TIEMPO Y OCIO III Una mirada integradora

TIEMPO Y OCIO III – Una Mirada Integradora

     «Las representaciones del tiempo son componentes esenciales de la conciencia social; el tiempo ocupa un primer plano en la concepción del mundo que caracteriza a tal o cual cultura» (A. Y. Gurevitch, El tiempo como problema cultural).

I. EL VALOR QUE LE DAMOS AL TIEMPO Y AL OCIO

Es el ser humano, en su dimensión más propia, quien otorga valor tanto al tiempo como al ocio, y quien decide a cuál de los dos concede mayor importancia, sabiendo que entre ambos existe una relación simbiótica. Es también quien determina qué parte de ese tiempo se convierte en tiempo que aparentemente no produce nada —lo que solemos llamar ocio— y quien permite que ese tiempo transcurra, lento e inexorable, a través de su existencia.

Ya la filosofía antigua había advertido que esta distinción no es tan simple como parece. Lejos de ser un desperdicio, el ocio bien entendido fue considerado por Aristóteles[1] como el fin mismo hacia el que se orienta toda actividad humana. Con el paso de las décadas, sin embargo, el valor otorgado a uno y otro ha cambiado de signo: el tiempo se entendió tradicionalmente como aquello que se invierte en ser productivos y en adquirir conocimiento, mientras que el ocio se relegó a lo que se pierde, a veces sin mayor trascendencia ni resultados visibles. De esa tensión histórica nace la definición contemporánea de ocio: el tiempo libre que se usa de forma voluntaria para descansar, divertirse o crecer como persona, sin obligación alguna.

Conviene, sin embargo, no confundir los dos conceptos, pues la diferencia entre ellos es notable:

  • Tiempo libre: son las horas que quedan disponibles una vez terminados el trabajo, el estudio y las tareas del hogar.
  • Ocio: es la forma en que decidimos ocupar esas horas libres, haciendo algo que nos produce placer y alegría.

La época moderna, con su propia evolución y comprensión social, ha permitido distinguir además varios tipos de ocio:

  • Ocio activo: implica movimiento o esfuerzo mental para aprender algo nuevo, como practicar un deporte, bailar o leer.
  • Ocio pasivo: es un descanso más tranquilo, en el que basta con recibir un estímulo, como ver una serie o escuchar música.

II. LAS CAUSAS DE UN OCIO SIN RUMBO

Las causas de que el ocio se viva, muchas veces, sin rumbo ni justificación no son otras que el propio estado de la sociedad: la falta de salidas institucionales, la ausencia de políticas económicas y educativas coherentes, y una tecnología que nos absorbe cada vez más. Preferimos pasar largas horas frente al televisor, el computador o Internet, dejando transcurrir la vida sin más explicación que la comodidad del momento. Ya Séneca advertía que no es el tiempo el que escasea, sino nuestra manera de malgastarlo[2]; cabría preguntarse, entonces, qué es lo que lleva al hombre contemporáneo a perder su norte, o a buscar su identidad en culturas ajenas, olvidando su propio origen.

La libertad de pensamiento y el libre albedrío son inherentes a la existencia del individuo, pero nos hemos apegado más a elementos externos que a nuestra propia intimidad. Vivimos una época en que la inestabilidad social nos empuja a límites insospechados: aumentan los trastornos mentales, los síndromes depresivos y los síntomas de estrés. Un Estado permisivo, unos índices de desempleo que no ceden, unas políticas económicas que no reflejan la realidad del país y un sistema de salud inequitativo completan un panorama en el que la tecnología, lejos de aliviarnos, termina por someternos bajo la ley del menor esfuerzo.

III. LA VALENTÍA DE TRANSFORMARSE

Frente a ese panorama surge, no obstante, otra lectura posible del tiempo: la de las grandes transformaciones, tanto en el plano personal como en el empresarial. Las ideas innovadoras de quienes se atreven a nadar contra la corriente definen hoy perfiles ejecutivos, dirigentes fuertes y líderes que no temen identificarse con su propia forma —a veces poco convencional— de ver el mundo.

Esa cuota de «locura» que acompaña al ser humano en tiempos de personajes redondos, cuadrados o multiformes no es un defecto sino un motor: son quienes cambian y empujan a la raza humana hacia adelante. Entre el análisis riguroso, la diversión y la atención puesta en construir un escenario propio, buscamos la sostenibilidad como requisito indispensable para mantenernos dentro de un mundo social rígidamente disciplinado.

De ahí surge una propuesta valiosa: aprender a ser «un poco locos», es decir, dejar el hipermovimiento constante y aprender a vivir el momento presente sin temor al mañana; recordar el pasado, planificar el futuro, pero habitar plenamente ese presente continuo en el que, al final, buscamos alguna forma de gratificación.

