La partida física de Edgar Morin no representa el fin de un sistema de ideas, sino la dispersión de una «ceniza indócil» que nos obliga a regenerar nuestro pensamiento de manera constante. Su obra no es un testamento cerrado, sino una invitación a una metamorfosis intelectual necesaria para habitar un mundo que se niega a ser simplificado. Para el hombre contemporáneo y, especialmente, para el ámbito educativo, el pensamiento complejo de Morin se erige como la brújula indispensable para navegar en nuestra «Tierra-Patria».