HABILIDADES VS. INNOVACIÓN III: CUANDO TU TALENTO DECIDE ENCENDERSE

   “Algunos humanos harían lo que fuera por ver si era posible. Si se colocara un interruptor grande en alguna cueva, con un letrero que dijera «Interruptor del Fin del Mundo. NO TOCAR», la pintura ni siquiera tendría tiempo de secarse” (Terry Pratchett)

Hay discursos que se escuchan y se olvidan, y hay otros que se quedan viviendo dentro de uno. El de Steve Jobs en Stanford, en 2005, pertenece a la segunda categoría. Sus tres historias no eran solo anécdotas: eran una invitación directa a mirar la propia vida con honestidad, a unir los puntos hacia atrás, a no conformarse con una existencia sin sentido y a mirar la muerte no como amenaza, sino como recordatorio urgente de que el tiempo es limitado.

Mientras tanto, lejos de Stanford y más cerca de nosotros, en Pereira, un joven guitarrista llamado Andrés Felipe Palacios se subía a un escenario y dejaba que su talento hablara por él. Cuando ganó el Concurso Nacional de Música Andina Colombiana Zue de Oro, no solo obtuvo un premio: nos recordó que en esta tierra hay manos, mentes y corazones capaces de transformar disciplina y sensibilidad en arte. Detrás de cada aplauso hay horas de práctica silenciosa, dudas, miedos y, aun así, la decisión de seguir.​

También está la historia de Andrés Barreto, emprendedor colombiano que, desde muy joven, decidió convertir sus propias necesidades en proyectos innovadores, creando empresas tecnológicas que hoy siguen generando empleo y oportunidades. En entrevistas ha insistido en algo tan simple como profundo: nadie triunfa solo; necesitas un equipo que crea contigo, que quiera resolver problemas reales, que tenga hambre de construir algo que valga la pena.​​

Todas estas historias tienen un punto en común: las habilidades no son solo “cosas que sabemos hacer”, son pedazos de identidad que, cuando encuentran contexto, dirección y apoyo, se convierten en fuerza transformadora. El problema es que, muchas veces, quienes deberían ver ese talento son los primeros en ignorarlo.

En demasiadas organizaciones, los directivos no conocen realmente a su gente. No saben qué les apasiona, en qué son buenos, qué sueñan, qué les duele. Esa ceguera genera desidia, pereza, apatía. La gente no se apaga porque sea mediocre, se apaga porque deja de sentirse vista. Hablar de Dirección Estratégica no es repetir conceptos en un manual; es mirar a los ojos a las personas y preguntarse: ¿qué potencial estoy dejando morir aquí dentro?

Somos como luciérnagas: brillamos cuando nos movemos, cuando nos atrevemos, cuando alguien nos da un espacio para encendernos. Si nos quedamos quietos, por miedo o por falta de oportunidades, la luz se va apagando poco a poco. Y en ese proceso, no solo se pierde un talento; se pierden proyectos, empresas, regiones enteras que podrían haber sido otra cosa.

Cada ser humano nace con megahabilidades, capacidades enormes que a veces ni siquiera sospecha que tiene. La cultura, el sistema, la falta de apoyo muchas veces nos convencen de que no valemos tanto, de que es mejor no arriesgar. Pero cuando una buena dirección gerencial reconoce, forma y acompaña esas habilidades, algo cambia: la gente se endereza, se apropia de su trabajo, deja de “cumplir horario” para empezar a construir.

No es casualidad que nombres como Steve Jobs, Gastón Acurio o Rafael Yuste aparezcan cuando hablamos de innovación. Cada uno, desde su campo, decidió no conformarse con lo que ya estaba dado: uno revolucionó la tecnología cotidiana, otro revalorizó la cocina peruana hasta convertirla en referente mundial, y otro abrió caminos en el estudio del cerebro humano. Detrás de ellos no solo hay genio, hay una combinación de talento, disciplina, contexto educativo y, sobre todo, valentía para pensar distinto.​

Nos han hecho creer que los países ricos son los que tienen petróleo, oro o grandes reservas de agua. Sin embargo, los países verdaderamente prósperos son los que apostaron a su talento humano, a la educación de calidad, a la creatividad y a la innovación como política de vida. Oppenheimer lo resume con una frase contundente: la calidad de la educación es la llave de la economía del conocimiento. Sin esa llave, no hay puerta que se abra.​