Estamos conectados con la hora, con el tiempo y con la rotación misma de la tierra, pensando en instantes que resuenan al transmitir nuestras ideas. Pasamos de la tensión a la participación, de la información a la inspiración, del ruido al silencio que a veces reemplaza mejor a la palabra. Buscamos el respeto a través del amor, y un retorno a esa ecuación olvidada entre el poder emocional y la calma cotidiana.

Asumimos, muchas veces, posiciones contrarias a nuestra propia naturaleza; sostenemos debates poco clarificadores que nos hacen perder el punto de vista. Pero también existe un proceso de pensamiento que puede llevarnos al éxito —a ese lugar que algunos llaman Nirvana— y que pasa por encontrar un sentido de propósito. Ese «tengo un sueño» que orienta la vida, que cambia el mundo, que convierte planes y estrategias en hojas escritas en la mente, es el que nos permite desarrollar la empresa de la propia existencia, sintonizando resultados con propósitos.

IV. POR QUÉ EL TIEMPO Y EL OCIO IMPORTAN

Más allá de la reflexión filosófica, existen razones concretas —respaldadas por distintas teorías, tendencias y decisiones humanas— que explican por qué el tiempo y el ocio son importantes. Ya en el siglo XX, Josef Pieper reivindicó el ocio como fundamento de la cultura frente a una visión meramente utilitarista del ser humano[3], mientras que Bertrand Russell defendió un tiempo libre bien distribuido como condición para la creatividad y la civilización misma[4]. Entre los beneficios más reconocidos hoy, se destacan:

  • Bajan el nivel de estrés del cuerpo.
  • Cuidan la salud mental y previenen la tristeza profunda.
  • Ayudan a crear nuevas ideas y mejoran el ánimo.

CONCLUSIÓN: LA CONFIANZA GANADA PARA DECIDIR

El concepto de tiempo y ocio ha evolucionado, en el fondo, porque el ser humano ha evolucionado en la forma de otorgarles valor. Ya no basta con oponer un tiempo «productivo» a un tiempo «vacío»: hoy reconocemos que ambos —el tiempo dedicado al trabajo y al conocimiento, y el tiempo dedicado al descanso, la diversión o el crecimiento personal— responden a una misma necesidad humana de sentido y de equilibrio.

Esa evolución conceptual es, sobre todo, una evolución de la confianza. El ser humano ha ganado, con el paso del tiempo, la seguridad para decidir por sí mismo cuánto de su vida dedica a producir y cuánto a disfrutar, sin que ello implique culpa ni desperdicio. Ha comprendido que perder el tiempo practicando el ocio no es necesariamente perder la creatividad, sino, muchas veces, la condición misma para recuperarla; que ser «un poco loco» y vivir el presente no es renunciar al futuro, sino la manera de habitarlo con más lucidez; y que cuidar la salud mental, bajar el estrés y alimentar el cuerpo física y espiritualmente son, al final, las razones profundas por las cuales disfrutamos tanto del tiempo como del ocio.

Por ello, la racionalización entre tiempo y ocio no es otra cosa que la diferencia entre el tipo de persona que deseamos y podemos llegar a ser: una idea transformadora, capaz de resolver aquello que nos hace, al mismo tiempo, cambiantes, alegres y sostenibles en este universo racional que —pese a todo lo que ya sabemos de él— sigue asombrándonos cada día.

 

[1]. Aristóteles, en el libro X de la Ética a Nicómaco, sostiene que trabajamos para poder disfrutar del ocio, y no al revés: la scholé (tiempo libre contemplativo) es, para el filósofo griego, el fin último de toda ocupación humana y la vía hacia la eudaimonía o felicidad plena.

[2]Séneca, en De la brevedad de la vida (55 d.C.), advierte que la vida no es corta en sí misma, sino que la hacemos corta al malgastarla; ni la ociosidad sin sentido ni la ocupación desmedida permiten aprovechar el tiempo, que para el estoico es el único bien verdaderamente propio del hombre.

[3]. Josef Pieper, en El ocio y la vida intelectual (1948), defiende el ocio —de raíz festiva y contemplativa— como uno de los fundamentos de la cultura occidental, frente a una visión utilitarista que reduce el valor humano a lo rentable, eficaz y productivo.

[4]Bertrand Russell, en su ensayo Elogio de la ociosidad (1932), argumenta que la creencia en el trabajo como virtud absoluta ha causado más daño que bien, y que un tiempo libre bien distribuido es condición necesaria para la creatividad, la civilización y una vida verdaderamente lograda.

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