Vivimos rodeados de pantallas que prometen conectarnos con el mundo y, sin embargo, cada vez nos resulta más difícil estar presentes en él. Revisamos el teléfono al despertar, lo consultamos decenas de veces al día y lo dejamos en la mesa de noche como último gesto antes de dormir. No hay barrotes, candados ni vigilantes; aun así, algo nos retiene. Esa es la paradoja que este artículo explora: estamos construyendo, con entusiasmo y por voluntad propia, una prisión digital.