ARTICULO UNA SOCIEDAD DE ZOMBIS II – LA METÁFORA QUE NOS HABITA

 Ensayo filosófico-humanista sobre la despersonalización contemporánea

Hace unos días jugaba al ajedrez con un amigo. El ajedrez es un juego que obliga a pensar no solo qué pieza mover para ganar, sino algo más incómodo: qué queda de nosotros «cuando los jugadores se hayan ido, cuando el tiempo los haya consumido». Esa frase, tarareada casi sin querer, se me quedó pegada como una pregunta filosófica disfrazada de melodía: ¿qué somos cuando el reloj termina la partida? La respuesta, sospecho, tiene mucho que ver con una figura que hoy puebla nuestras calles, nuestras pantallas y nuestro imaginario colectivo: el zombi.

El zombi como categoría del pensamiento

Conviene empezar por la palabra misma. Según la Real Academia Española (que prefiere la forma «zombi» al extranjerismo «zombie»)1, el término remite a un cadáver reanimado por brujería, a un ser que ha sido despojado de voluntad propia. Ser zombi es, en el fondo, conspirar contra la propia inmortalidad del espíritu: es la violación de una disciplina natural que nos exige estar despiertos, presentes, dueños de nuestros actos. Cabe entonces preguntarse si el fenómeno zombi de nuestro tiempo es apenas una moda rentable —hay, sin duda, mucho negocio detrás— o si es el síntoma de una sociedad desequilibrada que ha empezado a mirarse en ese espejo sin reconocerse del todo.

Que cada época elija los monstruos que necesita no es una intuición nueva. Ya lo observó Auerbach2: los monstruos son el negativo fotográfico de una cultura, revelan lo que esa cultura teme de sí misma. Nosotros, al parecer, necesitamos zombis. Y no es casualidad. A diferencia de Drácula, de Frankenstein o del hombre lobo —criaturas nacidas en la literatura y el folclore europeos—, el zombi es, como sostiene Bishop3, «un nuevo monstruo para un Nuevo Mundo»: no hereda mitologías antiguas, sino que nace directamente de las tensiones de la modernidad. Por eso funciona como un espejo tan preciso de nuestro presente. El crítico de cine Robert Eiberg, al hablar de Metrópolis, la obra maestra de Fritz Lang, señaló que ciertas películas construyen «un tiempo, un lugar y unos personajes tan impactantes que se convierten en parte de nuestro arsenal de imágenes para imaginar el mundo»4. El zombi contemporáneo es, en ese sentido, menos una criatura de ficción que una imagen con la que hemos aprendido a pensarnos.

Los zombis que caminan entre nosotros

No hace falta ir al cine para encontrarlos. Basta observar a quien camina por la calle pegado a la pantalla de su celular, sin parpadear siquiera cuando alguien le habla de frente. La comunicación verbal se ha vuelto distante; la cultura cívica, ese conjunto de gestos mínimos que nos hacían reconocernos como comunidad, se ha ido perdiendo. El padre Carreño5 se estaría revolcando en la tumba al comprobar que su urbanidad ya no se aplica. Y no es un dato menor: cuando por causa de ese entretenimiento portátil se producen accidentes —a veces fatales— o enfrentamientos personales sin razón aparente, cuando la comunicación se pierde y con ella se diluyen la familia, la amistad, la sociedad entera, estamos ante algo más que una anécdota de malas costumbres. Estamos ante una forma de insensibilidad: lo sentimental pierde terreno frente a lo tecnológico, frente a esas herramientas que llamamos evolución del hombre pero que a veces operan como su anestesia.

Vemos y dejamos pasar: esa es, quizás, la actitud zombi por excelencia. Nada nos inquieta hasta que la anomalía nos toca directamente a nosotros —ahí están, para probarlo, los secuestros, los asesinatos múltiples que consumimos como noticias y olvidamos como paisaje—. Dejamos a un lado la razón para flotar en la superficialidad; la falta de gracia y de expresión se dibuja en rostros adustos, tristes, sin brillo. A ese síndrome social se suman el consumismo, el exceso de trabajo, el estrés generalizado y las consultas cada vez más frecuentes al psicólogo: síntomas todos de un norte humano que se extravía, de una vida que termina viviéndose por vivir, sin rumbo ni pregunta.

Del virus al vudú: genealogía de un miedo

Se ha vuelto costumbre el cine de zombis, y casi siempre la trama recurre a un virus, de origen humano o natural, como detonante de la epidemia. Pero conviene no quedarse en la superficie de la ficción: la civilización real también está construyendo, silenciosamente, un mundo en el que los zombis abundan, no por causa de ningún patógeno sino por la ausencia de conciencia social, por el consumo indiscriminado de tecnología, por la falta de preparación del individuo y por un sistema educativo que riñe con lo que efectivamente se necesita para formar personas, no consumidores.

