"FILOSOFÍA, PEDAGOGIA E INVESTIGACIÓN" Diego M. Zuluaga o. Lic. Filosofía y Letras USTA

PARA SEGUIR SIENDO HUMANOS: LA RESISTENCIA DEL LAZO SOCIAL FRENTE AL NAUFRAGIO COMUNITARIO

Posted by: Diego Mario Zuluaga O. on: 26 de octubre de 2026

     CUANDO DEJAMOS EL “A MÍ TAMBIEN ME DUELE” EN MANOS DE OTROS

“La vida social se divide, analíticamente, entre la reproducción social —la producción, el Estado, las instituciones macro— y la reproducción individual de los seres humanos, es decir, todo lo que cada uno de nosotros hace cada día para seguir siendo un ser humano” (Agnes Heller).

En nuestra contemporaneidad, el escenario ha sufrido una mutación silenciosa e inquietante. Bajo la proclama de concienciar o visibilizar las heridas del presente, hemos terminado por normalizar la expresión “a mí también me duele”, vaciándola, sin embargo, de su densidad ética y de su potencia transformadora. Esta aparente empatía carece de contenidos profundos y de planteamientos capaces de suscitar una verdadera comprensión de aquellas circunstancias que vulneran, día con día, los derechos sociales. Desde la violencia política hasta la fragmentación indiscriminada, el dolor colectivo es absorbido por narrativas estatales que prometen una protección abstracta pero que rara vez ofrecen amparo real. Al delegar la gestión del sufrimiento a estas instancias macro, permitimos que la comprensión de la desdicha ajena devenga en un asunto accesorio y lejano; una realidad sin importancia que contemplamos con distancia, hasta que la tragedia nos toca directamente en la fragilidad de nuestra propia existencia.

Esta indolencia generalizada erosiona los cimientos mismos de la convivencia y el vínculo democrático. Al desentendernos de la suerte común, nos transformamos en seres indiferentes, desprovistos de pena o de gloria, perpetuamente apostados a la espera de soluciones dictadas por otros. El debate público contemporáneo queda así reducido a la degradación institucional y a la polarización partidista, un teatro de sombras donde la aprobación de leyes y decretos responde al cálculo de intereses particulares y a las triquiñuelas de los bandos políticos, antes que a la dignidad del ser humano. Los hechos nos confrontan con una verdad amarga: la extrema vulnerabilidad del hombre frente a realidades que prefiere no conocer o que, conociéndolas, decide ignorar por completo. Como bien advertía Zygmunt Bauman al diagnosticar los males de nuestra era líquida: “La sociedad contemporánea ha sustituido la noción de ‘comunidad’ por la de ‘red’. En la red, a diferencia de la comunidad, conectarse y desconectarse es un acto puramente individual que no genera un compromiso a largo plazo con el sufrimiento del otro”. Habitamos una herencia que arrastra la doble intuición del siglo pasado, un tiempo que normalizó la crueldad pero que también alumbró la crítica en busca de la emancipación humana en el ocaso de la posguerra. Hoy, en el umbral del presente, nos encontramos ante la encrucijada ontológica que describía Frédéric Worms: la necesidad de examinar a qué nos aferramos, pues la vida es fundamentalmente aquello que une o separa, que se manifiesta como unidad o ruptura, como relación viva o como escisión irremediable.

En este ecosistema, las nuevas derechas, los magnates de las plataformas y los creadores de contenido digital han capturado la atención de los asociados, moldeando una estructura gubernamental y mediática que dirige los destinos comunes. Convivimos atrapados en una red de algoritmos que predetermina qué mensajes recibimos, en qué momento nos conmovemos y bajo qué lógicas argumentales se nos permite disentir. Para contrarrestar este comportamiento pasivo que gana terreno, urge revalorizar los sentidos y cultivar un pensamiento colectivo capaz de entretejer lazos auténticos, sustrayéndonos de los mantras de la productividad alienante. El lenguaje y la palabra deben volver a ser el puente de nuestra humanidad y el primer bastión de resistencia: “Hablamos todos los días, con más o menos personas. Exponemos nuestras ideas, defendemos nuestros argumentos, tenemos roces dialécticos, expresamos nuestras emociones con palabras, llamamos la atención con palabras” (César Bona García).

