¿Cómo pensar como seres que vivimos en la escuela de las atracciones? Quizá recorremos lo que Gregorio Luri ha llamado la dignidad del mediocre; quizá nos encontramos en lo que se conoce como la filosofía de lo inacabado; o tal vez habitamos, sencillamente, una atmósfera cargada de instituciones desconocidas, con una política convertida en un cuadrilátero donde no cesan los enfrentamientos y con una verdad y una belleza sustituidas por la apariencia y el mercado. Este texto sostiene que, ante ese panorama, la filosofía de lo inacabado, que acepta nuestra imperfección, solo se vuelve transformadora cuando se vive en copertenencia, es decir, cuando reconocemos que nos pertenecemos unos a otros.
Vivimos una época entre la animalidad y la divinidad, entre el ser y la nada, entre la realidad y la dignidad; una condición humana que transcurre entre otras que se acaban, sin que podamos vivir en lo acabado. Basculamos entre el orgullo y la decepción, la admiración y el desprecio, el deseo de mejorar y el empeño en envilecernos. Es una angustia existencial de la mano de una creación que es una pérdida de tiempo (Murakami)[1], un rosario de ilusiones que no reflejan el sentir humano sino el sentir colectivo, ese que predomina cuando no hay conciencia individual. Dudar está muy bien, pero como vía para salir y apoyarnos en algo firme y verdadero. Lo efímero no existe como tal, pero sí una eternidad mitificada en la ilusión; de ahí que Luri nos recuerde que nada grande se conquista sin esfuerzo.
Somos, efectivamente, tan disparatados que no hay otro ser capaz de degradarse voluntariamente a sí mismo, pero también de mejorarse (Nieves Jiménez)[2]. Una inercia nos estira hacia abajo o hacia arriba, y vivimos entre lo real y lo posible. ¿Qué somos realmente? A mi modo de ver, una vida humana que no cabe en la definición, pues estamos hechos a imagen y semejanza («ad imaginem et similitudinem nostram», Gn 1,26; San Agustín) de lo inefable, o tal vez moldeados en una horma para construir una biografía interpretada por el otro o por los otros. De ahí que ser humano no sea fácil: nada se conquista sin esfuerzo, por muy grande que sea, aunque conservamos la semilla de nosotros mismos, como lo expresa Pessoa en su libro del Desasosiego. En consecuencia, hay que valorar nuestra imperfección para poder crecer, pues entramos en una línea de aceptación, que no es resignación pasiva, desde la cual identificamos ese cruce de caminos en el que se comprende que no hay dos seres humanos con la misma trayectoria.
Viajamos en el desmonte de una cultura de la autoexigencia, en la que hay que adaptarse a una sociedad que no nos gusta; el aislamiento y la vigencia de las minorías han enfrentado al Estado, que lucha por definir la igualdad o mejorar las condiciones de vida. Por ello nos preguntamos si nos sentimos libres o si podemos filosofar sobre la posibilidad de existir en una sociedad que no es absoluta, pero en la que podemos preocuparnos por nuestras conversaciones y sus resultados, y por cómo ocuparnos de lo que nos incumbe en la relación con los demás.
¿Cómo somos con los otros? ¿Vivimos en copertenencia, amamos a unos y odiamos a otros, o buscamos cómo cuidarnos de esa copertenencia? Tal vez nos inquiete la indiferencia. Aquí cobra sentido la filosofía de lo inacabado, que, en palabras de Marina Garcés, “define el pensamiento no como un sistema cerrado o una verdad absoluta, sino como una práctica viva, abierta y en constante devenir”[3], y desde la cual se cuestiona la falta de conciencia en esta sociedad. Si el pensamiento está inacabado, también lo estamos quienes pensamos; por eso nadie se completa solo, y la copertenencia no es un adorno moral, sino la condición para que lo inacabado no se convierta en soledad.
Es inquietante el aumento de la indiferencia: ya no existen ni tibios ni calientes, dominados por una apatía y una inacción cada vez más notorias. Razón tiene Byung-Chul Han al expresar que “la fantasía real se debilita enormemente ante la fantasía narcisista que nos hace completamente incapaces de ver al otro”[4]. Nos contentamos con un mimetismo conformista que transita entre la cobardía y las realidades humanas, pues una cosa es darnos un descanso de la angustia y otra, quedarnos viviendo en esos remolinos de miedo o, mejor, en esa nieve espesa que obnubila nuestro entendimiento. Por momentos parece que no hay salida ni rincón de salvamento: todo está dominado por las imágenes y los espectáculos, que nos enfrentan a la duda entre arrancarnos la vida o seguir con la cotidianidad, o resignarnos a una actualización automática del hombre que cree construir su propio mundo en solitario. Pero si el narcisismo nos vuelve incapaces de ver al otro, la copertenencia consiste justamente en aprender a verlo.
¿Qué propone esta mirada? Cuatro movimientos:
- Cultivar un pensamiento vivo que aprenda a habitar la incertidumbre.
- Aceptar el límite, reconociendo la fragilidad humana con sus heridas y conflictos.
- Volver a la calle, sacando el pensamiento de las aulas y los escritorios académicos para conectarlo con los problemas reales.
- Construir una unidad común que incluya todas las voces y comunidades para transformar el mundo. Solo así lo inacabado deja de ser una carencia y se convierte en la tarea compartida de transformar el mundo.
[1]. Murakami H. Hombres sin Mujeres. Maxi Tus Quets Editores. 2025 s
[2]. Jiménez, N. https://ideas.gacetas.es
[3]. Filosofía Inacabada. Barcelona. Galaxia Gutemberg
[4]. Sin Respeto. Una crisis social. Barcelona Paidos. 2026
