"FILOSOFÍA, PEDAGOGIA E INVESTIGACIÓN" Diego M. Zuluaga o. Lic. Filosofía y Letras USTA

MIRADAS QUE NO SE CRUZAN: EL RESPETO Y EL DESCONOCIMIENTO DEL OTRO

Posted by: Diego Mario Zuluaga O. on: 4 de noviembre de 2026

   Ensayo sobre una época que confunde el respeto con el aplauso

«La lucha por el respeto se convierte en una lucha por el estatus.»

— Byung-Chul Han, Sin respeto[1]

Vivimos en la época que más habla y menos mira. Nunca hubo tantos medios para expresar una opinión ni tan pocas razones para escuchar la ajena. A esa asimetría la llamamos, con cierto orgullo, libertad de expresión; yo la llamaría, con menos orgullo, orfandad de miradas.

La controversia de la vida exige algo distinto: disposición a argumentar, voluntad de escuchar y capacidad para distinguir entre las ideas que defendemos y nuestra propia identidad. Cuando esas tres condiciones faltan, la convivencia con el otro se resiente justo donde más importa: en el respeto de los derechos y de la relación social. Y lo más grave es que el irrespeto se ha normalizado.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han ha advertido que esta conducta es el síntoma de una época que pierde el respeto.[2] Quiero tomar en serio su diagnóstico y proponer, además, una lectura distinta, nacida de mi formación en la tradición humanista de Santo Tomás de Aquino. Mi tesis es esta:

El respeto no se perdió con las redes sociales ni con la política del grito. Comenzó a perderse desde el momento en que el ser humano desconoció al otro: dejó de verlo como persona para verlo como función, como rendimiento, como dato. Doblegado por lo productivo y lo objetivo, sobrevaloró su capacidad de estar en el universo: se creyó capaz de permanecer en el mundo a pesar de la incertidumbre y de la falta de respeto, adaptándose a todo. Esa adaptación sin límite terminó por normalizar el desprecio.

Para defenderla sostendré tres afirmaciones que quizá incomoden:

  1. El irrespeto es, antes que una falta de modales, un desconocimiento: no vemos al otro antes de faltarle.
  2. Nos creímos capaces de adaptarnos a todo, y esa adaptación sin límite es la que normaliza el desprecio.
  3. Respetar a las personas exige poder ser implacables con las ideas.

Son afirmaciones discutibles, y quiero que se discutan.

I. La mirada que reconoce

Respetar viene del latín respicere: volver la mirada, mirar con atención. Para Han, respetar es volver la mirada hacia alguien y sostener la distancia que permite reconocerlo como otro.[3] Hannah Arendt lo pensó como una especie de amistad sin cercanía ni intimidad: la consideración por una persona desde la distancia que el mundo pone entre dos seres humanos.[4] Kant le dio su forma moral: tratar a la humanidad, en uno mismo y en los demás, nunca solo como medio sino siempre también como fin.[5] Y Levinas la llevó al límite: el rostro ajeno me interpela antes de que yo decida si me conviene.[6]

En palabras sencillas: respetar es mirar de nuevo, con atención, a alguien a quien podríamos pasar de largo, y dejarle su espacio.

Han añade que la sociedad digital, hecha de enjambres anónimos y de indignaciones fugaces, erosiona esa distancia y con ella la disposición a soportar lo distinto: tendemos a expulsar lo diferente y a refugiarnos en lo igual a nosotros mismos.[7] Donde no hay distancia no hay otro; solo hay eco.

Hasta aquí Han. Mi mirada, distinta, parte de una pregunta anterior: ¿qué hace falta para que esa mirada sea posible? Mi respuesta es que, antes de la distancia, hace falta el reconocimiento. Para Tomás de Aquino, la persona es lo más perfecto que hay en toda la naturaleza: un ser que existe por sí y no como pieza de otro.[8] Mirar a alguien como persona es verlo así, con una dignidad que no le da el cargo, el éxito ni el aplauso, sino su propia naturaleza. Una mirada que solo guarda la distancia puede ser a la vez fría y cortés; la que reconoce es la que funda el respeto.

Hay, entonces, dos miradas: la que usa, que mide, clasifica y calcula lo que el otro me sirve, y la que contempla, que se detiene ante el otro con asombro. Aristóteles sostenía que la filosofía nace del asombro.[9] Yo diría que el respeto también.

II. Desconocer al otro: la raíz

 

Conviene distinguir ignorar de desconocer. Ignora quien no sabe; desconoce quien, sabiendo, se niega a reconocer. El irrespeto empieza ahí: no en el insulto, sino en el no ver. Antes de faltarle al otro, ya lo hemos suprimido de nuestro horizonte.

