ELOGIO A LA DIFICULTAD III – MIENTRAS EL MUNDO DUERME EL HOMBRE DESPIERTA

Toda filosofía que merezca ese nombre es, en el fondo, una meditación sobre la dificultad. Cuando Estanislao Zuleta afirmó, en su célebre lección de 1980, que nuestro problema no radica tanto en no alcanzar lo que nos proponemos, cuanto en la forma misma en que llegamos a desearlo, [1] formuló una tesis que trasciende la anécdota biográfica para instalarse en la tradición del pensamiento crítico latinoamericano: la de que el sujeto no se define por lo que evita, sino por el modo en que asume aquello que se le resiste. Retomar por tercera vez este título no responde, entonces, a la simple reiteración de un lema, sino a la necesidad de profundizar filosóficamente en una intuición que sigue siendo, hoy, insuficientemente pensada.

Zuleta se inscribe así en una genealogía de pensadores que, desde ángulos distintos, coincidieron en denunciar la falsa promesa de la facilidad. Ya Nietzsche había advertido que toda grandeza humana nace de la resistencia vencida y no de la comodidad concedida, y el propio Zuleta, lector atento del psicoanálisis freudiano, entendía que el deseo humano jamás se satisface por sustracción de obstáculos, sino por la elaboración simbólica de la carencia. La dificultad, en esta perspectiva, no es un accidente que perturba una supuesta armonía originaria, sino la estructura misma desde la cual el sujeto se constituye como tal.

Esta convicción filosófica tuvo, en Zuleta, una proyección pedagógica de primer orden. Su obra Educación y Democracia no es un tratado técnico sobre didáctica, sino una reflexión ética acerca de la función social del maestro: enseñar, para Zuleta, no consiste en transmitir certezas ya elaboradas, sino en formar la capacidad de preguntar. [2] De ahí la importancia decisiva de su pensamiento en el desarrollo educativo colombiano y latinoamericano: frente a un modelo escolar que privilegia la repetición, la memoria pasiva y la obediencia curricular, Zuleta propuso una pedagogía de la dificultad, entendida como el ejercicio sostenido de la duda metódica y de la lectura crítica, únicos caminos capaces de producir sujetos autónomos y no simples receptores de información. En esto su pensamiento dialoga, sin proponérselo explícitamente, con las pedagogías críticas latinoamericanas que, como la de Paulo Freire, denunciaron la «educación bancaria» y reclamaron una enseñanza problematizadora, capaz de devolver al educando su condición de sujeto de conocimiento.

«Todo hombre racional es un hombre desadaptado, porque es un hombre que pregunta»[3], escribió Zuleta, mientras que el hombre adaptado, según su misma fórmula, es sencillamente aquel que obedece sin cuestionar. Esta idea, que pertenece ya al patrimonio del pensamiento colombiano, permite establecer un contraste filosófico revelador con otra tradición del ensayo latinoamericano: la de José Ingenieros, cuyo célebre El hombre mediocre (1913) distingue, desde una matriz positivista pero de fondo profundamente moral, entre el hombre inferior, el hombre mediocre y el hombre superior o idealista.[4]

Para Ingenieros, el hombre mediocre es aquel que carece de imaginación para concebir ideales propios y que, por ello mismo, se somete dócilmente a la rutina, al prejuicio heredado y a la domesticidad del rebaño, sin cuestionar jamás los motivos de su propia conducta; su existencia transcurre, dice el pensador argentino, «a la sombra de un segundo», en la comodidad de no poseer criterio. [5] Frente a él, el hombre idealista arriesga, sueña y se expone al fracaso, porque solo la imaginación proyectada hacia un porvenir incierto es capaz de crear ciencia, arte y moral. La afinidad con Zuleta es notable, aunque los caminos que a ella conducen sean distintos: donde Ingenieros habla de mediocridad e idealismo, Zuleta habla de adaptación y de desadaptación racional; pero ambos coinciden en un mismo diagnóstico ético, a saber, que la sumisión sin preguntas —ya se llame mediocridad, ya adaptación— es la verdadera enfermedad del espíritu, y que la dificultad, lejos de ser un mal a evitar, es la condición misma de toda vida moral e intelectualmente digna.

