«El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho» (El Quijote)
La universalidad de Miguel de Cervantes sigue intacta a pesar de haber transcurrido más de cuatro siglos desde que su ingenio transformara la historia de la literatura. Al concebir a El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, el autor situó en el tiempo a un personaje que no solo recorrería el mundo físico, sino también las geografías del espíritu humano. A través de su figura, se despliega un abanico de valores esenciales: desde la solidaridad descarnada hasta la justicia poética, pasando por la honestidad y la dimensión mística de la existencia. Elementos, todos ellos, de los que el ser humano sigue echando mano para navegar en una sociedad que bascula permanentemente entre la victoria y el declive.
Ante esto, nos asaltan varias preguntas incómodas: ¿Por qué El Quijote se convirtió en una de las obras más leídas y reproducidas de la historia? ¿Qué valores custodia el caballero andante que aún logran interpelarnos? ¿Qué imagen proyecta hacia el infinito?
“Lo universal sería en este caso, desde luego, no sólo en el espacio sino también en el tiempo: pertinente y actual para cada época”.[1] Esta premisa nos advierte que el pensamiento quijotesco se vuelve dolorosamente protagonista en nuestros días. Máxime cuando, a pesar del aparente olvido de sus enseñanzas, todavía resisten personas que insisten en emular al «caballero de la triste figura».
Hoy habitamos el reino de la hipertextualidad, ese punto de confluencia entre las teorías literarias y nuestra necesidad de explorar la conexión entre el texto, su concepción originaria y el impacto que genera en el mundo contemporáneo. Sin embargo, cabe preguntarnos: ¿qué queda de esa mística, de esa aura quijotesca, en un mundo saturado por la constante exposición mediática y el ruido digital?
Si bien es imposible rastrear una cifra real de cuántos han leído verdaderamente la obra —muchos la empezaron y la abandonaron; otros tantos la concluyeron con la certeza de que las misiones imposibles del hidalgo eran, en el fondo, un intento desesperado por salvar al desvalido—, lo cierto es que nos obliga a mirarnos al espejo. Nos incita a experimentar si la vida hiperconectada y utilitaria que llevamos emula, de algún modo, a la ficción cervantina. Algunos dirán que sí; la mayoría lo negará.
Ciertamente, nos enfrentamos a una novela de masas que, debido a su densidad y volumen, puede resultar compleja para el lector actual. El ser humano de hoy, sometido a la inmediatez técnica y al rendimiento constante, parece haber perdido el interés por cultivar su propia esencia. De ahí que la obra reciba etiquetas contradictorias: algunos la reducen a un fetiche de la «alta cultura» exclusivo para académicos; otros la entronizan erróneamente en el pedestal de los libros de autoayuda; y no falta quien argumente que sus digresiones temporo-espaciales confunden al lector, obligándolo a recurrir a la memoria como único traductor del sentir del héroe.
A pesar de todo, en el imaginario colectivo permanece inalterable la estampa: un Quijote[2] famélico sobre un caballo en idénticas condiciones, seguido por un regordete Sancho Panza a lomos de su burro. Es la representación pictórica del ser humano en busca de su paz interior o, mejor dicho, en pos de una perfección inalcanzable. Aunque para los más escépticos, el hidalgo sigue durmiendo el sueño eterno en las llanuras de la Mancha donde fue creado.
En su lúcido análisis, Gustavo Méndez se pregunta si las múltiples representaciones plásticas del personaje derivan de la lectura directa o son simples copias de imágenes ya existentes; se cuestiona si, después de cuatro siglos, El Quijote mantiene su aura. Es aquí donde topamos con la verdad a la que el hombre actual prefiere no enfrentarse: ser verdaderos protagonistas ante la presencia de esta comitiva que lleva cuatrocientos años cabalgando. Es el desafío de descubrir en qué momento el corazón, la emoción y la cognición se integran de tal forma en el relato que nos permiten habitar las mazmorras del cautiverio de Cervantes, sentir sus heridas de batalla y compartir los padecimientos de su producción literaria.
Fue en esa compleja cosmovisión donde la novela cobró su verdadera fuerza. No se debió únicamente a la trama, sino al arquetípico poder de sus personajes: un Quijote inmortalizado por su amor platónico hacia Dulcinea y un Sancho profundamente arraigado a su realidad terrenal junto a Teresa Panza.
No obstante, la masificación industrial transformó este símbolo de sabiduría erudita en un objeto de consumo. Es la reproducibilidad técnica de la que nos hablaba Walter Benjamín: las enseñanzas y las figuras de los protagonistas terminaron convertidas en simples souvenirs de estantería. Hoy decoran bibliotecas al lado de búhos de porcelana que simulan la intelectualidad, o se reducen a figuras metálicas baratas que descansan sobre pilas de libros sin abrir.
A pesar de esta domesticación comercial, subsiste el «aquí y el ahora» al que alude Eckhart Tolle: esa metáfora del espacio puro en el cual el individuo verdaderamente habita. Es en ese rincón de la conciencia donde se preserva el aura de la obra más única e irrepetible: la mente humana. Una mente que construye su propia existencia y defiende su ideología frente al tiempo, encontrando en los delirios y excentricidades de Don Quijote los motivos exactos para seguir sobreviviendo a las angustias del mundo moderno.
[1]. Gustavo Méndez M. https://revistareplicante.com/puede-el-quijote-todavia-ser-actual/
[2]. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de «Quijada», o «Quesada», que en esto hay alguna diferencia en los autores que de este caso escriben, aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba «Quijana» (Cervantes & Sevilla Arroyo, 2015).