¿Por qué ocurre? La tradición tomista tiene un nombre antiguo: soberbia, el apetito desordenado de la propia excelencia.[10] Rousseau describió su versión social: el hombre sociable, siempre fuera de sí, solo sabe existir en la opinión de los demás.[11] Quien necesita el aplauso para saberse alguien no puede permitirse mirar a nadie sin cálculo: cada mirada se vuelve una transacción. Han llama a esto un ego sin frontera: un ego en expansión, que no admite nada fuera de sí y que, por eso, termina cuestionando cualquier autoridad.[12] Es, a mi lectura, la soberbia de siempre con rostro digital.

Hay además una razón de fondo por la que el desconocimiento destruye el respeto. La justicia, decía Tomás, se da siempre hacia otro.[13] Sin alguien distinto de mí no hay justicia ni respeto. El soberbio no tiene otro: solo espejos y rivales.

En palabras sencillas: si no reconozco que frente a mí hay alguien que no soy yo, no puedo deberle nada, ni respeto ni justicia.

III. Lo productivo y lo objetivo: medir a la persona como se mide una cosa

 

Hay una paradoja que me inquieta. Nunca se ha hablado tanto del ser humano, de su talento, de su capital, de su productividad, y nunca ha estado tan desprotegida la persona concreta.

Doblegados por lo productivo y por lo objetivo, aprendimos a medir al ser humano como se mide una cosa: por lo que rinde. Han describe esta sociedad del rendimiento, en la que cada quien vale por lo que logra y por eso la lucha por el respeto se vuelve lucha por el estatus.[14] Los ganadores acumulan admiración; quienes se quedan atrás se sienten fracasados, avergonzados de no cumplir sus propias expectativas, y esa herida suele transformarse en resentimiento y agresión.[15] Cuando el valor está en lo que puedo hacer, quien hace menos vale menos, y quien no produce, no cuenta.

Y aquí aparece la sobrevaloración que quiero señalar. Hemos exaltado la capacidad del ser humano de estar en el universo: de resistir en el mundo a pesar de la incertidumbre, de la falta de respeto, de lo que sea, y de adaptarse en consecuencia. La llamamos fortaleza, resiliencia, éxito. Pero una capacidad de adaptación sin límite tiene un costo: quien se adapta a todo termina por no indignarse ante nada.

En palabras sencillas: hemos confundido ser respetado con ser admirado. El respeto debería ser un piso que todos compartimos; el estatus es una escalera por la que unos suben sobre otros.

IV. Adaptarse a todo: cómo se normaliza lo intolerable

 

¿Cómo llegamos a esta época? La respuesta incómoda es que no llegamos de golpe: nos acostumbramos. Desde la sensibilidad existencial de su narrativa, la escritora argentina Ariana Harwicz sugiere que nos oponemos al mundo cuando las explicaciones que se ofrecen frente a un reconocimiento o un rechazo alteran al público. Esa alteración suele resolverse de dos maneras: la posición desaparece porque nadie la defiende, o es aceptada de forma irracional.[16] Con el respeto ocurrió lo segundo.

Adaptarnos a lo que se nos viene encima y normalizar las conductas violatorias es una estrategia, pero la más pobre. La mayor exige buscar el origen: leer el entorno, entender cómo se forman las cosas y decidir bajo presión sin perder el criterio. Esa estrategia permanece escrita en los libros y casi nunca se usa. Es la diferencia entre soportar y consentir. Tomás de Aquino colocó la paciencia entre las partes de la fortaleza, pero la paciencia soporta el mal sin dejar de llamarlo mal.[17] La resignación, en cambio, lo acepta como si fuera lo normal.

Mientras tanto, el poder cambió de forma y de lugar. Ya no actúa solo con prohibiciones visibles: actúa a través de los entornos que habitamos, de las plataformas que ordenan lo que vemos y de las instituciones que moldean lo que aprendemos a valorar. Esos entornos condicionan lo que somos y lo que alcanzamos a ver del otro.

Cuando el respeto pierde su centro, la acción humana deja de trazar líneas rectas: lo artificial se anticipa a lo vivido, la realidad se vuelve un sistema cambiante sin garantías y la identidad se deshilacha. Las preguntas dejan de aprenderse, los argumentos no consideran otras perspectivas y lo contemplativo cede ante la urgencia. Hemos democratizado la opinión y privatizado la escucha. Hemos confundido reaccionar con pensar.

