Hace casi cincuenta años, en un aula de bachillerato en Pereira, escribí que la vida era una misión que debía descubrir. Que, si era bueno, me pasarían cosas buenas. Que mi destino era mío y de nadie más. Lo escribí con la seguridad absoluta que solo se tiene a los diecisiete años, cuando todavía no sabemos cuánto no sabemos.
Volví a leer ese texto hace poco. Y descubrí algo incómodo: seguía teniendo razón en lo esencial y equivocado en casi todo lo demás.
Esto es lo que aprendí al releerme.
LA PREGUNTA QUE NUNCA FUE LA CORRECTA
Mi ensayo de 1977 preguntaba: ¿para qué vine a este mundo? Es una pregunta hermosa. También es una trampa. Preguntar «para qué» ya asume que hay un para qué esperándome en algún lugar, como una carta sellada que solo debo encontrar y abrir.
El filósofo francés Jean-François Lyotard le puso nombre a lo que le pasó a esa clase de certezas: dijo que la posmodernidad es, sobre todo, la pérdida de confianza en los grandes relatos que antes explicaban el mundo de una vez y para siempre. Ya no hay un guion universal. Y si no hay guion, tampoco hay un papel esperándome con mi nombre escrito.
Al principio esto suena como una pérdida. No lo es. Es una liberación con letra pequeña: nadie me va a decir para qué existo, así que me toca a mí decidirlo. Y ahí es donde entra la parte más interesante de esta historia.
EXISTIR NO ES LO MISMO QUE DEBER EXISTIR
Aquí va la idea que más me sacudió al pensar de nuevo el tema, y que mi yo de diecisiete años ni siquiera imaginó que hacía falta plantear: que la vida exista, y que sea posible que exista, no significa que deba existir.
Parece un juego de palabras. No lo es. La ciencia explica perfectamente cómo aparece la vida: condiciones químicas correctas, tiempo suficiente, selección natural haciendo su trabajo silencioso durante millones de años. Eso explica el cómo. No explica el para qué debería. El filósofo escocés David Hume lo notó hace casi trescientos años: del hecho de que algo sea de cierta manera, no se sigue lógicamente que deba ser así. Confundir esas dos cosas es uno de los errores de razonamiento más antiguos y más repetidos de la historia del pensamiento.
¿Por qué importa esto para una vida cotidiana, la suya o la mía? Porque significa que el valor de mi vida no me viene regalado por el simple hecho de estar vivo. No se hereda como se hereda el color de ojos. Se construye. Y eso cambia todo lo que sigue.
LO QUE SARTRE Y CAMUS ENTENDIERON ANTES QUE YO
Jean-Paul Sartre lo dijo con una frase que todavía me eriza la piel: estamos condenados a ser libres. Condenados, porque nadie nos preguntó si queríamos existir. Libres, porque una vez aquí, cada cosa que hacemos con nuestra vida es, literalmente, obra nuestra. No hay excusa en la familia, en el barrio, en la mala suerte. Culpar a las circunstancias es, decía Sartre, una forma elegante de mentirnos a nosotros mismos.
Albert Camus fue todavía más lejos y se hizo la pregunta más honesta que puede hacerse un filósofo: ¿vale la pena vivir, sabiendo que el universo no nos debe ninguna explicación? Su respuesta no fue un consuelo barato. Fue una invitación a imaginar feliz a Sísifo —ese personaje mitológico condenado a empujar eternamente una roca cuesta arriba— no a pesar de su condena, sino en medio de ella. El sentido no está esperando al final del camino. Está, si acaso, en la forma de caminarlo.
LA VIDA NO SE PIENSA, SE PRACTICA
Aquí está lo que a mi ensayo adolescente más le faltó, y lo que hoy me parece la pieza clave de todo el rompecabezas: la vida no es un problema que se resuelve pensando. Es una práctica.
Un filósofo estadounidense casi desconocido para el público general, William James, dio en 1895 una conferencia con un título perfecto: ¿Merece la vida ser vivida? Su respuesta fue tan simple como potente: la pregunta no se contesta con un argumento, se contesta viviendo de tal manera que la respuesta se vuelva cierta. Creer que la vida vale la pena nos empuja a actuar de formas que hacen que efectivamente valga la pena. No es autoengaño. Es que hay verdades que solo se vuelven verdad cuando actuamos como si lo fueran.
John Dewey, otro pragmatista, remató la idea: la vida buena no es un lugar al que se llega, es un proceso de crecimiento que nunca termina de crecer. Dejar de crecer —dejar de aprender, de vincularse, de sorprenderse— es la única forma real de estancamiento vital, más allá de la edad que se tenga.
