UNA CARRERA PARA DESCUBIR TU PASION

“La resiliencia es nuestra herencia genética compartida” (E. Gilbert)

La época nos muestra una sociedad ansiosa, y temerosa no solo por las afectaciones naturales o fenómenos naturales, en búsqueda de esperanza y compasión dentro de este presente abrumador en el que aceptamos el dolor como causa natural, bien por hechos provenientes del espíritu o de agentes externos.

 

Vivimos en unos días de locura, si locos, locos de tantas emociones encontradas, de momentos realmente difíciles, tratando de preguntarnos si el miedo nos deja ser creativos, del porqué no pensamos con creatividad o qué nos abruma que no nos deja explotar ese genio de la imaginación que todos llevamos dentro y que debido al aislamiento de muchas personas trae en consecuencia emociones también muy difíciles, como esa libertad coartada y autoimpuesta; esto nos lleva a recordar palabras como ansiedad, soledad, curiosidad, imaginación, creatividad, procrastinación y muchas otras que devienen precisamente de esa nueva forma de vivir y convivir.

 

Estábamos preparados para subsistir con las acepciones antes citadas como nuevo léxico social, familiar o profesional y vemos que tratamos de descubrir cómo el mundo volvería a ser, que complacería nuestros caprichos y nos dimos cuenta que increíblemente estamos decepcionados, que no podíamos ganar pues no entendíamos el juego, ese juego que dirige el cómo construimos nuestro pensamiento, cómo edificamos nuestra familia y cómo construimos nuestro trabajo; y encontramos que estamos nadando contra la corriente, pues todo ello no tiene esa coherencia de la que hablaba Zenón de Citio, y la contradicción entre el decir y el hacer.

 

La idea radica en moldearse a sí mismo al comprender que se ha perdido la vocación y la tarea es encontrar la manera de obtener la vocación, esa que se ha desligado de la vida y trabajo rutinario, por la falta de coherencia entre las políticas administrativas y estratégicas pero al mismo tiempo no tener esa independencia en la inspiración pues casi siempre contamos con el concepto y voto de otro, la aceptación y manejo de personas de nivel superior que no dejan sobrevivir la creatividad y de ese éxito inesperado.

 

Vamos de fracaso en fracaso, sin moldear la personalidad para ser libre o se asome el verdadero ser que anida en nosotros (W. Riso), por lo que el orientar al ser humano, ese yo interior, nos lleva a ser felices hacia la meta, en donde el placer surge mientras vamos andando; rompiendo ese hechizo que nos regrese a nuestra casa bien sitio de trabajo, vivienda etc., aliviando esos huracanes de resultados negativos, para poder vivir legítimamente.

 

Emociones difíciles que se llenan con misericordia y compasión, cuando creemos que acumulamos emociones malsanas que alimentan la despreocupación productiva, o esa necesidad de buscar la paz interior para servir al mundo de una manera mejor, es decir un antídoto, esa dosis cálida de querer algo desesperadamente, esto es, conocer la autarquía (capacidad de gobernarse a sí mismo), o “sí solo deseo lo que depende de mí, ¿quién podrá esclavizarme?” (ibíd.), para ajustar mi libertad con esa reciprocidad que el otro hará lo mismo.

 

Una dicotomía entre carrera y pasión, una de fuerza y otra de esfuerzo, para determinar hacía dónde voy, desarrollar lo que somos de la mejor manera para pensar que somos la suma de todos mis miedos, mis temores, mis angustias en búsqueda de la perfección en donde “la virtud perfecciona cada cosa haciéndola ser lo que debe ser y de la mejor manera posible.” (Sócrates)

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