V. La fragilidad que se disfraza: vergüenza y humillación

 

¿Alguna vez nos hemos sentido tontos entre personas que parecen saber mucho más? Quien se siente pequeño escucha peor, pregunta menos y piensa con más torpeza: nuestra propia sensación de incapacidad nos vuelve, por un momento, menos capaces de lo que somos. Ese instante no pasa inadvertido para los aduladores ni para ciertos líderes, que le ofrecen al disminuido enemigos fáciles y certezas rápidas, y le hacen celebrar como valentía lo que es desprecio por las normas, por los derechos y por los principios del otro. Tomás de Aquino contó la adulación entre los vicios, como contraria a la amistad o afabilidad.[18]

Detrás de esa dinámica Han reconoce algo más hondo: la vergüenza. Retomando al psiquiatra Leon Wurmser, sostiene que respeto y vergüenza se condicionan mutuamente: quien no sabe sentir vergüenza no puede practicar el respeto.[19] Pero distingue dos cosas que se parecen. La vergüenza tradicional corrige y reintegra; la humillación pública de hoy, el shaming y la cancelación, castiga y aniquila, y Han la compara con un linchamiento.[20] Y el humillado no se queda quieto: según Han, bajo la violencia suele esconderse una vergüenza herida.[21]

En palabras sencillas: avergonzarse es sentir que uno falló; ser humillado es que otros te destruyan. La primera experiencia ayuda a mejorar; la segunda solo produce rencor.

La literatura lo ha mostrado con crudeza. En Perder el juicio, Harwicz cuenta la historia de Lisa, una madre extranjera que pierde la custodia de sus hijos y que, rechazada y humillada, cruza el límite de la violencia.[22] Ilustra, a mi lectura, lo que Han sostiene: cuando alguien es degradado sin reparación posible, la humillación no desaparece; cambia de forma.

VI. Ideas sin piedad, personas con respeto

 

Han advierte que, en un debate bien hecho, opinión e identidad permanecen claramente separadas.[23] Cuando se funden, toda objeción se vive como agresión y cada interlocutor como enemigo. La lucha por el respeto deja de serlo y toma otras formas de violencia: a veces callada, como el desdén o la burla; a veces sin explicaciones. El primer daño lo recibe el debate democrático: respetamos cada vez menos la opinión del otro y nos instalamos en posiciones de odio.

De aquí sale mi tercera afirmación, la más polémica: no toda opinión merece respeto; toda persona sí. Una opinión vale lo que valgan sus razones y su verdad; una persona vale por lo que es. Por eso la forma de honrar a una persona es tomar en serio sus razones, incluso para demolerlas. Una sociedad que no puede criticar ideas sin que las personas se sientan aniquiladas no es respetuosa: es frágil.

Se objetará que hay ideas que son, en sí mismas, ataques a la dignidad de otros. Es cierto, y por eso la frontera importa: la idea puede refutarse con todo rigor; lo que nunca puede hacerse es negarle al interlocutor su condición de persona. Refutar es una forma de respeto; humillar, no.

En palabras sencillas: si mi idea soy yo, cada vez que me contradicen me están atacando. Quien puede decir «pienso esto, pero podría equivocarme» es libre para dialogar. Quien no puede, está atrapado.

VII. Defensa incómoda de las máscaras

 

Queda echar mano de lo que hemos aprendido a despreciar: la cortesía, herramienta para encauzar los malos comportamientos sociales. Richard Sennett mostró que las formas y las máscaras sociales permitieron que personas que no se conocían participaran en la vida pública sin fricciones destructivas.[24] Después llegó el culto a la autenticidad, que rechaza los rituales y confunde sinceridad con falta de tacto. Es la época del «yo digo las cosas como son». La brutalidad sincera no es honestidad: es pereza con buena prensa.

Tomás de Aquino la entendió como virtud. Llamó afabilidad a la disposición de tratar con decoro a todos, incluso a los extraños, y la incluyó dentro de la justicia porque, como ella, supone al otro.[25] Su exceso es la adulación; su defecto, el litigio, la disputa por disputar. La cortesía bien entendida no es hipocresía: es justicia en lo pequeño.

A ella se suma la consideración hacia el otro, la alteridad. Rousseau vio en la compasión una repugnancia natural a ver sufrir al semejante.[26] Escuchar es permitir que la existencia del otro nos importe, en lugar de usarlo como espejo o como rival. Y se suma la vergüenza: avergonzarnos de lo que verdaderamente degrada y no de lo que nos humaniza.

VIII. Educar la mirada

 

La mirada se educa, como toda virtud, con hábitos. Propongo cuatro: argumentar con formas, sin humillar; escuchar con consideración, repitiendo lo que el otro dijo hasta que confirme «sí, eso es lo que pienso»; distinguir la idea de la persona; y explorar juntos las condiciones de convivencia: un curso, una familia o un equipo pueden preguntarse qué acuerdos necesitan para discrepar sin dañarse, y escribirlos.

