Nota del autor: el núcleo de este artículo lo escribí en 2005, cuando cursaba Filosofía y Letras en la Universidad Santo Tomás de Pereira. Lo que sigue es esa idea original, releída, ampliada y confrontada con lo que el mundo se ha convertido desde entonces.
I. EL DIAGNÓSTICO DE UN ESTUDIANTE EN 2005
Razón tenía —y sigue teniendo— Hans Küng cuando advirtió que el ambiente del dogmatismo estaba afectando a la modernidad, y que en consecuencia se propendía por una teología de la libertad en la que primara el cumplimiento de los principios filosóficos de la catolicidad.[1] Escribía entonces que estábamos a años luz de esos principios, porque solo se mide al hombre por su éxito, sus ingresos y sus apariencias, mientras la desigualdad campea frente a la soberbia del sistema, del Estado, del legislador y del ejecutivo. No era una intuición original: era, más bien, la constatación de un joven filósofo que veía cómo las conquistas occidentales de la ciencia, la tecnología y la economía —a las que cada día nos apegamos más— nos iban dominando en lugar de liberarnos, hasta el punto de que el desencantamiento de las ideologías de progreso nos llevaba a una bancarrota que ya no era solo material, sino también espiritual.
Frente a esa inercia proponía, siguiendo al pensador suizo, la práctica de una ética mundial: un universo conjugado de tal manera que la injusticia desapareciera, la igualdad fuera el común denominador y la democracia brillara con luz propia. Hablaba de una constelación global en la que el mundo fuera gobernado por todos y no por unas pocas potencias; de una ciencia éticamente responsable en lugar de una tecnocracia dominadora; de una tecnología al servicio de un hombre más humano; de una industria que respondiera a las necesidades auténticas del hombre y no a las inventadas; de una democracia jurídico-formal que se transformara en una democracia viva, capaz de garantizar la libertad y la justicia real, no solo la escrita en los códigos.
Ese texto de 2005 terminaba con una perspectiva de totalidad: una sociedad más humana, en la que la indolencia desapareciera y la solidaridad se impusiera ante cualquier situación; una aldea global que no se quedara en utopía social, porque no podíamos —no podemos— seguir siendo convidados de piedra ante el avance del universo y de la existencia del individuo. No se concibe, escribía entonces, que el hombre venga al mundo y no deje alguna huella dentro de él.
Vale la pena detenerse en el contexto en que ese texto fue escrito. Corría el año 2005: apenas despuntaban las redes sociales tal como las conocemos hoy, internet era todavía una promesa de horizontalidad y no el campo de batalla en que se ha convertido, y la globalización se discutía sobre todo en términos económicos —tratados de libre comercio, deslocalización industrial, integración de mercados— más que como fenómeno cultural y moral. En ese contexto, hablar de una ética mundial sonaba casi anacrónico, una preocupación de teólogos y filósofos alejada de la agenda pública. Veinte años después, esa misma preocupación ha dejado de ser un lujo académico para convertirse en una urgencia cotidiana, porque el mundo que entonces se anunciaba como posible ya llegó, solo que sin la ética que se suponía debía acompañarlo.
II. VEINTE AÑOS DESPUÉS: EL MISMO DIAGNÓSTICO, AGRAVADO
Dos décadas más tarde, releo ese texto con la incomodidad de quien descubre que el diagnóstico no ha envejecido: se ha agravado. Küng lo resumió en una frase que hoy suena menos a advertencia filosófica que a sentencia clínica: «sin un talante ético mundial, no hay orden mundial». Y, sin embargo, nuestra sociedad ha ido mostrando un desinterés creciente por lo ético; ese valor filosófico retrocede mientras avanza la riqueza a toda costa y la corrupción se normaliza en todas sus formas y en todos sus niveles.
