¿Está formando la universidad ciudadanos para la vida o simplemente trabajadores para el mercado? Entre la empleabilidad y la formación integral surge un debate inaplazable sobre el papel de la educación en la construcción de sociedades más humanas, críticas y capaces de afrontar los desafíos del futuro.
Una de las grandes herencias que dejó el papa Francisco fue su permanente defensa de la dignidad humana, especialmente de los más vulnerables, así como su compromiso con la educación y la cultura. Desde una profunda visión humanista, comprendió que la formación universitaria no puede limitarse a la simple transmisión de conocimientos. Por ello afirmó: “La misión de la universidad no es solamente aprender cosas. Ustedes tienen que formar a los chicos y a las chicas en los tres lenguajes humanos: el de la cabeza, el del corazón y el de las manos; de tal manera que aprendan a pensar lo que sienten y lo que hacen, a sentir lo que hacen y lo que piensan y a hacer lo que sienten y lo que piensan”. Esta reflexión cobra especial relevancia en un país que necesita transformaciones profundas y que no puede permitirse retroceder frente a los desafíos del presente.
El ser humano es una realidad compleja, conformada por múltiples dimensiones que se desarrollan de manera simultánea. La educación, en consecuencia, debería promover no solo el crecimiento académico, sino también el desarrollo emocional, comunicativo y ético. Francisco advertía sobre este riesgo cuando señalaba que “si ustedes solamente le forman la cabeza, no van a formar profesionales, sino macrocéfalos, que no son humanos”. Tal vez allí radica una de las principales falencias de muchos sistemas educativos contemporáneos: la tendencia a privilegiar exclusivamente el rendimiento cognitivo, relegando aspectos esenciales para la formación integral de las personas.
Ante esta realidad surge una pregunta inquietante: ¿qué piensan y qué sienten hoy los jóvenes colombianos? La incertidumbre parece haberse instalado en una generación que observa cómo el acceso a la educación superior se vuelve cada vez más difícil y cómo las promesas de movilidad social se diluyen entre las contradicciones de la clase política, las limitaciones institucionales y las deficiencias de los modelos educativos. A ello se suma una preocupante desconexión entre la formación académica y las necesidades emocionales, sociales y laborales de los estudiantes. En muchos casos se sigue valorando más el desempeño académico que el acompañamiento humano que permita construir proyectos de vida sólidos y esperanzadores.
Una posible respuesta a este interrogante se encuentra en las palabras de Juan Daniel Oviedo, quien afirmó: “La educación tiene que dar trabajo. Punto. Si no conecta con el empleo, no está cumpliendo su propósito”. Aunque esta afirmación pone de relieve una necesidad legítima, también refleja una visión parcial de la misión educativa. Reducir la universidad a una fábrica de empleabilidad implica desconocer su papel en la formación de ciudadanos críticos, creativos y comprometidos con la sociedad. Sin embargo, esta perspectiva pragmática ha ganado terreno y ha contribuido a que muchas actividades académicas, culturales y humanísticas sean consideradas prescindibles por no generar beneficios económicos inmediatos.
Frente a esta tendencia, Martha Nussbaum recuerda que “Las humanidades cultivan la capacidad de ver el mundo desde la perspectiva de otros. Sin esa capacidad, la democracia no puede sostenerse”. Esta idea resalta la importancia de una educación capaz de articular las dimensiones sociales, económicas y culturales de la existencia humana. La universidad debe preparar para el trabajo, sin duda, pero también para la convivencia, la participación ciudadana y la comprensión de la complejidad del mundo. Cuando la formación profesional se desvincula de estas dimensiones, la sociedad entera resulta perjudicada.
No hemos llegado a este mundo únicamente para trabajar. También hemos venido a convivir, imaginar posibilidades, crear conocimiento, innovar e investigar. El trabajo constituye una forma de materializar las capacidades adquiridas mediante la educación, pero la vida humana trasciende ampliamente el ámbito laboral. Si la educación se concentra exclusivamente en preparar para el empleo, surge entonces una pregunta fundamental: ¿quién prepara a las nuevas generaciones para vivir? ¿Dónde aprenderán a construir colectivamente, a compartir, a ejercer la solidaridad y a reconocer la interdependencia que existe entre los seres humanos? ¿Cuándo y cómo desarrollarán habilidades como el pensamiento crítico, la cooperación o la responsabilidad ética?
Estas preguntas poseen una profunda dimensión humanista. Promueven el desarrollo de la autonomía intelectual y moral, fortalecen la capacidad de análisis y favorecen una lectura crítica de la realidad. Sin embargo, también nos obligan a reconocer que muchas personas orientan sus proyectos educativos hacia aquellas ocupaciones que les permitan alcanzar estabilidad económica, bienestar material o incluso riqueza. Se trata de una aspiración legítima, siempre que esté acompañada por principios éticos y por una comprensión responsable del papel que cada individuo desempeña dentro de la sociedad.
Winston Churchill expresó una idea que sigue siendo vigente: “El político piensa en las próximas elecciones; el estadista piensa en las próximas generaciones”. Tal reflexión invita a examinar críticamente las prioridades de quienes toman decisiones públicas. Con demasiada frecuencia, las políticas educativas parecen responder a necesidades inmediatas del mercado laboral antes que a una visión de largo plazo sobre el desarrollo humano. En lugar de fortalecer la investigación, la formación docente o la producción de conocimiento, se privilegian modelos que buscan generar mano de obra barata y adaptable a las exigencias económicas del momento.
El desafío consiste en recuperar una visión más amplia de la educación. Una visión que permita debatir seriamente sobre el sistema educativo, transformar la formación de los docentes y reconstruir la confianza social necesaria para consolidar la paz y el desarrollo integral de las personas. Preparar para el trabajo es importante, pero preparar para la vida es indispensable. Solo cuando ambas dimensiones se integren de manera armónica podremos afirmar que estamos formando ciudadanos capaces de construir un futuro más humano, más justo y más digno para todos.
- Si la educación se limita a preparar para conseguir empleo, ¿quién está preparando a las nuevas generaciones para convivir, liderar y construir sociedad?
- ¿Preferiría una universidad que garantice trabajo o una que forme personas capaces de transformar su entorno? ¿Es posible alcanzar ambos objetivos?
