¿QUÉ HARÍA JESÚS SI SE BAJARA DE LA CRUZ? ALTERIDAD Y FE EN LA ERA DEL HIPERINDIVIDUALISMO.
Posted by: Diego Mario Zuluaga O. on: 31 de octubre de 2026
Antes de responder a este interrogante, debemos preguntarnos cuál fue la razón para que Jesús fuera a parar en la cruz. Sea lo primero decir que esta era una de las formas más degradantes que utilizaban los romanos para castigar a quien atacaba el sistema de gobierno, su idiosincrasia, su religión o su sociedad, bajo cargos de blasfemia, sedición o promover asonadas. En alguno de estos argumentos debe encuadrar la conducta desplegada por Jesús.
La base fundamental de su condena fue su pensamiento, ese que fue capaz de mover masas, agitar conciencias y cambiar la forma de pensar y de actuar de una gran cantidad de seguidores que lo defendían y promovían sus enseñanzas. Jesús predicaba que la vida es lo cotidiano, que los dogmas controladores no existen y, lo más importante, desarrolló la idea del hombre para el hombre. Desde lo religioso, defender la tradición y la ley de Moisés implicaba rechazar todo tipo de innovación. Esto llevó al ensañamiento del sistema político —el Consejo Supremo o Sanedrín, eslabón entre el poder romano y los judíos— contra un hombre al que se mitificaba como divino, lo cual creaba una inestabilidad intolerable para el gobierno de la época.
El quid del asunto es que Jesús vino a este mundo a cambiar al hombre, a crear conciencia acerca de nuestra importancia terrenal y a hacerlo partícipe de la sociedad y sus necesidades, aplicando principios de solidaridad, comunidad y alteridad. Su propuesta era el respeto del ser humano y sus sistemas de gobierno, compartiendo especialmente con el pobre y con el rico, dando de lo que nos sobra, ayudando al desvalido y al enfermo, desplegando la generosidad y evitando los egoísmos a través de la compasión y la humildad[1].
El contrahecho: Si decidiera descender de los maderos
El mayor milagro de la narrativa de la crucifixión es que, teniendo el poder para bajarse de la cruz, Jesús decidió quedarse en ella. No lo hizo porque, dentro del marco teológico cristiano, su sacrificio era el acto final de redención ante las provocaciones de soldados y transeúntes. Pero si jugáramos con el contrahecho, si en un giro inesperado de la historia o en un retorno simbólico al presente Jesús decidiera descender de los maderos, su primera acción no sería la venganza, sino la transformación radical de nuestra realidad a través de cuatro ejes fundamentales:
- Caminar hacia las periferias de la sociedad
Sus pies descalzos y heridos no se dirigirían a los palacios presidenciales ni a los grandes centros financieros. Fiel a su ministerio histórico, caminaría hacia los márgenes: abrazaría a los migrantes y refugiados en las fronteras, compartiendo su pan y su frío; visitaría los hospitales públicos y los barrios olvidados que el sistema de salud ignora, y escucharía a las víctimas de la violencia, la opresión y la pobreza extrema, devolviéndoles la dignidad arrebatada.
- Purificar los templos modernos
Si en los Evangelios su única furia física fue expulsar a los cambistas del Templo por convertir la casa de oración en un mercado, al bajarse de la cruz denunciaría la instrumentalización de la fe. Confrontaría a quienes usan su nombre para acumular riquezas, poder político o justificar la discriminación; recordaría que Dios no habita en catedrales de oro mientras sus hijos mueren de hambre en las calles, y rompería las barreras del dogmatismo para priorizar la misericordia sobre el rito.
- Sanar las heridas de la división
En un mundo profundamente polarizado por la política, la ideología y la religión, Jesús actuaría como un puente. Él, que cenaba tanto con recaudadores de impuestos como con pescadores y marginados, no se alinearía con ningún partido político moderno. Más bien, incomodaría a todos por igual con sus exigencias de justicia e invitaría al perdón y a la reconciliación, recordándonos que el enemigo no es el ser humano que piensa diferente, sino el odio que nos deshumaniza.
- Cambiar el poder de la fuerza por la fuerza del amor.
Frente al culto actual al poder militar, al éxito económico y a la dominación, Jesús demostraría que el verdadero poder reside en la vulnerabilidad y el servicio. No usaría legiones de ángeles para destruir a sus ejecutores, sino que los miraría a los ojos para desarmar sus corazones con la verdad y el amor, es decir, amar a los demás como queremos que nos amen.
La Palestina del siglo I en la Colombia del siglo XXI
Al contrastar estos principios con la sociedad actual, cabe preguntarnos si estamos viviendo en la Palestina de aquel entonces o en la Colombia del siglo XXI. Parafraseando a Juan Pablo II, nada más parecido a la realidad: nos enfrentamos a violaciones de derechos humanos, violaciones de género, exclusión de grupos sociales y de sistemas de salud, enriquecimientos ilícitos, corrupción rampante en todos los estratos, aumento de la pobreza, auxilios estatales o de ONG de mala fe mal repartidos, hambre por todas partes y violencia generalizada.