Imaginemos una clase de ética en un colegio colombiano, la semana de una jornada electoral. Dos estudiantes discuten sobre un candidato y, a los pocos minutos, ya no hablan del candidato sino de quién es ignorante o quién está vendido. Un docente que educa la mirada no intenta ganar la discusión: intenta devolverles el reconocimiento. Pide a cada uno que exponga la postura del otro y luego pregunta qué experiencias o datos sostienen la propia. No necesariamente cambiarán de opinión, pero habrán descubierto que pueden tener una sin que sea su identidad, y que quien discrepa sigue siendo una persona.

Volver a reconocer

 

En una economía que monetiza la atención, mirar a alguien sin pedirle nada a cambio es un acto de insubordinación. Por eso el respeto, lejos de ser una virtud blanda de buenos modales, es una de las formas más exigentes de resistencia: reclama tiempo, distancia, humildad y la disposición a salir cambiados de la conversación.

El respeto no se perdió de golpe: lo fuimos cambiando por utilidad, por aplauso y por estatus, y nos adaptamos a su ausencia. Se perdió, como sostuve al comienzo, cuando desconocimos al otro: cuando dejamos de ver a una persona para ver un rendimiento. No nos falta tolerancia, ese permiso desganado para que el otro exista lejos de mí. Nos falta reconocimiento. Y quien no reconoce no respeta; quien no respeta no piensa; y quien no piensa queda a merced de quien le diga cómo mirar y a quién despreciar.

Por eso la pregunta decisiva no es quién nos falta al respeto, sino a quién estamos dejando de reconocer mientras exigimos ser reconocidos. Soportar el mundo tal como es no nos obliga a consentirlo. Y respetar tiene un precio que pocos queremos pagar: renunciar, a veces, a ganar la discusión.

Una sociedad no se mide por lo que produce ni por lo que defiende a gritos, sino por las personas que es capaz de ver.

Para la conversación

 

Invito a discrepar, con argumentos y con cortesía. Cuatro preguntas para empezar:

  1. ¿Reclamamos respeto o reclamamos admiración?
  2. ¿Dónde pondría usted la frontera entre criticar una idea y humillar a una persona?
  3. ¿Hasta dónde debe adaptarse una persona a la falta de respeto antes de que adaptarse sea consentir?
  4. ¿La cortesía es una forma de hipocresía o una forma de justicia?

[1]. Han, Byung-Chul. Sin respeto. Una crisis social. Barcelona: Paidós, 2026. Fragmentos citados a través de «Quien no experimente vergüenza será incapaz de practicar el respeto».

. [2]Gómez Rodríguez, Pilar. «Reseña de Sin respeto, de Byung-Chul Han». Nueva Revista, 26 de octubre de 2026. https://www.nuevarevista.net/sin-respeto-crisis-social-de-byung-chul-han/

[3]. Han, Byung-Chul. En el enjambre. Barcelona: Herder, 2014. Sobre la expulsión de lo distinto.

[4]. Arendt, Hannah. La condición humana (1958). Barcelona: Paidós.

[5]. Kant, Immanuel. Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785).

. [6]Levinas, Emmanuel. Totalidad e infinito (1961).

[7]. Han, Byung-Chul. Ibíd.

[8]. Tomás de Aquino. Suma de Teología, I, q. 29, a. 3.

[9]. Aristóteles. Metafísica, I, 2 (982b).

[10]. Tomás de Aquino. Suma de Teología, II-II, q. 162.

[11]. Rousseau, Jean-Jacques. Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres. 1754.

[12]. Gómez Rodríguez, Pilar, «Reseña de Sin respeto», cit.

[13]. Tomás de Aquino. Suma de Teología, II-II, q. 58, a. 2.

[14]. Han, Byung-Chul, Sin respeto, cit.

[15]. Han, Byung-Chul, Sin respeto, cit. ; Gómez Rodríguez, Pilar, «Reseña de Sin respeto», cit.

[16]. Harwicz, Ariana. Perder el juicio. Barcelona: Anagrama, 2024.

[17]. Tomás de Aquino. Suma de Teología, II-II, q. 136.

[18]. Tomás de Aquino. Op. Cit.

[19]. Han, Byung-Chul, Sin respeto, cit.

[20]. Han, Byung-Chul, Sin respeto, cit.

[21]. Han, Byung-Chul, Sin respeto, cit.

[22]. Harwicz, Ariana, Perder el juicio, cit.

[23]. Gómez Rodríguez, Pilar, «Reseña de Sin respeto», cit.

[24]. Sennett, Richard. El declive del hombre público. Barcelona: Anagrama, 2011 (ed. original, 1977).

[25]. Tomás de Aquino, Suma de Teología, II-II, qq. 114-116, cit.

[26]. Rousseau, Jean-Jacques, Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, cit.

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