HACIA UNA RESURRECCIÓN SOCIAL II

 Entre la muerte de las ideas y la posibilidad de reconstruir nuestra forma de vida

«Entre el silencio, la apatía, la indignación y la frustración, la muerte de las ideas requiere un milagro llamado resurrección» (J. C. Henríquez)

Una sociedad que empieza a morir en silencio

Hablar de resurrección social puede sonar, a primera vista, como una expresión religiosa trasladada a la vida pública. Pero la palabra admite otra lectura, ética, política y antropológica: la posibilidad de que una sociedad, después de atravesar profundas crisis, vuelva a preguntarse quién es, qué valores la sostienen y qué clase de ser humano quiere formar.

Una sociedad no muere solo cuando caen sus instituciones. Empieza a morir antes: cuando la indiferencia sustituye a la solidaridad, cuando la mentira se vuelve estrategia, cuando la violencia se normaliza, cuando la política se convierte en espectáculo y las ideas dejan de discutirse con argumentos para ser destruidas junto con quienes las pronuncian. Ya no debatimos para acercarnos a una verdad posible, sino para demostrar que el otro está equivocado. Y una sociedad que deja de escucharse empieza a perder el lenguaje necesario para reconocerse.

Quizá nuestra mayor crisis no sea la ausencia de ideas, sino la incapacidad de escucharlas.

¿Qué significa resucitar socialmente?

Resucitar no es regresar a un pasado idealizado ni cambiar unos gobernantes por otros. Es transformar la manera en que nos relacionamos con los demás y con nosotros mismos: recuperar la confianza, la responsabilidad, la solidaridad y el reconocimiento del otro como semejante. Esa tarea tiene tres dimensiones que se sostienen entre sí.

Ética, porque exige reconocer al otro en su vulnerabilidad y asumir que nuestras decisiones tienen consecuencias sobre la vida ajena.

Política, porque implica cuestionar las estructuras que producen exclusión y desigualdad, y devolverle a la política su sentido de construcción colectiva, no de simple conquista del poder.

Antropológica, porque el ser humano no existe aislado: se forma dentro de una comunidad, de un lenguaje, de unas costumbres que determinan cómo comprende el mundo. Ninguna de las tres dimensiones se sostiene sola; una sociedad sana solo es posible si las tres se cumplen a la vez.

De ahí la pregunta que atraviesa todo lo demás: ¿puede cambiar la sociedad un individuo que no está dispuesto a transformarse a sí mismo?

Wittgenstein: del límite del lenguaje a la forma de vida

Ludwig Wittgenstein nunca habló, en sentido estricto, de «resurrección social». Pero su filosofía del lenguaje ofrece una clave para pensarla. En el Tractatus Logico-Philosophicus escribió que «los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo»: lo que podemos pensar y comprender está determinado por lo que somos capaces de expresar. Trasladada a lo social, la idea resulta incómoda: si una comunidad solo dispone de las palabras gastadas de siempre —consignas, insultos, eslóganes—, su mundo posible queda igual de gastado.

Años después, en las Investigaciones filosóficas, Wittgenstein transformó radicalmente esa mirada: el significado de una palabra ya no depende de una relación abstracta, sino del uso que le damos dentro de una actividad compartida, de una forma de vida. Esta idea es decisiva para la resurrección social, porque si el lenguaje está incorporado a nuestra forma de vida, no basta con cambiar las palabras: hay que cambiar las prácticas que les dan sentido. Podemos hablar de justicia y actuar injustamente; podemos invocar la solidaridad y permanecer indiferentes; podemos defender la democracia y tratar al adversario como enemigo. Una sociedad puede conservar un lenguaje noble mientras su forma de vida lo contradice a diario. La transformación real empieza solo cuando lo que decimos y cómo vivimos vuelven a coincidir.

La otra sentencia célebre del Tractatus, «de lo que no se puede hablar, hay que guardar silencio», también admite esta lectura social: no todo silencio es igual. Hay un silencio reflexivo, que reconoce los límites de lo decible, y hay un silencio cómplice, que simplemente evade el conflicto por comodidad y deja que la injusticia continúe. La resurrección social no necesita más discurso: necesita saber qué decir, cómo decirlo, y cuándo el lenguaje debe dar paso a la acción.

