Existe una pregunta que la academia evita con demasiada elegancia: ¿por qué ciertos filósofos llenan auditorios y transforman el modo en que millones de personas entienden el mundo, mientras otros —igual de rigurosos, igual de honestos— no logran salir de las notas al pie de sus colegas? No es una pregunta cómoda. Mezcla algo tan noble como el pensamiento con algo tan mundano como la estrategia. Pues la influencia filosófica no es un accidente de la lucidez. Nunca lo fue.