Esto cambia radicalmente la pregunta de mi ensayo original. Ya no es ¿cuál es el sentido de mi vida?, sino ¿qué estoy haciendo hoy que le da sentido? La primera pregunta puede perseguirte toda la vida sin respuesta. La segunda se contesta esta misma tarde.
NADIE LLEGA SOLO NI SE SOSTIENE SOLO
Mi ensayo de 1977 hablaba de un individuo que traza su propio camino, dueño absoluto de su destino. Es una imagen bonita y, lo confieso ahora, bastante incompleta.
La filósofa Judith Butler escribió algo que no puedo dejar de repetirme: todo cuerpo humano es, por naturaleza, expuesto y dependiente de otros. Nadie llega al mundo por sí mismo. Nadie enferma, envejece o atraviesa una pérdida por sí mismo. La independencia total es, en el mejor de los casos, un episodio breve entre dos periodos largos de necesitar a alguien.
El filósofo Alasdair MacIntyre, que había escrito páginas enteras sobre la virtud y el carácter, reconoció después que se le había olvidado lo más obvio: que fuimos criaturas dependientes antes de ser criaturas racionales, y que probablemente volveremos a serlo. Su conclusión es sencilla y devastadora: una vida lograda no es la de quien nunca necesitó a nadie, sino la de quien supo recibir cuidado y también supo darlo.
Esto también reescribe otra de mis certezas de adolescente: que la familia era la única fuente legítima de lo que está bien y lo que está mal. Hoy sabemos —y en esto la sociedad ha cambiado de verdad, y para bien— que muchas ideas heredadas en el seno familiar merecen ser revisadas antes de aceptarse, y que las formas legítimas de familia y de vida son más plurales de lo que aquel muchacho de diecisiete años imaginaba.
EL FINAL TAMBIÉN ES PARTE DEL SENTIDO
Hay una conversación que en 1977 casi nadie tenía en voz alta y que hoy es ineludible: la del final de la vida. El filósofo James Rachels propuso una distinción que me parece luminosa: no es lo mismo la vida biológica —el cuerpo funcionando— que la vida biográfica —la historia, los vínculos, los proyectos que hacen que esa vida sea la de alguien—. Lo que de verdad protegemos cuando decimos que la vida importa, sugiere Rachels, es lo segundo.
Colombia, sin saberlo, empezó a tener esta conversación el mismo año en que yo escribía mi ensayo: la Corte Constitucional reconoció por primera vez que, en ciertas condiciones extremas, decidir sobre el final de la propia vida puede ser un acto de dignidad y no un fracaso moral. Ese debate sigue vivo, evoluciona cada año, y probablemente no tiene una respuesta única y definitiva. Pero plantea la pregunta más honesta de todas: ¿defender la vida significa alargarla a toda costa, o significa respetar lo que esa vida, biográficamente, significó para quien la vivió?
LO QUE SIGUE SIENDO CIERTO
Después de todo este recorrido, uno podría pensar que aquel ensayo de 1977 no dejó nada en pie. No es así. Hay tres cosas que aquel muchacho intuyó bien, aunque no supiera explicarlas del todo.
Que su vida empezó, de verdad, cuando alguien lo miró y lo cuidó, no en el instante abstracto de la concepción. Que hay que perder el miedo a la muerte y vivir cada día como si fuera el primero, una intuición que después encontraría nombre propio en la obra de Martin Heidegger. Y, sobre todo, que hay que ser una persona crítica, capaz de cuestionarse a sí misma.
Esa última idea es, sin ironía, la que hizo posible este mismo texto. Un ensayo que pide pensamiento crítico está pidiendo, entre líneas, que algún día alguien —quizás su mismo autor, treinta años después— lo someta a esa misma exigencia.
PARA CERRAR
No creo que la vida tenga un sentido esperándome en alguna parte, como pensaba a los diecisiete años. Tampoco creo que eso la vuelva menos valiosa. Al contrario: si el sentido no viene incluido de fábrica, entonces cada gesto de cuidado, cada vínculo sostenido, cada tarde bien vivida es, literalmente, lo único que hay. No hay un plan B esperando detrás. Solo hay esto, lo que hacemos con lo que tenemos, y con quienes lo hacemos.
Y eso, cincuenta años después, me parece infinitamente más interesante que cualquier misión predestinada.
Yamile Moncada Galeano
Buen día Diego, excelente texto y análisis, me encantó, me identifique con sus conclusiones y con las citas de otros autores… este ejercicio de evaluar lo que fuimos y pensábamos a los 17, lo que escribió; super interesante y productivo. Nunca le había agradecido por compartirme sus publicaciones, entre los afanes del día a día, en fin… ahora lo estoy haciendo. Feliz tarde Diego. Cordialmente Yamilé.