DE LA NUEVA POBREZA

“La toma de conciencia de la fragilidad y caducidad de la vida,

¡expondrá a los hombres a fijarse nuevas prioridades!” (D. Grossman)

Surgen interrogantes acerca de la conciencia del ser humano, frente a los diferentes fenómenos que se nos presentan y estamos pasando por una experiencia única los habitantes de este siglo; y dado el entramado social, estamos encerrados unos por convicción, otros a la fuerza y algunos por imposición pegados de la tecnología como el único medio que permite conocer lo que sucede en el exterior de nuestras viviendas.

 

Estar conectados todo el día es un proceso miserable, unos al televisor de marca, el último celular, al computador portátil, a una red de internet de alta velocidad, para sacarle el mayor jugo a este dispositivo, interactuando en redes sociales, pagando planes para ver películas etc., o a lo mejor para conocer lo que sucede al instante en cualquier lugar del universo.

 

Nos la pasamos conectados, olvidando aquellos momentos de paz y tranquilidad tan sencillos como el estar tirados en el pasto dejando la vida pasar, identificando figuras en las nubes o conversando con nosotros mismos; de ahí que de la pobreza física pasamos a la espiritual. Cuándo nos preguntamos por nuestros gustos, ideales o proyectos, nos dejamos envolver por eso, pues “internet tumbó las fronteras del mundo, democratizó la información, pero es raro porque al mismo tiempo después de gastar muchas horas navegando, quedamos con la sensación de que en internet no ocurre nada” (Adolfo Zableh), mirando páginas y perdiendo el sentido o buscando en WhatsApp un mensaje que nos salve vida o en twitter amigos inexistentes.

 

Esa nueva pobreza nos hace llevar hasta al baño no solo el portátil, sino el celular, esos aditamentos que dejaron de ser un lujo, pues hay de todas las marcas, tamaños y especificaciones para invadir nuestra conciencia y localización terrenal como consecuencia de esa soledad social que se presenta en la modernidad, que afecta nuestras relaciones no solo de familia, laborales y hasta sentimentales. Ese encierro gracias a un fenómeno externo al individuo, implica la llegada de una nueva forma de vida, una en donde lo material se ha impuesto y ha degenerado la razón de ser del humano.

 

 

 

 

El velo ilusionista y el maquillaje hipócrita se ha apoderado de nuestros pensamientos e ideales, esa posición terrenal a la que se refería Edgar Morin está siendo diezmada por la sociedad, por la angustia existencial llena de miedos y temores, ya que desconocemos en dónde radica la solución, pero al mismo tiempo cuando la situación es buena se debe disfrutar, y si es mala hay que transformarla y si esta no se deja transformar, entonces nos corresponde transformarnos, buscar desde el interior todo aquello que nos lleva a la felicidad, al logro de proyectos y metas, pues es de la única manera en que nos podemos sostener en este encierro, en ese aislamiento preventivo obligatorio no físico sino espiritual, pues algo bueno tendrá que venir.

 

No podemos seguir viviendo en este planeta con ese silencio indefendible y despiadado, que, orada los cimientos desde lo social a lo familiar, es la hora de encontrarnos como seres humanos, reconocer al otro, pero al mismo tiempo encontrar la solución a aquellos fenómenos que vienen y que saltan a la vista, y requieren de un esfuerzo mancomunado para hacer sostenible nuestro terruño, pero al mismo tiempo identificar esa realidad que nos permita quitar ese control que no nos deja madurar como individuos.

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