Vivimos, como advirtió Jürgen Habermas, en un pensamiento posmetafísico: crecimos en el tiempo, pero no en el interior del hombre.[2] La razón social terminó por sobreponerse a la razón ética, y ese desfase de sensibilidades —entendido como la etapa en la que no importa el otro hasta que la cosa no sea conmigo— es hoy el clima moral de la época. Ese entorno peligroso que antes se gestaba a lo lejos hoy se conjura cerca, casi doméstico: el fundamentalismo, la despotización de lo público, el debilitamiento de la fe social, todo eso que en 2005 apenas intuía como tendencia, hoy es paisaje cotidiano.
Cabe entonces preguntarse cuál es esa evolución lógica y necesaria a la que se refería Kant en su idea de una historia universal en clave cosmopolita,[3] o esa investigación histórica que reclamaba Hegel cuando pensaba el desenvolvimiento del espíritu en el tiempo. Porque lo que observamos no es evolución en el sentido que ellos imaginaban, sino más bien un rechazo sistemático a sostener una sociedad saludable, sostenible y positiva. Hay, eso sí, un diálogo en el panorama global que construye una empresa de orientación fundamental sobre la situación ética de la humanidad; hay incluso el esbozo de un programa por encima de las naciones, entre las regiones y entre las civilizaciones. Pero ese esbozo compite, en desventaja, con las fuerzas que erosionan la solidaridad que Küng reclamaba.
III. LA ÉTICA CONFRONTADA CON LA REALIDAD DE HOY
Si algo ha cambiado desde 2005 no es la pregunta ética —esa sigue siendo, en esencia, la misma desde Platón, desde las palabras de Jesús como tesoro cristiano, desde cada constelación epocal en que la humanidad ha vuelto a formularla—, sino el escenario en el que esa pregunta se juega. Y ese escenario, hoy, tiene nombres muy concretos.
Las redes sociales, que prometían ser la constelación global de voces que Küng imaginaba, terminaron fragmentando la conversación pública en burbujas que ni se escuchan ni se buscan. La inteligencia artificial —esa misma tecnología que en 2005 imaginé al servicio de un hombre más humano y no de su dominación— hoy amplifica la desinformación con la misma facilidad con que resuelve un problema de ingeniería: el instrumento sigue siendo neutral, pero la intención que lo dirige no lo es, y ahí reaparece intacta la pregunta ética de siempre, solo que con una velocidad de propagación que Küng jamás pudo prever. La polarización política —esa despotización que ya intuía el texto original— ha sustituido el diálogo por la trinchera, y el fundamentalismo que parecía cosa de lejanías ideológicas se gesta ahora en el algoritmo que decide qué vemos, qué sentimos y, en últimas, a quién odiamos. La crisis climática, por su parte, es la prueba más contundente de que la industria no ha terminado de transitar hacia esos «auténticos intereses y necesidades del hombre» que proponía la ética mundial: seguimos midiendo el progreso en cifras de crecimiento antes que en la sostenibilidad de la vida misma.
En medio de ese ruido, los argumentos sobre cuándo hablar y cuándo callar que ha planteado el Dalai Lama en su ética laica para el nuevo milenio permiten pensar un mundo cotidiano distinto: uno en el que el pensamiento sea reencarnación pura, o mejor, una resiliencia continua.[4] Hoy ese silencio deliberado —saber cuándo no opinar— es más urgente que nunca, en un tiempo donde todos hablan de todo al instante y pocos se detienen a pensar antes de reaccionar. El hombre corre el riesgo de edificarse como esa estrella de rock momentánea, o como ese sabio moderno que dura lo que dura una tendencia, o como esa teoría geopolítica que todo lo devora, entregando el destino de la humanidad a modelos exaltados que ofrecen una autonomía ilusoria, la de una red social que promete cambiar impresiones personales sin cambiar, en el fondo, ni una sola estructura.
A esto se suma un fenómeno que en 2005 no tenía nombre propio: la economía de la atención. Las plataformas digitales no solo compiten por informarnos, sino por retenernos, y ese diseño —deliberadamente pensado para explotar los sesgos cognitivos del usuario— tiene una consecuencia ética directa: convierte al ser humano, otra vez, en medio y no, en fin. Es la vieja advertencia kantiana vestida con ropajes de algoritmo. Cuando la tecnología deja de preguntarse qué necesita el hombre y empieza a preguntarse solo cuánto tiempo puede retenerlo frente a una pantalla, se confirma aquello que en 2005 ya se intuía: que el paso de la tecnocracia dominadora a una tecnología verdaderamente humana no es un proceso natural ni automático, sino una decisión ética que hay que tomar y sostener contra la corriente del mercado.
