Decía Joseph Ratzinger que: “la universidad solo se comprende desde el deseo humano de saber”, y es a partir de allí en donde el individuo entra en ese modo de laboratorio de innovación técnica o profesional, pues su fin es que esa transferencia desde lo institucional se convierta en una transferencia social; conservando esas funciones de la finalidad de la educación por un lado preparar para la vida pero al mismo tiempo prepararlo para encontrar aquello que se le ha extraviado y en muchos casos es el acercamiento a la verdad.
¿Cuál es el punto de partida para recuperar la verdad en el aprendizaje universitario? Cabe preguntarse si las instituciones de capacitación profesional están realmente preparadas para albergar y transmitir esa verdad, o cómo exigir una transferencia social efectiva cuando el valor de lo verdadero se ha extraviado del alma humana. Al final, la gran interrogante es si las universidades están manteniendo viva en los jóvenes la llama y el deseo de comprender.
Ahora bien, el hombre aspira siempre conocer todo aquello que lo rodea pues necesita comprender y buscar la verdad. Esa verdad puede estar en el horizonte cristiano o en la mera acumulación de información que desborda el dominio técnico y la realidad; De ahí que Benedicto XVI concluyera que «la verdad nos hace buenos, y la bondad es verdadera». Más allá del mero dato técnico, esta perspectiva socrática nos recuerda que el ser humano necesita la verdad para ser plenamente humano y, por ende, más sociable. Es aquí donde la universidad adquiere su verdadero alcance: la plenitud humana no se agota en el éxito profesional o en la comodidad material; se cultiva al rescatar las preguntas eternas por el bien, la justicia, la dignidad y el sentido de nuestra historia.
Para comprender la verdad como objeto de vida se empieza por esa genuina manera de formar la inteligencia, pues esta ayuda a abrirse al individuo de esa radicalidad total del cómo enfrentar la realidad; hay que reconocer que la inteligencia tiene su propia autonomía desarrollada por el hombre por sus tantos años de trasegar en su existencia, del cómo vivió sus experiencias y el modo en qué concluyó las ideas enfrentadas con su propio pensar filosófico. Es decir, el ser humano desde su propia construcción entendió que hay que identificar la racionalidad, pues esta es la que lo distingue de los animales, de ahí que tuvo que medirse, verificarse, traducir lo falsario y aplicar la técnica de la verdad como valor intrínseco del mismo, pues Sócrates sostenía que «una vida sin examen no merece ser vivida».
La ciencia se empobrece cuando se desvincula de las humanidades y de una ética cimentada en la verdad. Sin este principio rector, la educación claudica ante la desorientación cultural contemporánea, convirtiéndose en una maquinaria eficiente para procesar datos, pero incapaz de generar sabiduría. Terminamos construyendo un sistema sin visión de conjunto, un engranaje técnico que acumula información, pero ignora por completo las raíces de sus propios problemas.
Con todo lo anterior queda en la dinámica institucional cuál es la apuesta que de rigor a esa búsqueda universitaria de la verdad, si bien es cierto cada disciplina tiene sus criterios y validaciones, es precisamente esa autonomía indispensable para lograr que la universidad valide esa verdad como principio, como concepto y como estatus interdisciplinar, además también es cierto que como cada área es separada, operan como presupuestos distintos, el complementar la verdad es implícita para el mundo, para el conocimiento y el ser humano, de ahí que las disciplinas no deben comportarse como islas incomunicadas.
La verdad a la que nos hemos referido es en el contexto no nostálgico de desear una universidad ideal, sino en aquella en donde la exigencia sea mayor para ensanchar la propia racionalidad moderna para poder reconocer aquello que trasciende. Esta nace es precisamente de la convicción de estudiar las lenguas, cultivar la palabra y custodiar los textos para hacer que brote desde lo institucional eso que es transitable, lo que se interpreta se lee, se comenta y se transmite.
Una nueva definición de la universidad es aquella que se define esencialmente en una comunidad de búsqueda y en la que nace el interrogante que desarrolle en últimas el fundamento de la realidad, en donde la verdad sea incompatible con lo que nos aísla, pero también termine siendo ese lugar en el que el conocimiento sea recibido, contrastado, debatido que transmita y comparta para dejar esa tradición universitaria en la que el conocimiento se queda en el interior y en las paredes oscuras del silencio.
Newman lo expresó con especial lucidez: “la verdad se sostiene en el mundo por la influencia personal de quienes la encarnan como maestros»