La diferencia, sin embargo, no es menor y merece precisarse filosóficamente. El hombre mediocre de Ingenieros se define ante todo por una carencia interior, casi psicológica: la ausencia de personalidad, de imaginación, de ideal propio. El hombre adaptado de Zuleta, en cambio, es preferentemente una construcción social e ideológica: no es que carezca de facultades, sino que estas han sido dirigidas, mediante la educación, la política y el discurso dominante, hacia la obediencia. Allí donde Ingenieros individualiza el problema en el temperamento del sujeto, Zuleta lo sitúa en la estructura educativa y política que produce sujetos obedientes. Ambas lecturas, no obstante, convergen en la misma exigencia normativa: solo la dificultad —el ideal que se resiste, la pregunta que incomoda— redime al hombre de la mediocridad o de la simple adaptación, y lo constituye en sujeto verdaderamente humano.

Esta reflexión filosófica no puede permanecer, sin embargo, en el plano puramente especulativo, porque tanto Zuleta como Ingenieros —cada uno desde su propio contexto histórico— pensaron la dificultad como fundamento de una ética social. Nuestra identidad latinoamericana, advirtió Gabriel García Márquez, ha sido forjada por siglos de conquista, de dependencia económica y de una occidentalización que, lejos de fortalecernos, ha permeado nuestra manera de reconocernos a nosotros mismos.[6] Ese diagnóstico exige, para ser superado, una forma de «higiene filosófica»: un ejercicio permanente de crítica capaz de articular los deseos colectivos con la posibilidad real de una vida digna, sin evadir la dificultad que supone reconocer las propias heridas históricas.

De ahí que la construcción de una sociedad nueva y justa no pueda edificarse sobre la promesa de la facilidad ni sobre la comodidad de la mediocridad social, sino sobre la exigencia de sujetos —individuales y colectivos— dispuestos a preguntar, a asumir el riesgo del ideal y a tolerar el conflicto inherente a toda vida democrática. Una economía que deje de servir únicamente al interés individual para orientarse también al bienestar colectivo, una democracia participativa capaz de integrar las diferencias de clase, un Estado maduro económica y políticamente: nada de esto se alcanza por la vía fácil, sino por el largo y difícil camino de la superación consciente de los propios límites.

El elogio de la dificultad, leído hoy a la luz de Zuleta y de Ingenieros, es entonces una propuesta filosófica, pedagógica y política a la vez. Filosófica, porque afirma que el sujeto se constituye en la resistencia y no en la ausencia de obstáculos. Pedagógica, porque reclama una educación que forme hombres desadaptados en el sentido más noble del término, esto es, capaces de preguntar antes que de obedecer. Y política, porque solo una sociedad que tolere y fomente esa misma dificultad —la del pensamiento crítico, la de la pregunta incómoda, la del ideal que se atreve a proyectar un porvenir distinto— podrá dejar atrás la mediocridad colectiva y avanzar hacia una vida nueva, verdaderamente humana y verdaderamente justa.

[1]Zuleta, Estanislao. Elogio de la dificultad y otros ensayos. Ensayo leído con motivo del doctorado honoris causa en psicología, Universidad del Valle, 1980.

[2]Zuleta, Estanislao. Educación y Democracia. Fundación para la Investigación y la Cultura (FICA), 1995.

[3]Ibíd.

[4]Ingenieros, José. El hombre mediocre. Buenos Aires, 1913.

[5]Ibíd.

[6]García Márquez, Gabriel. Prólogo a Colombia al filo de la oportunidad. Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo, Presidencia de la República, 1994.

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