizar el Derecho de todo sistema moral pudo llevar a los profesionales del mismo a jugar con los expedientes como depositarios  exclusivos de “una Verdad Procesal”, aislada de la tragedia social que les contextúa y aislada de su propia implicación ética en los desarrollos y consecuencias de su ejercicio judicial. Y en un contexto de alto riesgo, como el que viven la Justicia y muchas actividades en Colombia, debido a la proyección sobre ellas de una violencia generalizada, el ejercicio judicial se ampara en esa verdad-procesal-sin-implicaciones-éticas, no solo para evitar riesgos personales, sino también para hacer caso omiso de las violencias y manipulaciones que se ejerzan sobre el mismo expediente, sobre las pruebas, sobre los testigos, sobre las víctimas, sobre las personas o comunidades afectadas, remitiéndose a una cierta “prohibición” de tener en cuenta, en algún grado cualquier elemento extraprocesal.

La justicia en Colombia, se asimila a un extraordinario juego de mesa, cuyas reglas deslumbraron a varias generaciones, en cuanto inteligentemente pensadas para que las fichas marcadas con la V de “verdad” salieran la mayoría de las veces gananciosas, pero dichas reglas fueron siendo invalidadas progresivamente por astutas trampas, para impedir que las fichas –V volvieran a ganar. Es un juego trampeado, inhabilitado ya para producir verdad o justicia.

Cualquier negociación de Paz tendrá que enfrentar el problema de la Justicia. Y la Justicia, en Colombia, hay que reinventarla desde un grado cero. No nos sirven los diagnósticos de otros países ni de teóricos internacionales que han trabajado sobre el supuesto de las mismas reglas que aquí fueron trampeadas.

Para volver a inventar la Justicia hay que regresar a la toma de consciencia de sus objetivos primordiales, apoyados en auténticas necesidades primarias de toda sociedad: la necesidad de la verdad; la necesidad de la sanción (o de mecanismos correctivos de aquello que la destruye), y la necesidad de reparación de lo destruido.

Una negociación de Paz tiene que enfrentar necesariamente los crímenes del pasado, cuya impunidad será el obstáculo más grande para que pueda retornar la Paz.

Debe haber ante todo una GRAN COMISION DE LA VERDAD, ajena al actual poder judicial que solo encubrió esa verdad por décadas. Puesto que investigará Crímenes de Lesa Humanidad, debe involucrar a figuras destacadas de la Comunidad Internacional de indiscutibles ascendientes en “Humanidad”. Dada la cantidad de crímenes y la cantidad de mecanismos para ocultarlos, no debe tener un mandato limitado en el tiempo. Debe asegurársele recursos suficientes para su labor y deben garantizársele mecanismos idóneos  para comunicar al conjunto de la sociedad sus conclusiones y los avances de sus trabajos, con plena independencia de los poderes estatales.

Pero si la Verdad no se traduce en JUSTICIA, de nada serviría. Parte esencial de la Justicia sobre los crímenes del pasado tiene que ser su REPARACION. La versión más reciente de la IMPUNIDAD, adoptada en procesos de paz de otros países, ha sido la de “Perdón y Olvido” del pasado, lo que se esgrime como condiciones de posibilidad de una “reconciliación nacional”. Pero el Perdón solo puede ser legítimo si viene de las víctimas, jamás si viene de los victimarios, de sus instituciones, del Estado o de la sociedad. Por su parte el Olvido ha llegado a ser siempre el fundamento psíquico y social de la reincidencia de acciones y conductas, que por no ser conscientemente elaboradas y socialmente deslegitimadas, se vuelven recurrente  o reiterativas.

La negociación de una Paz auténtica debe llevar pues, necesariamente, a la superación de la impunidad de los Crímenes de Lesa Humanidad, como un primer testimonio de que se quiere reconstruir la Justicia. Sin este testimonio fundamental, no es creíble propósito alguno de construir la Justicia y menos la Paz.

Cuando uno lee las reflexiones de Monseñor Germán Guzmán Campos entiende que el conflicto por el cual atraviesa Colombia no es marginal o casual, que la existencia y la operatividad paraestatal no es accidental y que la anatomía de la violencia refleja ciertos patrones constantes en los últimos períodos de la violencia.

Martín Serrano, plantea un recorrido que está por hacerse, es decir, hay que seguir el camino, con fe y amor, pensando siempre en la luz que guía a un mundo sin luz, en las sombras y ante esta realidad solo pensar como lo expresaba el Papa Pablo VI: “Ser más, tener más, valer más”, este es el verdadero sentido simbólico de la realidad del hombre; o como lo expresaba Leonardo Boff: “Quiera Dios que sigamos pensando en nuestros hermanos y que no perdamos el camino, que es el sentido de solidaridad para con mi prójimo”.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.