La historia del zombi, sin embargo, es más antigua que el cine: nace en el vudú, práctica religiosa que mezcla sustancias y ritual para inducir estados de trance, y que en algunas de sus versiones incluye prácticas antropofágicas o la imagen de los muertos que salen de la tumba en busca de sangre. Lo esencial de esa figura no ha cambiado: el zombi es algo con lo que no es posible socializar, y cualquier vínculo emocional que se hubiera mantenido con él se convierte, tarde o temprano, en un lastre para la supervivencia del vivo. La pregunta filosófica que se desprende de ahí es incómoda: ¿cómo convivir con aquello que no existe del todo, que no es consciente, que ya no puede vivir con el otro ni a partir del otro? Ese es, en el fondo, el retrato de un egoísmo generalizado, alimentado a veces sin quererlo por el consumismo, por la falta de atención al prójimo, por una economía avasalladora que empobrece al ser humano y arroja a muchos al mundo de las drogas.

La pregunta que no cierra

Surge entonces la pregunta que atraviesa este ensayo: ¿se debe el fenómeno zombi a ese individualismo consumidor, factor de desocialización y de anomia?6? ¿O es, más bien, ese mismo individualismo consumidor el que sustituye la complejidad de las relaciones sociales, imponiendo la sumisión de todos al poder de un mercado que se disfraza de defensor de la libertad individual mientras reduce al consumidor a la expresión más directa del poder sin límite del dinero y del deseo? Puede que, al final del día, no sea solo el exceso de consumismo lo que nos lleva al mundo zombi, sino una sociedad corrompida por una tecnología de la que no supimos aprender después del Covid-19: aquel miedo a la infección física que, superada la pandemia, se transformó en una infección mental, productora de personajes antisociales encerrados en su mundo de pantallas. Quizá vamos hacia esos «próximos pueblos» donde los zombis heredarán la Tierra, o quizá no hacemos sino heredar una intuición que ya rondaba a escritores como Edgar Allan Poe, Alexander Solzhenitsyn o el colombiano Miguel Ángel Manrique7, quienes mostraron cómo la involución de una sociedad puede llevar al hombre a comportarse —a ser— como un zombi: un ser descarnado e injusto en un mundo saturado de incertidumbre.

Un camino de vuelta hacia lo humano

Si hay un diagnóstico en estas páginas, no puede quedarse sin una salida, porque el pensamiento filosófico que no desemboca en una forma de vida es apenas un ejercicio estéril. La salida, me parece, empieza por encontrar en la propia psique los mejores momentos vividos: ese despertar que va de lo espiritual a lo social y a lo familiar, ese cambio generacional que se juega tanto en el pensamiento como en la idealización de los sueños. No se trata de decir adiós a este tiempo que nos tocó, sino de buscar el camino que nos lleve a la felicidad compartida con el otro, de practicar la fe desde el fondo del alma y de preguntarnos, con toda honestidad, de qué tenemos ganas —como dice la canción, «hoy tengo ganas de ti»—, es decir, de recuperar el deseo del otro como brújula.

Ser un Guerrero de la Luz, como lo llama Paulo Coelho8, no significa haber escapado de esta sociedad de zombis, sino haber atravesado por todo esto sin perder la esperanza de ser mejor de lo que uno es. Ahí, precisamente, está la diferencia entre el autómata y la persona: no en la ausencia de heridas o de cansancio, sino en la vigilia de una conciencia que se sabe capaz de despertar. Quizá esa sea, después de todo, la única vacuna que nos queda contra la epidemia silenciosa de la despersonalización: seguir jugando la partida —como en el ajedrez— sabiendo que el tiempo terminará por consumirnos, y decidir, aun así, jugarla despiertos.

Notas

1. Real Academia Española: «zombi. (Del cult. de or. haitiano). 1. m. y f. En el vudú, cadáver que, según se cree, ha sido reanimado por arte de brujería. 2. adj. coloq. Dicho de una persona: Que se supone convertida en un autómata a consecuencia de haber sido sometida a brujería. Se usa también como sustantivo.» La entrada preferida por la Academia es «zombi», no el extranjerismo «zombie».

2. Nina Auerbach, Our Vampires, Ourselves, University of Chicago Press, 1995. Su tesis —cada época elige los monstruos que necesita— se ha vuelto un lugar común en los estudios culturales sobre el horror.

3. Kyle William Bishop, American Zombie Gothic: The Rise and Fall (and Rise) of the Walking Dead in Popular Culture, McFarland, 2010. Bishop sostiene que el zombi, a diferencia de Drácula o Frankenstein, carece de raíces en el folclore europeo y nace propiamente como criatura del Nuevo Mundo.

4. La referencia a Metrópolis (1927), de Fritz Lang, y la observación crítica citada proceden del artículo «Coming to Terms with the Zombie: A History», National Library of Medicine, PMC: pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC7122991

5. Manuel Antonio Carreño (1812-1874), autor del célebre Manual de urbanidad y buenas maneras (1853), referente obligado de la educación cívica en Hispanoamérica durante más de un siglo.

6. El filósofo francés Émile Durkheim acuñó el concepto de «anomia» para describir la desorientación normativa de una sociedad cuando sus reglas de convivencia se debilitan o pierden sentido para el individuo (La división del trabajo social, 1893).

7. Edgar Allan Poe (1809-1849) y Aleksandr Solzhenitsyn (1918-2008) exploraron, desde registros distintos —lo gótico el primero, el testimonio del totalitarismo el segundo—, la deshumanización como destino posible del hombre moderno. La referencia a Miguel Ángel Manrique remite a la literatura colombiana contemporánea que retoma esa misma inquietud sobre la involución social.

8. Paulo Coelho, Manual del guerrero de la luz, Planeta, 1997.

 

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