Ahí es donde la escuela y la universidad no pueden seguir enseñando solo a memorizar y repetir. La nueva educación tiene que ser una incubadora de innovación, un espejo donde cada estudiante descubra sus habilidades y un laboratorio donde pueda experimentar, equivocarse y volver a intentarlo. Jobs, Acurio y Yuste tienen algo en común: no esperaron a que el sistema les diera permiso; usaron lo que sabían hacer para cambiar su entorno.​

En este punto, la conversación sobre talento e innovación se cruza con algo que Andrés Oppenheimer repite una y otra vez: la educación no puede quedar solo en manos del Estado. Empresarios, líderes empresariales y personas famosas tienen un papel decisivo en cambiar la historia educativa de un país. No se trata solo de donar dinero para una escuela y salir en la foto, sino de usar su influencia para poner la educación en el centro de la agenda pública, financiar movimientos ciudadanos que presionen por mejor calidad educativa, y crear fundaciones y organizaciones sin ánimo de lucro que impulsen la innovación en las aulas. Cuando una figura reconocida decide hablar de educación con la misma fuerza con la que habla de negocios, música o cine, manda un mensaje poderoso a toda la sociedad: estudiar, investigar y crear importa, y es tan aspiracional como ser famoso. Oppenheimer lo resume con crudeza: si los empresarios y las élites no se involucran activamente —no solo con recursos, sino con voz, ejemplo y presión política—, la brecha educativa seguirá asegurando que “siempre se beneficien los mismos”

Vivimos en una era en la que la tecnología y el conocimiento ya no pueden ir por caminos separados. La sociedad necesita ojos críticos para ver lo que no funciona, y voces valientes para decirlo. Por eso duele cuando los gobernantes prefieren invertir en soluciones rápidas y superficiales, en lugar de apostar por parques científicos, centros de investigación y ecosistemas de innovación que puedan cambiar de raíz la historia de un país.

La innovación, durante mucho tiempo, fue cosa de unos pocos: laboratorios lejanos, empresas gigantes, países del “primer mundo”. La globalización empezó a romper ese muro, y hoy cualquier idea nacida en un garaje, en una vereda o en un aula de Pereira puede hacerse grande. Innovar ya no es un privilegio; es una posibilidad real para quien se atreve a pensar distinto y persevera cuando los demás se rinden.

Los innovadores suelen ser personas incómodas para el sistema: no le tienen miedo al fracaso, lo utilizan como materia prima para su siguiente intento. Algunos se han quebrado varias veces, han perdido dinero, han sido juzgados y señalados, pero no han renunciado a esa idea que sienten casi como una misión personal. Y, cuando finalmente lo logran, no solo ganan ellos: gana su comunidad, su ciudad, su país.

El corazón de la innovación está en el talento de la gente y en las oportunidades que le damos para florecer. Hace falta inversión económica, sí, pero también hace falta confianza, tiempo, paciencia y una mirada política que entienda que innovar no es un lujo, sino una urgencia. Cuando un Estado recorta presupuestos en ciencia, tecnología y educación, está recortando su futuro.

Colombia todavía va muy atrás en los índices de innovación e investigación, y eso se siente en la vida cotidiana: en los jóvenes que se van, en los proyectos que nunca despegan, en las ideas que mueren en un cajón. Pero también es cierto que, desde la academia, desde las empresas, desde las aulas de colegio, podemos empezar a cambiar esa historia. Cada profesor que anima a sus estudiantes a crear, cada gerente que confía en la idea de un colaborador joven, está encendiendo una luciérnaga más.

Al final, quizá las circunstancias sí traen peligro, pero el miedo lo fabricamos nosotros. No sabemos si lograremos transformar el mundo entero, pero sí podemos transformar el pedazo de mundo que tenemos entre manos: nuestra aula, nuestro equipo, nuestra empresa, nuestra ciudad. Y, como decía Terry Pratchett, tal vez los “dioses” desconfían de la gente que piensa demasiado; justamente por eso, pensar, cuestionar e innovar es un acto profundamente humano.​

La pregunta es simple y brutal: ¿vas a seguir apagado, esperando que otro decida por ti, o vas a encender tu propia luz y la de quienes te rodean? Un país que innova se desarrolla y avanza. Una persona que reconoce su talento, lo cultiva y lo pone al servicio de los demás, también. Quizá no podamos cambiar el mundo de golpe, pero hoy, desde donde estás, puedes empezar a cambiar algo. Y eso, muchas veces, es el verdadero comienzo de toda revolución

2 pensamientos en “HABILIDADES VS. INNOVACIÓN III: CUANDO TU TALENTO DECIDE ENCENDERSE

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *