CUENTOS DEL ABUELO

imagenesdeabuelitoparaimprimir Recuerdo a mi abuelo contándome cuentos, no de hadas ni magos, sino de fe y de encanto, de arrear mulas por los caminos del eje cafetero, de conversaciones con amigos y compadres, de dormir en fondas y rincones, de contar cuentos hasta el amanecer y al día siguiente volver a comenzar.   Recuerdo que contaba con gracia los ataques de niguas, piojos y otra cantidad de animales, no solo a su cuerpo sino a los asnos y caballos que conformaban su cuadrilla, del ejercicio que representaba alzar la carga y asegurar la misma, y lo placentero de poder llegar a su destino a feliz término.   Recuerdo el sillón viejo en el que se sentaba y me cargaba en sus rodillas, reía a carcajadas y utilizaba términos incomprensibles para mi juventud, mientras yo escuchaba maravillado las aventuras de la travesía, las lámparas que no encendían o el agotamiento del kerosene, las largas conversaciones con la abuela acerca del porvenir de la prole y la evaluación de lo que habían levantado juntos, de los pájaros que cantaban en la mañana y de las sombras que se veían en la noche jugando a identificar figuras míticas o reales.   Entendí que todo en la vida es un malabarismo inagotable, vueltas van y vienen,  rodeos de términos o encendidas de luces inintelegibles, cuentos de libros inexistentes e ilustraciones inventadas como el mejor de los imaginarios colectivos, historias arrancadas de cuentos innovados desde la frescura y comodidad del sillón casi mágico, con brazos de madera carcomida por el uso a través del tiempo, descolorido ya de tanto usarse.   Cuantas veces lo oí reír a carcajada sonora, indicando que la vida a pesar de ser complicada también tiene momentos de felicidad y dicha, tal vez se acordaba de los cuentos mozos o de las mentiras que me narraba tan solo por verme sonreír y creer en él. Castillos de papel construidos con filigranas de oro o cuentos espantosos sin filtro y macabras ideas respaldados en la Pata Sola, la Risa Loca o en el loco del pueblo, y lo que yo más quería era que continuara desde el desentierro del rey hasta su ascensión al cielo, de las figuras de héroes no reales parecía un narrador de cuentos interminable. Sin embargo la vida va y viene, los años pasan y no se quedan, las enfermedades llegan sin cura y fue precisamente una de estas la que acabó con el contador de cuentos, con el personaje que se paraba en las esquinas a conversar con sus amigos longevos algunos y otros no tanto, que se quedaba dormido en una de las sillas del parque Gaitán su sitio preferido a donde lo íbamos a buscar cuando lo sentíamos perdido, a quien le pedíamos dinero para comprar golosinas y solo nos obsequiaba algunas monedas con una sonrisa de malicia y ternura.   Fueron sus enseñanzas lecciones de vida, nada de barcos de papel ni ríos imaginarios todo estaba en el sendero que teníamos trazado, no había destino solo lo que estaba en la mano, no había imaginación solo la percepción real del colectivo inconsciente, dignidad a toda costa con ganancia vivencial, nada es gratis en este mundo y menos en el universo.   La historia de libertad fue su más grande mensaje, no había predicados ni sujetos solamente la claridad de la opinión, las anécdotas tienen su valor que conllevan a la reflexión permanente que es el saber que existimos, nada de bromas ni títulos no obtenidos, solamente una mezcla de aromas, de café recién tostado y mañanas de domingo hacia la iglesia para acrecentar que el hombre no está solo, que necesita de los demás y ejemplos de vida sin mancha esa es la finalidad del ocupar el tiempo y el espacio donde nos encontramos.

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