Jesús se estaría dando golpes de pecho, pues el ser humano no entendió su filosofía ni sus sacrificios. Nos encontramos ante un montón de ovejas descarriadas donde los pastores —entiéndase gobernantes, legisladores, etc.— no guían a su rebaño. La conciencia social se acabó, aunado a un Estado social de derecho que no se cumple y a políticas de gobierno que no coinciden con la realidad del país, ni con una educación que se imparta con calidad. Lo peor es que el individuo se está apartando de lo religioso para creer en otras cosas, priorizando una escala de valores donde endiosa el dinero, el placer y lo libidinoso, aumentando el egoísmo y propendiendo por alimentar el ego; todo lo cual está completamente alejado de la realidad del pensamiento que enseñó Jesús. En este plano terrenal, Jesús sería hoy un maestro: aquel que crea conciencia, que invita a sublevarnos frente a la opresión y la desigualdad, y a criticar a nuestros gobernantes planteando soluciones basadas en ideas y ejemplos, no en la violencia.
El puente hacia la reflexión filosófica
Esta cruda radiografía de la realidad colombiana no es un fenómeno aislado ni meramente político, sino el síntoma local de una quiebra espiritual global. La distancia temporal y geográfica entre la Palestina del siglo I y nuestra cotidianidad actual se desvanece cuando comprendemos que la crisis de fondo es ontológica: el desmantelamiento sistemático de la capacidad humana de conmoverse ante el dolor ajeno. Para entender cómo el capitalismo tardío logró vaciar de contenido el mensaje revolucionario de Jesús, es indispensable acudir a herramientas filosóficas contemporáneas que examinan esta pérdida de la alteridad. Es allí donde el pensamiento de Simone Weil y las tesis de Byung-Chul Han[2] arrojan luz sobre el verdadero problema de la modernidad, desvelando que la decadencia social empieza justamente cuando el individuo se vuelve incapaz de mirar con atención y desinterés al ser humano que sufre a su lado.
La pérdida de la espiritualidad y la alteridad
En este momento de la sociedad vemos cómo esa religiosidad se ha ido perdiendo, bien por la influencia de sectas o religiones contrarias a la cristiana, o ante la superioridad del egoísmo individual y la ausencia del principio de alteridad. A este respecto, resulta vital rescatar la visión de Simone Weil[3], para quien la religiosidad no es una adhesión ciega a dogmas eclesiásticos ni a la fe institucional, sino una experiencia espiritual universal basada en la atención, el amor al prójimo y la compasión ante el sufrimiento. Desde esta perspectiva, la fe no consiste en afirmar doctrinas u opiniones, sino en una mirada atenta y amorosa hacia la realidad y hacia los demás. La universalidad del cristianismo, pegada a la verdad espiritual, trasciende las fronteras y critica la institucionalización de la religión en razón de unos dogmas que terminan siendo utilizados por el poder y el exclusivismo.
En sintonía con esto, Byung-Chul Han expresa que la verdadera religiosidad no es una religión institucionalizada ni un producto de autoayuda, sino una experiencia de apertura hacia lo trascendente basada en la renuncia al «yo» y en la capacidad de atención. En consecuencia, cuando la sociedad moderna destruye esta capacidad, hablar de Jesús corre el riesgo de quedarse atrapado en el plano de la simple historia, olvidando su importancia viva en la fe de los hombres.
Conclusión: Una fe desdibujada por el capital y el futuro de la espiritualidad
La realidad del presente nos muestra una fe desdibujada por el capital. A pesar de la profundidad de este pensamiento, la tendencia del mensaje cristiano original ha disminuido notablemente en la actualidad. La influencia de la sociedad de consumo y el imperio del egoísmo han impuesto la productividad material por encima del bienestar humano, mercantilizando los valores más sagrados y vaciando de contenido el principio de alteridad que Jesús predicó. Con ello, cobra vigencia aquella premisa crítica que hace muchos años sentenció que «la religión es el opio del pueblo»[4], describiendo cómo las estructuras tradicionales pueden usarse como un somnífero social.
Sin embargo, este panorama no implica la muerte de lo trascendente. La fe seguirá existiendo en el corazón humano y la espiritualidad, como búsqueda genuina de sentido y conexión con el prójimo, se mantendrá intacta de igual manera. Lo que verdaderamente nos muestra este cambio de época es que las religiones, entendidas como instituciones rígidas, corporativas y dogmáticas, están en vías de desaparecer. Al alejarse de las necesidades reales de los oprimidos y aliarse con las estructuras del poder económico, las iglesias institucionales han firmado su propia caducidad.
[1]. Eduardo Arens, autor de “Los Evangelios Ayer y Hoy”, explica que éstos, por su propia naturaleza, no deben entenderse como fuentes históricas imparciales ni como libros de historia, sino como testimonios de fe que han escrito los evangelistas, cada uno desde su propio punto de vista.
[2]. Sobre Dios. Pensar con Simone Weill. ByungChul Han.
[3]. Carta a un religioso. 1951
[4]. Crítica a la Filosofía del Derecho. Karl Marx. 1844
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