El espejo que evitamos

Aquí aparece la contradicción más profunda de nuestro tiempo: queremos cambiar las instituciones, los gobiernos, las leyes, la sociedad entera —pero pocas veces nos preguntamos si estamos dispuestos a cambiar nosotros mismos. Exigimos justicia sin preguntarnos si somos justos; reclamamos transparencia sin serlo; denunciamos la corrupción ajena mientras toleramos nuestros propios pequeños privilegios; pedimos líderes distintos sin advertir que reproducimos, a escala menor, las mismas prácticas que criticamos.

En Colombia, y en buena parte de Latinoamérica, esta pregunta no es abstracta: la violencia contra los líderes sociales, la expansión del crimen organizado y la desconfianza institucional muestran una sociedad que sabe diagnosticar su crisis, pero que rara vez traduce ese diagnóstico en transformación personal. El individualismo llevado al extremo termina confundiendo la libertad con la indiferencia: la crítica sin compromiso se vuelve cinismo, la indignación sin acción se vuelve espectáculo, y la política sin ética se reduce a mera administración del poder.

No existe transformación colectiva auténtica si cada individuo espera que sean los demás quienes cambien primero.

Qué debe morir para que algo pueda resucitar

Si tomamos en serio la idea de resurrección, debemos aceptar que no todo lo que existe merece conservarse. Debe morir la indiferencia. Debe morir la idea de que el adversario político es, por definición, un enemigo. Debe morir la manipulación de la verdad y la normalización de la violencia. Debe morir la confusión entre popularidad y legitimidad, y el uso de la moral como arma para descalificar al otro. Debe morir, sobre todo, la comodidad de quien espera que la transformación empiece siempre en otra parte.

Y, al mismo tiempo, deben resucitar otras posibilidades: la capacidad de escuchar, la responsabilidad, la solidaridad, la deliberación, el reconocimiento del propio error. Ninguna sociedad puede reconstruirse si sus miembros no están dispuestos a reconstruirse a sí mismos.

La resurrección comienza en primera persona

Solemos imaginar que la transformación social empieza siempre desde arriba: esperamos al nuevo gobernante, a la nueva ley, al nuevo liderazgo que venga a reparar lo que entre todos hemos contribuido a deteriorar. Pero la pregunta que de verdad incómoda —y por eso mismo es la que importa— es otra: ¿qué estoy dispuesto a transformar en mí para que la sociedad de la que hago parte pueda transformarse?

Si tomamos en serio la idea wittgensteiniana de que el lenguaje es inseparable de nuestra forma de vida, entonces una sociedad distinta no se construye pronunciando palabras nuevas, sino produciendo nuevas maneras de tratar al desconocido, de hablar de quien piensa diferente, de usar el poder —por pequeño que sea— y de actuar cuando nadie nos observa. Las grandes transformaciones históricas empiezan casi siempre en decisiones pequeñas.

La resurrección social no será un milagro que llegue desde afuera: será una construcción humana. Ética, porque exige responsabilidad. Política, porque transforma relaciones de poder. Antropológica, porque obliga al ser humano a preguntarse quién quiere ser. Y cultural, porque cambia las formas en que aprendemos a convivir. Cambiar el mundo sin cambiar al ser humano que lo habita solo produce una nueva versión de los mismos errores: una sociedad que cambia de nombres, de gobernantes y de discursos, pero sigue siendo, en el fondo, la misma.

Por eso pedimos ya una resurrección social. No para volver al pasado, ni para reemplazar una imposición por otra, sino para recuperar la posibilidad de vivir juntos, reconociendo que el otro también tiene dignidad y que nuestras palabras y acciones construyen, todos los días, el mundo que decimos querer transformar.

¿Cómo podemos pretender transformar la sociedad si no estamos dispuestos a transformarnos nosotros mismos?

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