Tampoco puede omitirse el papel de la migración forzada y el desplazamiento, fenómenos que en dos décadas han pasado de ser noticias lejanas a ser parte del paisaje cotidiano de nuestras ciudades, incluida esta región del país. Ahí, en la manera como una sociedad recibe —o rechaza— al que llega huyendo de la violencia o de la pobreza, se mide con crudeza si aquella «democracia viva» que se reclamaba en 2005 es una realidad o sigue siendo, apenas, una intención jurídico-formal escrita en tratados internacionales que pocos Estados están dispuestos a cumplir.
IV. HACIA UNA ÉTICA VIVA: SÍNTESIS PROVISIONAL
No creo que la solución sea otra tecnocracia moral, ni otro tratado que se firme en una asamblea y se archive en una biblioteca. Creo, como creía en 2005, que se trata de una perspectiva de totalidad: una sociedad en la que la indolencia ceda paso a la solidaridad, donde la teoría, la filosofía y la hermenéutica vuelvan a coincidir para devolverle al ser humano su dimensión económica y social sin despojarlo de su dignidad. La diferencia, veinte años después, es que ya no podemos decir que no vimos venir el problema. Lo vimos, lo escribimos, y sin embargo aquí estamos: con herramientas más poderosas que nunca y con la misma pregunta pendiente.
Quizás la respuesta esté en aceptar que la ética nunca fue un punto de llegada, sino una constelación epocal que se reformula generación tras generación: la que intuía Küng en su proyecto, la que analizaba Habermas desde la razón comunicativa, la que Kant y Hegel situaban en el despliegue de la historia, la que el Dalai Lama propone desde una espiritualidad laica y universal. Cada época la nombra de otra manera, pero el fondo es el mismo: que el hombre no venga al mundo y se vaya de él sin dejar una huella que valga la pena.
Esa perspectiva de totalidad no es, sin embargo, un ejercicio meramente contemplativo. Tiene consecuencias concretas para quien la asume como propia: exige, primero, una vigilancia crítica frente al propio consumo de información, un ejercicio casi ascético de discernir entre el ruido que satura y la reflexión que forma; exige, segundo, una disposición activa a la solidaridad que no se agote en el gesto simbólico de una publicación compartida, sino que se traduzca en comunidad real, en vínculo sostenido con el que sufre y con el que piensa distinto; exige, tercero, una exigencia renovada a las instituciones —al Estado, al legislador, al ejecutivo que ya señalaba el texto de 2005— para que la democracia jurídico-formal deje de ser una fachada y se convierta, en los hechos, en esa democracia viva que garantice libertad y justicia. Ninguna de esas tres exigencias es nueva; lo nuevo es la urgencia con que hoy se presentan, y la constatación de que el tiempo para postergarlas se ha ido agotando.
Esa huella —la que mencionaba al final de mi texto de estudiante— sigue siendo una tarea inconclusa. Tal vez esa sea, después de todo, la única constante ética verdaderamente universal: la de seguir intentándolo, generación tras generación, con la misma obstinación con que Küng insistió en su proyecto y con que cualquier estudiante de filosofía, en cualquier época, se atreve todavía a creer que las palabras pueden cambiar algo en el mundo que las rodea.
Diego Mario Zuluaga Osorio
Lic. Filosofía y Letras, Universidad Santo Tomás, Pereira
[1] Hans Küng, Proyecto de una ética mundial, Madrid, Editorial Trotta, 1990.
[2] Jürgen Habermas, Pensamiento postmetafísico, Madrid, Taurus, 1990.
[3] Immanuel Kant, Idea de una historia universal en clave cosmopolita, 1784.
[4] Tenzin Gyatso (Dalai Lama), Ética para el nuevo milenio, 1999.