Sin embargo, en la era de la Psicopolítica y la Sociedad del Cansancio, la palabra ha sido despojada de su presencia corporal. Desde esta perspectiva sociopolítica y filosófica, «dejar el a mí también me duele en manos de otros» significa delegar nuestra capacidad de sufrimiento, indignación y empatía auténtica a las estructuras burocráticas del Estado y a los dispositivos del consumo masivo, convirtiéndonos en ese «rebaño» pasivo que denuncia Byung-Chul Han. Este fenómeno del aislamiento se traduce en la pérdida de la verdadera comunidad a través de tres ejes fundamentales:

  • La burocratización del dolor: El Estado y las instituciones macro absorben las crisis humanas y las traducen en procesos administrativos, expedientes y estadísticas frías. Al esperar que el sistema «gestione» técnicamente el sufrimiento social, el individuo se desentiende de su responsabilidad ética hacia el prójimo, quebrando el vínculo social primario.
  • La anestesia del rendimiento: En la sociedad actual, el sujeto ya no es sometido por un opresor externo, sino que se autoexplota a sí mismo bajo el imperativo de la optimización, el éxito y la positividad. En este régimen del «tú puedes», el dolor deja de ser un espacio de encuentro y se atomiza: ya no hay un sufrimiento compartido que una a la comunidad en una causa común, sino un aislamiento melancólico donde cada uno sufre a solas por su propio e incomunicable «fracaso».
  • La ilusión de conectividad frente a la falta de cercanía: Vivimos en una hiperconectividad que enmascara un profundo desierto vincular. El dolor del otro se consume en las redes como un espectáculo efímero o un clicktivismo de un segundo. Delegamos la empatía a los algoritmos y pasamos de prisa al siguiente estímulo visual, evitando el compromiso real, sufriente y cuerpo a cuerpo que exige la comunidad auténtica.

Al final, el «rebaño» moderno no está unido por un hilo social genuino, sino por una masa de mónadas aisladas que consumen las mismas narrativas de control, donde el sufrimiento ha sido despojado de su potencial político y transformador. Para revertir esta atomización, Han nos propone una revolución de la atención y del tiempo orientada a reconstruir la comunidad mediante cuatro pilares fundamentales: el regreso de los rituales simbólicos que habitamos con otros; la hospitalidad de la escucha profunda que alberga el dolor ajeno; el elogio de la inactividad contemplativa que interrumpe la aceleración del capital; y la experiencia del «Otro» real, que nos devuelve la mirada desprotegida y la vulnerabilidad compartida.

En última instancia, recuperar el «a mí también me duele» no constituye un llamado a la sensiblería estéril, sino un acto de profunda subversión humanista e ideológica contra la maquinaria de la productividad y la psicopolítica digital. Es aquí donde se revela la íntima y poderosa conexión filosófica entre Agnes Heller y Byung-Chul Han, un puente conceptual que halla su perfecta síntesis en las advertencias sobre la deshumanización que hiciera Hannah Arendt. Lo que Heller define como la «reproducción individual de los seres humanos» —ese conjunto de actos cotidianos, éticos y conscientes que realizamos para salvaguardar nuestra condición humana frente a las macroestructuras alienantes— es precisamente el espacio vital que hoy devora la sociedad del rendimiento descrita por Han. Al obligarnos a mercantilizar nuestra existencia y atomizar el sufrimiento, el sistema actual asesta un golpe definitivo a la esfera pública. Como sentenció premonitoriamente Arendt en La Condición Humana: “La desaparición del espacio público, donde los seres humanos actúan y hablan juntos, condena a los individuos al aislamiento de sus vidas privadas, volviéndolos impotentes ante la tiranía del proceso social”.

Cuando el sufrimiento es desterrado del ágora y recluido en la soledad de la pantalla o el expediente administrativo, lo que se destruye es la posibilidad misma de la acción colectiva. Por lo tanto, defender la reproducción individual de Heller requiere, necesariamente, dotarse de la fuerza de las ideas y encarnar los pilares de Han. La verdadera comunidad no emergerá jamás de la hiperconectividad algorítmica de Bauman ni de la gestión burocrática e indolente del Estado; emerge, en cambio, de la valentía de habitar la palabra —como propone César Bona— para restaurar el tejido argumental y defender la dignidad en el espacio compartido. En la encrucijada de la doble intuición de Frédéric Worms, nos corresponde decidir si nos abandonamos a la escisión egoísta o si nos aferramos a la relación vinculante con el dolor ajeno. Desobedecer el imperativo de la optimización constante a través de la contemplación, el ritual y la hospitalidad es el único camino viable para transmutar al rebaño pasivo en un tejido humano vivo: una comunidad consciente, políticamente activa, cohesionada por sus ideologías fundamentales e inmune a la indolencia sistémica.

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