INTRODUCCIÓN
La relación entre ética y justicia constituye uno de los problemas más persistentes de la filosofía práctica, no solo por su densidad conceptual, sino porque en ella se juega la posibilidad misma de una vida común legítima. Desde la tradición clásica, la justicia no ha sido entendida como un mero dispositivo de control social, sino como una virtud ordenadora de la convivencia y, al mismo tiempo, como una expresión pública de la rectitud moral.[1] En consecuencia, separar ética y justicia equivale a debilitar la médula moral de la sociedad.
